En América Latina hay palabras que seducen con facilidad. Justicia. Igualdad. Refundación. Suenan bien, prometen un mundo distinto y apelan a una emoción profundamente arraigada en la historia de la región: la sensación de que todo podría ser mejor si tan solo se cambiara el sistema. Durante décadas, muchos proyectos políticos se han sostenido sobre esa promesa. La idea de que una gran transformación estructural —casi siempre dirigida desde el Estado— podría corregir de una vez las injusticias históricas del continente.




