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El libro propone cuestionar consensos morales y legales defendiendo personajes y actividades que la sociedad suele condenar o esconder bajo la alfombra. Leído como provocación intelectual, puede resultar estimulante. Leído como marco político para la Argentina de hoy, es un problema serio.
El debate deja de ser académico cuando esas ideas son retomadas, casi sin mediaciones, por sectores libertarios que no solo las celebran sino que las intentan convertir en política pública, aun cuando gobiernan un Estado al que dicen despreciar.Block parte de una premisa tan simple como engañosa: muchas prácticas serían socialmente beneficiosas si no estuvieran prohibidas. Según esta lógica, la ilegalidad es la causa principal de la corrupción, la violencia y los mercados paralelos. Legalizar equivaldría, casi automáticamente, a ordenar.La experiencia argentina y latinoamericana demuestra lo contrario.La legalidad de una actividad no elimina la disputa por el control del mercado cuando hay alta rentabilidad y fuertes asimetrías de poder. En sociedades desiguales, eliminar la regulación estatal no suprime el conflicto: lo privatiza. Donde el Estado se retira, no aparece un mercado libre y armónico, sino actores privados con mayor capacidad de imponer condiciones, fijar precios, expulsar competidores y ejercer violencia. No desaparece el poder: se concentra.Otro supuesto central del libro es la idea de intercambios voluntarios entre individuos libres. En la Argentina real —con pobreza estructural, informalidad crónica y ausencia de políticas de inclusión— esa noción roza la ficción. Cuando una persona “elige” entre aceptar condiciones abusivas o no comer, la voluntariedad es apenas un recurso retórico. El mercado no corrige esa desigualdad: la explota.El caso del narcotráfico es quizás el único terreno donde el propio Block abre una discusión que merece ser tomada en serio. La prohibición ha generado violencia, corrupción institucional y financiamiento ilegal de la política. América Latina pone los muertos, mientras el primer mundo consume. Argentina no es ajena: el narco corrompe fuerzas de seguridad, justicia y estructuras políticas locales.Sin embargo, incluso aquí el planteo libertario queda incompleto. Legalizar sin controles sanitarios, sin regulación estatal y sin coordinación internacional no resuelve el problema: lo desplaza. Y la contradicción es evidente cuando quienes defienden estas ideas apoyan sin fisuras la política exterior de Estados Unidos, incluida la militarización regional bajo el argumento de combatir el narcotráfico. Si el problema es la prohibición, ¿por qué aplaudir la represión? Si el narco es solo un actor económico más, ¿por qué celebrar la intervención militar? No hay coherencia doctrinaria, hay alineamiento político.En Argentina, además, estas ideas conviven con una práctica selectiva del liberalismo. Se reivindica la evasión, el contrabando y la informalidad como gestos de rebeldía contra el Estado, pero se guarda silencio cuando esos mecanismos benefician históricamente a sectores concentrados del poder económico. El mercado libre parece serlo solo para algunos.El núcleo más inquietante de Defender lo indefendible no es económico ni legal, sino ético-político.El orden social que propone funciona siempre en una sola dirección: a favor del más fuerte y en perjuicio del más débil. No hay red de protección, no hay límite, no hay responsabilidad colectiva. La desigualdad no es un problema a corregir, sino un resultado a aceptar.Esto no es darwinismo —ni siquiera en su versión biológica—, sino la naturalización de la dominación entre humanos.Un esquema donde la crueldad deja de ser un efecto colateral y pasa a ser un principio de organización social.Resulta llamativo que quienes hoy administran el Estado argentino abracen con entusiasmo una teoría que lo considera un estorbo. Gobernar implica asumir responsabilidades concretas: proteger, regular, equilibrar. Retirarse frente a los más vulnerables no es valentía ideológica, es ejercer poder contra quienes menos tienen.Aceptar lo inaceptable no es un gesto intelectual audaz.
Es una renuncia política.
Y cuando una sociedad empieza a naturalizar esa renuncia, el problema ya no es un libro escrito en 1976, sino el país que se está construyendoEdición Yedith Cazarin Escritora.