A veces, mientras camino por el centro de Lima y observo el bullicio de los comerciantes, los estibadores y ese ingenio casi eléctrico del peruano que se las busca solo, me asalta una reflexión recurrente. ¿Cómo es posible que, viendo esa energía vital, todavía existan quienes insisten en que un burócrata sentado en un despacho ministerial sabe mejor qué le conviene a esa gente que ellos mismos? Como sociólogo, uno aprende a leer las estructuras, pero como periodista me toca ver la realidad cruda. Y la realidad es tozuda: cada vez que el Estado mete la mano para "planificar" la felicidad, termina repartiendo escasez. En cambio, cuando se deja que la libertad económica respire, el país vuela.




