Caminar por las calles de Lima hoy, con el brillo de los centros comerciales y el rugir del tráfico, puede hacernos caer en la trampa de la amnesia. Sin embargo, para quienes tenemos memoria y formación en las ciencias sociales, el silencio de los coches bomba no significa que la amenaza haya desaparecido; simplemente ha cambiado de piel. Como sociólogo, pero ante todo como peruano que vio las cicatrices de los años ochenta y noventa, me preocupa esa narrativa edulcorada que intenta presentar el terror como un "conflicto social" o una respuesta romántica a la desigualdad. Hay que decirlo con claridad: lo que vivimos fue un ataque sistemático contra la civilización, la libertad y la propiedad por parte de grupos mesiánicos que despreciaban la vida humana.




