Εὐθανασία (la buena muerte)

Εὐθανασία

 

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Sófocles, Electra.

-Visto lo visto -me dijo nada más sentarnos y llenar las primeras copas de vino- no tengo más remedio que darle la razón.

-Me imagino -repuse- que se está refiriendo usted a la conversación del otro día sobre la inmortalidad y el miedo a la muerte.

-Sí, cierto. De ser inmortales, como apuntaba yo, erróneamente, en vez de matarnos en las guerras, nos haríamos prisioneros los unos a los otros. Y pasar toda la eternidad encerrados en un agujero, llenos de porquería, el famoso “allá te pudras”, puede ser peor que la muerte. Al fin y al cabo esta aparece y se va en cuestión de segundos. Un encierro eterno ni me entra en la cabeza. Horroroso.

-Epicuro decía que no debemos temer a la muerte: mientras estoy yo, no está ella; y cuando está ella ya no estoy yo2. Sinceramente creo que se equivocaba: la muerte la llevamos con nosotros desde nuestra concepción. Morimos en cada instante de nuestra vida. Y a veces la muerte puede poner fin a terribles sufrimientos. Vuelvo a pensar en Prometeo, eternamente encadenado a una roca del Cáucaso. con un buitre comiéndole el hígado, renovado una y otra vez, día tras día.

-Pensemos en realidades más cercanas -dijo entristeciéndose-. Y por ellas, y por cuanto hemos dicho, ¿no le parece absurdo todo el debate que se ha generado por la eutanasia de esta chica fallecida hace unos días? Por poner fin a sus terribles sufrimientos. Me imagino que se habrá enterado de la historia.

-Sí, me he enterado. Aunque ignoro los motivos de su frustrado suicidio, y el por qué del ingreso en el hospital donde ha fallecido. Pero dejando eso aparte, me hace gracia -le dije alargando mi copa para que la llenara- que siempre, suceda lo que suceda en este país, hay cientos de personas dispuestas a gritar, rezar o chillar donde creen que sus reuniones son efectivas. En la puerta de una clínica, en la de un hospital, en la de la sede de un partido, en la puerta de un cine, o hasta en la de alguna casa particular. Allí los puede ver gritando y agitando trapos y cartones como si la vida les fuera en ello. Y allí estaban, en la puerta del hospital, clamando contra la eutanasia.

-Y muchos de ellos, vociferando, se llaman cristianos y defensores de la vida. Unos cristianos que olvidan cuanto no les interesa, en este caso aquello de “No juzguéis y no seréis juzgados”3.

-Dejando aparte la religión, le diría que se trata, sencillamente, de un problema de sentido común: cuando una persona, joven, como es este caso, toma esa decisión, no creo que lo haga movida por ningún interés raro o espurio. O por salir en la televisión. Habría que ponerse en su lugar y dejarse de zarandajas religiosas. Tener un poco de empatía con quien sufre sin posibilidades de curación.

-La cuestión es que el caso de esta chica, las protestas contra su muerte, mejor, me han llevado a releer la Teoría de la Estupidez, de Bonhoeffer. ¿La conoce? ¿Conoce al autor?

-No, no la conozco. Resulta imposible abarcarlo todo, como usted sabe.

-No le estoy recriminando nada, señor mío. Sencillamente es un escrito que viene a colación de esas vociferantes reuniones en las puertas de hospitales, juzgados y clínicas. Sostiene Bonhoeffer que la estupidez es más peligrosa que el mal. La estupidez es vaciarse de sentido crítico, de sentido común si quiere, y seguir las consignas de quien cree que le va a solucionar los problemas o lo va a hacer sabio sin esfuerzo ni sudor. Las consignas siempre son simplonas y fáciles de retener. “Sí a la vida”, “Sí a la bajada de impuestos”, “tengo tanto derecho como el primero” y cosas similares. Sin reflexionar, por supuesto, qué supone una cosa y otra.

-Me está haciendo pensar usted -le dije sonriendo- que el fútbol y otros deportes de masa, como antiguamente las luchas de gladiadores o las carreras de carros, son un gran invento: allí se desahoga la plebe, grita y brama, y ya no se ocupa de nada más. Aunque ciertamente es muy peligroso cuanto está ocurriendo en estos espacios.

-Sí; pero como hay gente para todo, también los tenemos en las puertas de donde les digan gritando o rezando, según el caso. Una vez tuve curiosidad y hablé con una de esas personas. Era el retrato exacto de la estupidez definida por Bonhoeffer: no había razones, todo cuanto salía de su boca era consignas, frases hechas, y no por él. Le pasaré el escrito de Bonhoeffer. Échele una mirada, aunque imagino que también usted se habrá tropezado con estúpidos y estupideces.

-Por supuesto. Fue mi primera sorpresa universitaria: percatarme de que en aquello que yo llamaba, en mi ignorancia, el templo del saber, la estupidez campaba por aulas, departamentos y pasillos. Algunos profesores estaban tan pagados de sí mismos que no les cabía ya una pizca más de necedad y de estupidez.

-El orgullo siempre ha sido un mal consejero. Fíjese sino en ese pobre energúmeno de Donald Trump: se ha creído el dueño del mundo, que su palabra era una orden, y se ha fabricado tantos enemigos que, falto de apoyos, ya no sabe por dónde tirar.

-Le queda la fuerza bruta. Aunque tampoco la va a poder utilizar como a él le gustaría, creo. Pero yo no estoy tan enterado de política exterior ni interior como para ponerme a decir esto o aquello. Mejor me callo.

-A mí me parece -dijo sirviendo más vino- que el imperio de Estados Unidos se está viniendo abajo. Y lo está acabando de hundir un ególatra tan orgulloso como necio y mediocre.

-Hace ya muchos siglos que los griegos avisaron en contra del orgullo desmedido, de la ὕβρις, hibris. Es una falta que nunca perdonan los dioses.

-La falta típica del estúpido, que nunca admite error propio ni réplica. Estúpido he conocido yo que sin haber leído más que la contraportada de algún libro en alguna librería, le discute a usted sobre la filosofía de Kant, de Platón, y de quien haga falta.

-La ignorancia es muy atrevida.

-Sí; pero la ignorancia tiene cura; la estupidez es más difícil de erradicar… Volviendo a la eutanasia de esta chica tan joven: muchas de esas personas que han ido a gritar y protestar a las puertas del hospital, donde ha fallecido, deberían ver la película de Dalton Trumbo, Johnny cogió su fusil. ¿La ha visto usted?

-No.

-Lo imaginaba. Un soldado -comenzó a contar- durante la I Guerra Mundial, en un ataque, por heridas en una trinchera, queda reducido al tronco y a la cabeza. Sin extremidades pasa la vida en la cama de un hospital, sin poder hacer nada, sin poder levantarse… Pide la eutanasia y la enfermera que intenta aplicársela es cazada y despedida del hospital de malas maneras: la vida está por encima de todo. Dicen que eso es cristianismo.

-Mal entendido, creo yo -le dije sonriendo-. Pues al fin y al cabo, Jesús aceptó una eutanasia un tanto terrible para que los efímeros quedáramos redimidos del pecado de Adán y Eva… Es una pura contradicción lo de la terrible eutanasia -añadí corrigiéndome-. La eutanasia, por definición, no puede ser terrible... Digamos, pues, que Jesús aceptó la muerte, en contra de la vida, para redimirnos del pecado de aquella feliz pareja. Cosa que jamás he comprendido. Creo, con Séneca, que no hay nada más ruin que cargar al hijo con las faltas de los padres4.

-¡Vaya! -exclamó- me sorprende usted con su visión de Cristo. Y desde luego a quien inventó eso de la crucifixión le deberían dar el Premio Nobel de la Crueldad.

-Sí, hace falta ser bestia para crucificar a una persona. O para darle tormento… Tuve un profesor -le dije volviendo al filósofo cordobés- que estaba un tanto obsesionado con Séneca y el cristianismo. No me quedó claro si quería cristianizar a Séneca o “senequizar” a Cristo.

-Nunca se me había ocurrido pensar que Jesús, como dijo un día, fuera el chivo expiatorio de toda la humanidad.

-De todas formas, querido amigo -sentencié llenando las copas de nuevo- todo esto no va a servir para que los voceras dejen de ir a las puertas de los hospitales. Irán y seguirán yendo. Y seguirán cayendo en la contradicción de maldecir la eutanasia, εὐθανασία, la buena muerte, para glorificar la bella muerte, καλός θάνατος, que es aquella que se obtiene en el campo de batalla. Por eso Trump, y allegados, han iniciado guerras y demás. Y por eso ellos las apoyan. Como dijo Horacio, "Dulce et decorum est pro patria mori". Y más por el negro petróleo y la productiva venta de armas.

-¡Vaya! -volvió a exclamar- esa cita aparece al principio de la película de Trumbo, Johnny cogió su fusil.

-Además, ¿sabe qué? En la Edad Media se consideraba como buena muerte la muerte anunciada. De esa forma a uno le daba tiempo, recuerde el poema de Jorge Manrique, a confesarse y despedirse de deudos, parientes y amigos; y a prepararse, insisto, para el Más Allá. Y como dijo un compañero, entonces, nada mejor que ser condenado a la pena capital. Te daba tiempo a todo. Lo malo es que siempre había algún cura, ruin y malvado, que le negaba la confesión al reo. Lo mandaba directamente al infierno.

-No dé ideas que igual lo aplican a las personas, que, como esa chica, piden la eutanasia.

-Nunca nos libraremos de los necios…

-Ni de los estúpidos.

-Ni de los estúpidos. Y siempre estaremos faltos de empatía. El eterno problema de la humanidad.

-Brindemos, pues, por Noelia.

-Por Noelia. Y por quienes son capaces de sentir un mínimo de empatía.

1Sófocles, Electra, v 1000. En Alianza Editorial, Madrid, 2016, Traducción de Antonio Guzmán Guerra.

2Epicuro, Máximas capitales, II

3Mateo, 7, 1. Lucas, 6, 37.

4Dada la traducción libre que hace el personaje, damos la cita y el texto en latín. Séneca, Sobre la ira, II, 34-4.Nihil est iniquius quam aliquem heredem paterni odii fieri.

UNETE



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