El último pogo del Dios de la Nuda Vita: El Indio Solari y la Biopolítica de la Resistencia

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La muerte de Carlos "El Indio" Solari no solo cierra un capítulo de la música popular; clausura la última trinchera analógica del siglo XXI. Un adiós al hombre que transformó el cuerpo plebeyo en el último refugio contra el algoritmo del poder.

Diego Burd

5 de junio de 2026

La noticia que el rock argentino se resistía a escuchar finalmente llegó. Carlos "El Indio" Solari ha dejado este plano. Con su partida, no solo se apaga la voz más enigmática de nuestra cultura, sino que se cierra un experimento social e histórico irrepetible.

Porque la "Misa Ricotera" —esa peregrinación mística que movilizó a generaciones— nunca fue un mero evento de consumo cultural. Visto hoy, ante el silencio definitivo de su profeta, el ritual de Patricio Rey se revela como lo que siempre fue bajo la lente de Giorgio Agamben: un "umbral" de excepción. Un espacio-tiempo suspendido donde las leyes de la normalidad social, el decoro productivo y la vigilancia cotidiana se detenían para abrir paso a una lógica de intensidad pura. El Indio no llenaba estadios; abría zonas donde el margen, lo prohibido y lo plebeyo se convertían, por unas horas, en el centro absoluto de la existencia.

Cuerpos en la trinchera: de Walter Bulacio a la Nuda Vita

Esta resistencia colectiva no nació del vacío; se forjó en las heridas de la post-dictadura y los años 90. La transición democrática trajo derechos, pero también "zonas de sombra" biopolíticas. Cuando el Estado de Derecho convivía con el abuso policial, la vida en las periferias urbanas era tratada como nuda vita (vida desnuda).

El asesinato de Walter Bulacio en 1991, detenido ilegalmente tras una razzia en un show de Los Redondos, demostró que el Estado de Excepción fáctico cazaba a ciertos cuerpos.

El rock de Solari y Skay Beilinson se convirtió en el bando de los desposeídos. Como dictaba la lúgubre profecía de Vencedores vencidos: "Se ríe el bando de los que mueren / y se ríe el bando de los que matan". El Indio entendió antes que nadie que el dolor no tenía distinción moral en el banquete del poder soberano.

El Muro de Sonido contra el "Ojo Blindado" del Big Data

El universo ricotero siempre supo que el poder es una cacería silenciosa. Si en 1988 el "ojo blindado" de Vencedores vencidos era la cámara policial o el panóptico estatal, el Indio vio la mutación contemporánea: el ojo se transformó en el algoritmo invisible del Big Data que predice deseos y cuantifica existencias. "Un ojo blindado siembra el terror / para que el mundo sea más idiota", nos advirtió.

Frente a la música actual, limpia, autotuneada y comprimida para el consumo digital, Los Redondos opusieron una resistencia a tracción a sangre.

  • La estética del callejón: Discos como Oktubre o Lobo Suelto, Cordero Atado construyeron un "muro de sonido" analógico, sucio e imperfecto.
  • El pogo como escudo: Una sonoridad que no puede ser procesada por los filtros de Silicon Valley. El pogo ricotero fue, en esencia, el ruido analógico irreductible donde el cuerpo recuperaba el derecho a ser impredecible, escapando del rastreo y de la transparencia forzada de las redes.
La arquitectura sónica del peligro

No se puede entender el impacto del Indio sin la complicidad de Skay Beilinson. Sus arpegios góticos y sus solos punzantes eran la extensión técnica del discurso político de Solari. El solo de guitarra de Vencedores vencidos o el riff pesado de Nuestro amo juega al esclavo ("El esclavo sabe qué comer / el esclavo sabe a quién temer") no buscaban la complacencia estética. Emulaban el grito del perseguido, traduciendo a la melodía la angustia de la exclusión. Era una música que sonaba a peligro inminente porque sabía, desde hace rato, que el futuro ya había llegado.

Profanar el Estadio: El Carnaval de la Carne

En su obra Profanaciones, Agamben señala que profanar es devolver al uso común lo que el poder ha consagrado. El Indio y sus huestes lograban eso: profanar el estadio. Un espacio diseñado para el espectáculo controlado, el deporte mercantilizado y la requisa policial era devuelto a la multitud para un uso improductivo, festivo y sagrado.

En tiempos de lo que Paul B. Preciado llama la era farmacopornográfica —donde el control se ejerce mediante la sedación mediática y la dopamina digital ("Pasamos a control remoto / y así los chicos se ponen locos", escupía Queso ruso)—, la Misa era una contra-ofensiva afectiva. Una catarsis de cuerpos reconociéndose en la vulnerabilidad. Era la communitas de Roberto Esposito: el éxtasis del encuentro humano y el riesgo compartido.

La paradoja de la autonomía: El lujo es vulgaridad

A Solari siempre se le cuestionó la contradicción de liderar un fenómeno de masas ultra-rentable. Sin embargo, su genialidad radicó en la gestión del dispositivo: la autogestión absoluta. Al crear su propio mercado independiente, Los Redondos evitaron que la "máquina" del espectáculo domesticara su obra.

Ya en su etapa solista (El tesoro de los inocentes), el Indio advirtió que el enemigo había cambiado: el "Amo" ya no estaba afuera, sino adentro, bajo la forma del consumo y la autoexplotación del "sujeto de rendimiento" que describe Byung-Chul Han. Contra esa presión del éxito y la desmaterialización, el mantra "el lujo es vulgaridad" se erigió como un manifiesto. El ritual se mantuvo soberano porque era un gasto puro de energía que no buscaba generar capital, sino sentido absoluto. Por eso el grito de Jijiji ("¡No lo soñé!") sigue siendo la afirmación de la realidad física frente a la ficción del simulacro.

Epílogo: Queda la quemazón de estar vivos

El Indio Solari se ha ido, pero nos deja un manual de resistencia corporal para un siglo que intenta desmaterializarnos. Entre el cansancio del rendimiento y el aislamiento algorítmico, su obra permanece como la última trinchera de la carne.

El Indio construyó un territorio donde el cuerpo dejó de ser un objeto administrado por el poder para convertirse en el protagonista de su propia historia. Ya no habrá más Misas, ya no habrá nuevos llamados a las armas tonales. Pero en este umbral de excepción que hoy se tiñe de luto, nos queda su legado más indómito: la certeza de que, mientras la música suene, todavía somos capaces de sentir la quemazón de estar vivos.

UNETE



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