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La peligrosa invención de la historia


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12/12/2011

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En la novela El cementerio de Praga, Umberto Eco presenta a un personaje que bien ha podido existir, en una sociedad digna de su propia impostura


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La falsificación de documentos, la invención de datos que habrán de pasar por ciertos para quien quiera ignorar la realidad, la impostación de una escritura que no es la propia, la afectación de vidas ajenas, son vanidades, tentaciones literarias, que más se solazan en la perfección del engaño que en el supuesto fin político, mercantil o criminalístico que las animaría.

¿Qué podría motivar al colombiano Franco Quijano a imaginar y pergeñar la impostura de unos poemas apócrifos, tal como cuenta el escritor venezolano Federico Vegas en su novela Sumario? Sin duda que el desenlace que tuvo Franco, en la novela y en la historia, tenía que ver con un personaje no solo dotado de inútil erudición sino de psicología compleja; una de esas personalidades que acosan de peligros el propio destino, al punto de olvidar la compensación final y caer así en desgracia.

Quijano, que vivió suficientes años en Venezuela como para terminar envuelto en la malhadada conjura que llevó al asesinato del presidente Carlos Delgado Chalbaud, se atribuyó en su juventud el hallazgo del que sería “el primer poema colombiano”. Luego, se sabría que el descubridor tenía suficiente genio como para inventarse unos versos en un castellano arcaico.

Sus habilidades para el engaño no se limitaban a la creación de poemas falsos, sino que no en balde le valieron entre los venezolanos el título de “padre del fraude electoral”.

El falsificador, en este caso tomado por Vegas de la historia, es tema recurrente de la literatura.

No me detendré demasiado en esta nota en Jorge Luis Borges, que con tanta fluidez y gracia mezclaba referencias reales y ficticias, en ese afán que describe Italo Calvino: “Lo que se le ocurrió a Borges fue la pretensión de escribir un libro que ya había sido escrito por alguien”. Como se puede ver, en materia, de impostura literaria, la sentencia amerita una larga meditación.

Me atendré esta vez a dos casos, uno reciente, otro no tanto, de la falsificación de textos como materia novelística.

Las wikileaks del pasado

En su novela más reciente, Umberto Eco, como si previera que algún día será adaptada al cine, introduce al lector con una serie de planos en disolvencia que funden a un largo travelling, digno de la cámara de Guillermo del Toro, a través de la tienda de anticuario, o baratillo más bien, que sirve de fachada al protagonista de El cementerio de Praga, narración ambientada en París de finales del siglo XIX. Eco hace así un homenaje a Conrad, que ocultó a su agente secreto, también tras una vitrina de bagatelas en el Londres finisecular.

El capitán Simonini, el impostor de este caso, es un viejo mezquino, cuyo único rasgo sensual parece ser la pasión por la alta cocina francesa; reseco por el desprecio hacia sus semejantes, hace de ellos una taxonomía. A propósito de endilgarle defectos al prototipo judío, va de esta guisa: “…vanidoso como un español, ignorante como un croata, ávido como un levantino, ingrato como un maltés, insolente como un gitano, sucio como un inglés…”

Valido de este aparato de sofisticados prejuicios, Simonini, inspirado en la literatura folletinesca de la época se inventa intrigas y complots para dañar al político o personaje prominente de la ocasión. Imagínese que toda la trama de Wikileaks es producto de la imaginación de una personalidad novelesca. Sería hasta más interesante.

En otra novela, Leonardo Sciascia, perfila a un fraile maltés, ingrato como diría el personaje de Eco de los nativos de esa isla, igualmente tocado por un impenitente desdén hacia toda la raza humana. Es este insensible el que tiene una idea peligrosa al momento de ser requerido para traducir un códice en árabe, lengua que el fraile Giuseppe Vella más o menos entiende.

Decide entonces ofrecer su conocimiento para traducir el mamotreto musulmán con la idea de ganar el favor del Virrey de Sicilia. El maltés obtiene todos los recursos necesarios para crear en secreto un palimpsesto en supuestos caracteres árabes y convertir lo que era una historia de Mahoma, en un documento, El consejo de Egipto, que pone de cabeza a toda la nobleza de Sicilia, en tiempos de la Ilustración de Voltaire y Diderot.

“En efecto”, medita uno de los personajes de esta narración de Sciascia, “cada sociedad genera el tipo de impostura que, por así decir, se merece…”

Ambos, Sciascia y Eco, admiradores de Borges, adentran su prosa en la abismal aventura en la que hombres particularmente dotados logran cual demiurgos borrar la frontera entre realidad y ficción, y son arrastrados por la fatalidad que en principio dirigían hacia los otros.




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