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No es el nuevo PRI, solo es el siguiente.


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08/12/2011

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Confesiones.




 

Como en toda actividad, también en la política por naturaleza hay y debe haber evolución, el proceso que obliga a cambiar mediante una estrategia definida, formas y actitudes para ajustarse a la realidad del momento que se atraviesa y tratar de conseguir en consecuencia los objetivos trazados, el cambio obligado por acontecimientos provocados, en este caso por un escándalo, no es precisamente un proceso evolutivo, más bien es una simple readecuación circunstancial. De tal suerte que la reflexión lleva a la confirmación de que la permuta en la dirigencia nacional del partido revolucionario institucional, es solamente una reacción condicional.

Para que las cosas sigan igual, en un orden medianamente establecido, siempre algo tiene que cambiar, sin embargo, después de la estrepitosa caída de Humberto Moreira de la presidencia del PRI y la forma en que se decidió quien debería de sucederlo en el cargo, lo que se traduce, es que no existe tal nuevo PRI, el que sus dirigentes insisten erróneamente en publicitar, se trata de la siguiente versión del partido revolucionario institucional, ni nuevo, ni viejo, ni malo ni bueno, simplemente el de ahora, el de este momento y circunstancia, fiel a sus características y costumbres, el mismo de siempre, ahora con el uso de tácticas para afrontar el daño causado por un evento mal calculado.

El asunto de la salida de Moreira, primero por la designación de su hermano Rubén, para sucederlo como gobernador de Coahuila, quien termino de darle la puntilla en el discurso de su toma de posesión y gracias al escándalo del sobre endeudamiento público del estado, cuando este fungía como gobernador de la entidad y de la falsificación de documentos que lo acompaña, logro el objetivo para el que fue puesto en marcha por sus rivales, en este caso el partido acción nacional mediante la filtración  de esta información, a través de la secretaría de hacienda del gobierno federal relativa a estos hechos,  para hacerle daño al PRI, a través de su dirigente nacional, lo que no fue ningún secreto desde el principio de la campaña mediática establecida en contra de Moreira.

Aquí lo que vale resaltar es el análisis del tiempo que tuvo que transcurrir para efectuar la remoción, dolorosa por supuesto pero necesaria, aun y cuando todavía muchos dirigentes de ese partido, sin capacidad de autocritica, de aceptar una realidad contundente, ponderan la renuncia de Moreira como un acto de congruencia y formalidad, cuando realmente fue un despido y paso mucho tiempo para que se produjera. El daño ya está hecho aunque se pretenda minimizarlo.

Aun y cuando la decisión se tomo con mucha antelación, la fecha de su consumación estuvo siempre en entredicho, tal vez por el cálculo de ciertos acontecimientos, pero sin duda lo que la acelero fue el registro de un descenso de preferencias en las encuestas, de cara a la elección presidencial, señalados por dos negativos fundamentales, la situación del propio Moreira y las alianzas con el PANAL y el verde ecologista, que tanto disgusto causaron en la militancia por el inexplicable y generoso reparto de candidaturas para esos partidos satélites.

Con ese escenario a cuestas, Peña Nieto en su calidad de precandidato y jefe virtual del partido, en la búsqueda de minimizar los efectos ya comentados, decanta la sucesión del partido apostando principalmente por los equilibrios internos, por una figura, primero que fuera aceptada por fuerzas y grupos, consolidada y seria, sin facturas personales y políticas pendientes, no se podía correr otro riesgo similar al de la situación de Moreira,  argumento que favoreció en principio el ascenso del senador Pedro Joaquín Coldwell y no de un integrante de la llamada nueva generación.

Había pues que retomar los principios de la usanza priista tradicional, presentarle a la opinión pública no solo un frente unido y fuerte, en Pedro Joaquín se conjugan varios elementos positivos, su prudencia y dominio de las formas institucionales que le otorgan una buena imagen pública, carrera de partido y relaciones en todos los sectores, pragmatismo al fin de cuentas.

Pedro Joaquín le aportara a la dirigencia de ese partido eficiencia en la sobriedad, mientras que  Miguel Osorio Chong ex gobernador de Hidalgo y el diputado Luis Videgaray, los hombres de confianza del candidato, se encargaran  de la coordinación de la campaña presidencial, una mancuerna que le permitirá, al menos esa es la intención, movilidad al candidato, toda vez que Pedro Joaquín goza de un enorme prestigio en las filas priistas y eso lo convierte en un buen interlocutor hacia adentro, mientras que en Osorio Chong  y Videgaray descansara la operación electoral y financiera.

Como comentábamos y a efecto de explicar los antecedentes que llevaron a esta decisión, en la búsqueda de los equilibrios, Peña Nieto acuerda inicialmente ofrecer a Beltrones mismo el cargo, sin embargo dos factores fundamentales, orientaron esa negociación a que en vez de ser él senador sonorense personalmente quien asumiera la posición, esta fuera ocupada por alguien cercano a él, que en simultáneo fuera del agrado del candidato y cumpliera con las características descritas.

Esos factores fueron primero, la disputa entre Beltrones y Elba Esther Gordillo, que podría significar una ruptura o al menos un boicot disfrazado mediante la alianza signada entre partidos.

El otro argumento se define en el hecho de que con Beltrones al frente del partido, se perdía la capacidad de negociación con las fuerzas políticas externas y rivales, toda vez que se pretende aprovechar las buenas relaciones que construyo en la coordinación del senado, tanto con panistas como perredistas, para los acuerdos subsecuentes, que no serian posibles estando él como cabeza visible del partido, situación que limitaría su campo de acción en ese sentido, independientemente de que desde el partido probablemente no sería bien visto que pasara a la secretaría de gobernación, puesto que ya está pactado para él, en caso claro de que Peña Nieto obtuviera el triunfo en los comicios del año próximo.

Ahora bien inicialmente la intención de Beltrones era que Emilio Gamboa Patrón, ocupara esa posición, sin embargo el dirigente del sector popular, con el anacrónico oportunismo que lo caracteriza, se desespero y traiciono la confianza de Beltrones, auto eliminándose no solo para acceder a presidir el comité nacional, como producto de la negociación, sino incluso para tener algún tipo de influencia con el candidato presidencial, a quien por supuesto no le agrado la ingratitud de Gamboa con su anterior aliado, de tal suerte que la exclusión de Emilio Gamboa, propicio una conjugación de factores, que dieron como resultado la coincidencia de colocar a Pedro Joaquín, en sustitución de Humberto Moreira.

Primero por la cercanía entre Beltrones y Joaquín Coldwell, quien fungía como brazo derecho del primero en el senado, que con su designación limita los eventuales ataques de Elba Esther Gordillo hacia Beltrones, y le permite a este tener la libertad de acción para poder ser interlocutor válido con los partidos y sus dirigentes durante la competencia electoral.

Finalmente, la designación del senador Joaquín Coldwell, es en simultaneo un hecho que confirma la confianza de Peña Nieto, en la clase política formada en la escuela priista presidencialista de la que el mismo proviene, que le garantiza un funcionamiento acorde a su estilo e intención y evita, seguir corriendo riesgos innecesarios por la inexperiencia y falta de capacidad de la nueva generación.

En suma una apuesta por mantener en la conducción a los integrantes de las alas conservadoras del partido, por encima de los representantes del teórico nuevo PRI, un asunto para empezar de sentido común, porque hoy el tema inicial de la nueva agenda, es  intentar recuperar la imagen de seriedad que se perdió con el galimatías de Moreira, en la medida de lo posible tratar de que el asunto se olvide, porque lo que es imposible es borrarlo, hacerlo desaparecer.

 

guillermovazquez991@msn.com

twitter@vazquezhandall



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