Pensar y analizar críticamente la universidad

«Hay ciudades que guardan sus muertos en las murallas y sus vivos en el olvido. La universidad existe para recordarle a esos vivos que pueden pensar»Edinson P.edroza.D“Una universidad que no incomoda al poder no merece llamarse universidad»Orlando Fals Borda

 

. La universidad existe para recordarle a esos vivos que pueden pensar»Edinson P.edroza.D“Una universidad que no incomoda al poder no merece llamarse universidad»Orlando Fals Borda

Hay una pregunta que me ha rondado la cabeza desde que pisé por primera vez un aula para enseñar en una universidad: ¿para qué sirve realmente la universidad en Cartagena? No esa pregunta abstracta, sino aquí, analizando, entre estas calles, donde el turismo pinta con postales exóticas lo que la consuetudinaria desigualdad construye en silencio. Porque Cartagena tiene una particularidad incómoda: es, a la vez, una de las ciudades más visitadas y fotografiadas del continente e igualmente una de las que concentran los mayores índices de pobreza urbana del país. Creo que esa contradicción no es un accidente; es, en buena medida, el escenario o contexto en el que nuestras universidades deberían estar pensando con mayor urgencia. Y hay capital humano de sobra, tal vez falta diligencia desde los centros del poder estatal. ¿ O será eso lo que desean que se anquilose perennemente?

El pedagogo brasileño Paulo Freire decía hace más de medio siglo que sigue siendo provocador: la educación no cambia el mundo directamente, sino que transforma a las personas que luego lo transformarán. Frase que suena esperanzadora y casi tranquilizadora. Pero si usted o yo la leemos con cuidado, también puede asumirse como una advertencia: si la universidad no forma personas capaces de mirar críticamente su entorno, el ciclo simplemente se repite: el círculo vicioso que ha azotado a nuestra nación desde hace siglos. Los mismos problemas, con nuevos profesionales que los administran sin cuestionarlos. Cada quien se acomoda y se despreocupa por transformar ese caos en oportunidad de mejora y bienestar para nuestras gentes. ¡ Es una lástima!

Pero estoy muy seguro de que ese debate sobre qué debe ser y hacer la universidad hoy no es nuevo, pero sí se ha vuelto más urgente, apremiante, diría. Hay quienes defienden con convicción que su misión central es producir capital humano para el mercado. En ciudades con la vocación económica como Cartagena — turismo, logística, comercio portuario — esa presión se vuelve especialmente concreta: se espera que las universidades formen guías, administradores hoteleros, ingenieros portuarios, técnicos en comercio exterior, entre otras profesiones. Y está bien que lo hagan. Ninguna institución educativa puede ignorar el contexto productivo en el que viven sus egresados. El problema aparece cuando esa lógica se convierte en el único criterio que orienta la formación. Allí tuerce la puerca el rabo. Y la universidad queda rezagada y se convierte en un supermercado de profesiones que ahogan el mercado laboral hasta la saciedad.

Hace muchos años Wilhelm von Humboldt entendió algo fundamental cuando, a principios del siglo XIX, planteó que la universidad no podía ser un simple lugar de transmisión de saberes. Él consideraba que, enseñanza e investigación debían concatenarse, y tanto los maestros como los estudiantes debían ser partícipes activos en esa búsqueda dialogada del conocimiento. La universidad que concibió era esencialmente, un espacio de libertad intelectual, no un taller de certificación de competencias como lo es ahora. Estoy convencido de que esa idea sigue vigente, aunque en realidad muchas instituciones la hayan archivado entre discursos de misión y visión institucional que nadie lee con detenimiento. Hay que auscultarse e iniciar un acto de contrición en esta época de Cuaresma. Pagar por ese pecado antes de ser quemado en la hoguera de la descalificación.

Sin embargo, ese modelo según mi percepción tal vez tenga falencias para nuestra realidad, por no alcanzar en un ciento por ciento a materializarse en muchas universidades. El sociólogo Orlando Fals Borda lo manifestó alguna vez: el conocimiento producido dentro de la academia muchas veces describe la realidad social con rigor, pero sin comprometerse con su transformación. Todo ese bagaje o esfuerzo de investigadores queda en el éter del olvido o en los anaqueles de las bibliotecas universitarias soportando el olvido de aquellos que administran solo por administrar desde lo técnico, olvidando lo humano. Su propuesta de investigación-acción participativa no era un capricho metodológico; era una postura ética. Argumentaba que el saber construido en diálogo con las comunidades tiene una potencia transformadora que el conocimiento generado solo desde los escritorios universitarios difícilmente alcanza. En el contexto caribeño, donde la brecha entre la universidad y los sectores de los barrios populares sigue siendo enorme, esa advertencia todavía duele. Quienes administran no desean solucionar, es más importante el Tener que el Ser.

Debo reconocer que no tengo una respuesta limpia ante este dilema. Cuando camino por el centro histórico de Cartagena o por los barrios populares como un simple ciudadano del montón y veo la pobreza de la gente y cómo el turismo ha convertido parte del patrimonio en escenografía para consumo externo, me pregunto dónde está la voz crítica de las universidades de la ciudad. Cuando leo que amplios sectores de la población de los barrios periféricos siguen sin acceso real a la educación superior, me pregunto si nuestras instituciones están pensando en ese problema con la seriedad que merece o si están demasiado ocupadas en mejorar sus posiciones en los rankings nacionales a través de las famosas pruebas externas.

No digo que no haya esfuerzos valiosos. Hay universidades que no vale mencionar pero que sí han producido investigaciones relevantes sobre desarrollo territorial, desigualdad y cultura caribeña. Igualmente, hay docentes que trabajan con comunidades, proyectos que conectan el aula con el barrio, estudiantes que eligen sus temas de tesis mirando hacia adentro de la ciudad en lugar de hacia los manuales importados. Pero esos esfuerzos coexisten con una tendencia institucional más poderosa: la de responder a las demandas del entorno económico inmediato sin interrogarlas.

El sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos tiene razón cuando señala que las universidades pierden legitimidad cuando se subordinan completamente a las lógicas del mercado. Y no es una crítica menor viniendo de alguien que ha dedicado décadas a estudiar precisamente las tensiones entre el conocimiento académico y las realidades del sur global. Aquí, en este sur tan nuestro, esa advertencia resuena con una familiaridad que incomoda.

Asimismo, el filósofo francés Edgar Morin acierta al recordarnos que los grandes problemas de nuestro tiempo —la destrucción ambiental, la desigualdad creciente, las crisis de sentido colectivo— no pueden enfrentarse con conocimientos fragmentados y especializados al servicio de la productividad, sino que requieren exactamente lo que la universidad debería cultivar con más terquedad y perseverancia: la capacidad de pensar en complejidad, de conectar saberes, de hacerse preguntas incómodas que posibiliten otras alternativas para contrarrestar el derrumbe de lo que la racionalidad ha producido hasta la fecha: contaminación de ríos y mares, armas nucleares, tala indiscriminada de bosques, etc., etc.

En este sentido, creo que aún la universidad sigue siendo uno de los pocos espacios donde todavía es posible detenerse. En medio de una época que premia la velocidad, la inmediatez y la utilidad inmediata, la institución universitaria guarda —aunque a veces con poco entusiasmo— algo cada vez más escaso: el tiempo para pensar. Muy pocas universidades conforman comunidades académicas para reflexionar desde diferentes perspectivas sobre la realidad. No para pensar en cualquier cosa, sino para pensar sobre lo que somos, sobre lo que hemos construido y sobre lo que seguimos reproduciendo sin darnos cuenta.

Cartagena necesita ese pensamiento. No el que se queda cómodo en los salones con aire acondicionado y reitera una y otra vez lo mismo de manuales y libros para que sean aprendidos por los estudiantes, sino el que sale a dialogar con la ciudad real, con sus tensiones, con su gente. Una universidad que piensa solo a Cartagena desde la imagen que el turismo quiere proyectar está siendo, en el fondo, cómplice de los silencios que esa imagen requiere. Una universidad que se atreva a mirar también los barrios que no salen en las guías, que investiga las desigualdades sin eufemismos, que forma ciudadanos con criterio propio, esa sí está cumpliendo con algo más parecido a su razón de ser. ¿Será mi utopía?

Tal vez por eso sigo creyendo, con todas las contradicciones que eso implica, que la universidad todavía importa en Cartagena. No como institución perfecta ni como redentora de todos los males, sino como uno de los pocos lugares donde aún es posible hacerse preguntas sin que nadie te cobre por eso. En una ciudad que lleva siglos siendo leída desde afuera —por viajeros, turistas, inversionistas, cronistas— quizás la tarea más urgente sea aprender a leernos desde adentro. Y eso, me parece, sigue siendo una responsabilidad universitaria. O debería serlo. ¿Lo será algún día?

UNETE



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