A veces uno se sienta frente al televisor o revisa las redes sociales y siente que el guion ya está escrito en algún despacho refrigerado de Ginebra o Washington. Como sociólogo, pero sobre todo como peruano que camina las calles, me asalta una duda constante: ¿en qué momento cedimos la llave de nuestra casa a cambio de promesas de papel? Hablo de esa red invisible, pero asfixiante, de tratados internacionales que, bajo el barniz de la "fraternidad global", terminan convirtiéndose en camisas de fuerza para el desarrollo de naciones como la nuestra.




