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"Una nueva historia de la Tierra" ("The seashell on the mountaintop"), de Alan Cutler.


Inicio > Ciencias de la Tierra
12/01/2012


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Alan Cutler ha escrito una extraordinaria biografía, que bien podría ser oficial, sobre un beato del siglo XVII, llamado Niels Stensen, a quien también se le conoce como Nicolaus Steno o Nicolai Stenonis. Steno, danés de nacimiento (se acaban de cumplir 374 años de su nacimiento), fue uno de los principales científicos experimentales del siglo XVII, destacando en las facetas médica y geológica, ciencia ésta última que comienza como tal gracias a sus estudios mineralógicos, cristalográficos, estratigráficos y paleontológicos. Steno fue un portento de la ciencia, como bien nos lo descubre Cutler: dominaba el latín (muy habitual en aquella época), pero también el francés y el italiano, dio nombre al Conducto de Stensen  o Ductus Stenonianus (conducto de la glándula parótida, que descubrió cuando era un adelantado alumno en Medicina), y fue quien sentó las bases de lo que es actualmente la Paleontología y la Estratigrafía. En Italia, según él mismo pensaba, estaba su cuna científica, la Cimento, donde los Médici venían sufragando los gastos derivados del arte con mayúsculas y de las investigaciones de la filosofía natural (que Steno convertiría en experimental). Solo un experimentador, como demostró ser Steno, podría ser capaz de desentrañar los hasta entonces escondidos conceptos del tiempo y del espacio terrestres, tal y como los entendemos hoy en día. Si bien las ataduras morales de la época habían mantenido a raya las inquietudes de muchos (a través del proceso a Galileo), otros trazaban ya con exquisito equilibrio los argumentos compatibles con la fe cristiana para no tener problemas mayores con la Iglesia (por ejemplo, René Descartes). Eso hizo también Steno con sus meditados textos, bien documentados, con láminas ilustradas y argumentos sutilmente hilados. Los más famosos fueron “De Sólido” (Sobre los Sólidos) y “Tratado sobre la anatomía del cerebro”. También escribió “De Thermis” (Sobre las Aguas Termales), “Observaciones anatómicas de las glándulas”, o su inédito diario de estudios, denominado por él mismo “Caos”. En “De Sólido” establece tres de los principios fundamentales en geología (el de la superposición de los estratos o stratum super stratum, el de la horizontalidad original y el de su continuidad lateral), que son la base de cualquier trabajo geológico (paleoestratigráfico) de campo. En “De Solido” también estaban los argumentos que muchos investigadores comprobarían en laboratorio y que definirían como Ley de Steno o de constancia de los ángulos diedros, fundamental en Cristalografía y Mineralogía.


Además de su profunda fe, que le lleva en sus últimos años a apartar la ciencia a favor de la filosofía, y a renegar del protestantismo a favor del catolicismo, Steno fue lo que Newton un siglo más tarde: una persona dedicada casi en exclusividad al conocimiento científico, con la particularidad de que en la época renacentista la razón cartesiana apenas comenzaba a hacerse un hueco en muchos aspectos de la vida misma. El obispo anglicano James Ussher calculó la fecha exacta de la Creación: el 23 de octubre del año 4004 a.C. Tal día como ese, pero en 1988, casualidades de la vida, fue beatificado Steno. ¿Qué casualidad puede haber entre religión y ciencia? La respuesta sería el propio Steno, un científico destacado para su época, quizá por su profunda religiosidad y virtuosidad. Para Steno la ciencia no era una finalidad por sí misma. Esa concepción, relacionada con el trabajo constante, el cuestionamiento continuo de las ideas (heredado del método de la duda, de Descartes), la obtención pormenorizada de los datos, mejor si son constatados científicamente o mediante su deducción directa del estudio in situ, es lo que hoy conocemos como metodología científica o, al menos, parte de la misma. Para él, y esto resume la idea, una adhesión terca a la tradición era el obstáculo principal para el progreso de la ciencia: la deducción no sirve de nada si no va pareja a la obtención de datos que la confirmen. Hoy en día, el sistema es similar en cuanto a ese emparejamiento, pero en sentido inverso: se consiguen los datos y se deducen las tesis. La virtud de Steno fue seguir este orden inverso. Gracias a ello desmontaba con absoluta facilidad las teorías consideradas dogmáticas en su tiempo, pues su destreza como anatomista, principalmente, le permitía conseguir información muy detallada de las disecciones que realizaba. Si bien diseccionaba cadáveres (famosa fue su disección de la cabeza de un tiburón blanco), también realizaba disecciones de rocas: es lo que hoy denominaríamos “trabajo geológico”, pues no deja de sorprender la capacidad que tenía de conseguir información de los objetos vivientes, una vez inanimados. Steno prepararía el escenario geológico de lo que estaba por venir de la mano de Werner, Hutton, Darwin y Lyell.

Si los editores hubieran decidido una traducción literal del original ("La concha en lo alto de la montaña"), cualquier conocedor de los principios básicos de las ciencias geológicas hubiera pensado inmediatamente en fósiles y en cadenas montañosas. El título dado en la versión castellana (Una nueva historia de la Tierra) no es el apropiado, pero no debe hacer desmerecer ni el contenido ni la traducción, muy loables. Como señala el autor, este libro va dirigido al público en general y eso es de agradecer por el lenguaje llano que utiliza y el carácter divulgativo que consigue. Ha preferido no ser grandilocuente ni colmar de notas científicas el texto, que lo hubiera convertido, sin duda, en una biografía más, basada en otros textos sobre Steno. Como contemporáneo de Athanasius Kircher, Thomas Bartholin, Francesco Redi, John Ray, Robert Hooke, Gottfried Wilhelm von Leibniz, John Woodward y Baruch Spinoza, entre otros, Steno disfrutó de las delicias académicas del Renacimiento, pero era ya un ilustrado. Sus ojos y sus manos le permitieron desvelar un mundo desconocido hasta entonces. Y cuando decidió hacerse sacerdote católico, como Kircher, es evidente que abandonó la ciencia como sacrificio ante Dios, lo que debería haberlo convertido en un mito. Para los geólogos es, sencillamente, nada más y nada menos, el padre de la Estratigrafía moderna.

“Hermoso es lo que vemos.

Más hermoso es lo que entendemos.

Más hermoso aún es lo que no comprendemos.”

(Aforismo. N.Steno, Copenhague, 1673).

Etiquetas:   Geología

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