Reseña "Esperando al diluvio" de Dolores Redondo

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Reseña realizada por Begoña Curiel.

–Mi Dolores Redondo de siempre, pero sin sus característicos elementos mágicos.

–Ritmo moderado con picos de tensión acordes a la historia.

–No apto para alérgicos a la humedad.

–Ha sido como volver a vivir en Bilbao.

 

Cayó en diciembre del año pasado aunque la esperaba como agua de mayo. El regusto continúa.

Su policía –escocés en esta ocasión–, Noah Scott Sherrington persigue a un asesino en serieJohn Biblia es un personaje real que entre los años 1968 y 1969 mató a tres mujeres en Glasgow. El investigador estuvo a punto de detenerlo pero en el último instante sufre un fallo cardíaco. Aunque su salud está tocada, la obsesión le puede. Noah sigue sus pálpitos como una religión y lo llevan hasta Bilbao en 1983.

Abre así la puerta al nuevo entorno donde se desenvolverá la trama en clave policíaca, esa en la que Redondo tiene matrícula de honor. Principales secundarios: un compañero ertzaina, Lizarso, aliado con las andanzas de Noah, Maite, la mujer que regenta un bar y Rafa, un chaval con parálisis cerebral.

No entro en sus detalles pero quiero destacar al último. Un personaje entrañable, el de Rafa con su perra Euri, que aprovechará la autora para intercalar pinceladas sobre el tabú y los desgraciados errores que tanto daño causan a quienes sufren este tipo de dolencias.

El escenario, como suele ser habitual en Dolores Redondo, será protagonista absoluto. Es un auténtico peso pesado con ración infinita de lluvia; por los dedos parecen crecer champiñones al tacto de las páginas. Pero eso es, o al menos, eso fue el verano de las terribles inundaciones en Bilbao.

Decía que esta novela ha sido un regreso: volver a vivir allí. Así de literal, incluidos los trágicos momentos de la riada que colapsó la ciudad. No llegarán hasta el final de la novela, pero según se acumulaban los litros por metro cuadrado, interiormente sentía la tensión de lo que conocimos. Es un diluvio personal que me toca. Probablemente quien no sea o conozca Bilbao en profundidad no va a disfrutar tanto este libro. Es normal que el lector se sienta más próximo a la historia si le hablan de lugares conocidos.

Más de uno se habrá cansado de patear el Casco Viejo y comer tanto pintxo en los bares (cosa que por cierto les recomiendo fervientemente) pero me ha traído tantos recuerdos, que es lógico que lo haya disfrutado hasta el infinito y más allá. No me sobra ni un detalle. Es lo que pasa con los libros y sus historias: llegan o no llegan.

Hay otras cuestiones que Dolores Redondo introduce para situarnos en la época, las agotadoras guerras de banderas y el fantasma terrible de ETA. No entra en honduras pero refleja bien esos momentos grises imposibles de borrar para quienes los sufrimos en mayor o menor medida.

Me ha encantado, esa radio donde suena el conocido presentador Ramón García y la canción Amor de hombre de Mocedades. No porque sea un temazo, sino porque forma parte de las bandas sonoras personales que traen de golpe la nostalgia del tiempo pasado, aunque Mocedades no destacara precisamente por cantar alegrías. Este tipo de detalles hacen que se me vaya el hilo de la reseña porque casi no he hablado de Noah, el centro de la novela.

Cansa la profusión de datos médicos por sus problemas de corazón aunque eleva a la categoría de épico el capítulo donde parecen haber terminado con él (un pasaje muy Redondo). Pero ese policía tiene más vidas que un gato, como si reviviera con el mínimo avance en la persecución a John Biblia y con la persistente lluvia sobre su cabeza.

Aunque no están los símbolos mitológicos tan de Dolores Redondo en su famosa trilogía del Baztán, es cierto que recubre a Noah de un aura que se resiste a dejarlo caer. Al final, la autora es quien es y pone su sello identificativo a la par que su estilo narrativo que por supuesto pervive en Esperando al diluvio.

En esta novela no hay giros tan sorprendentes. El ritmo más calmado –hay mucho pintxo que saborear ;)- intercala sin embargo las necesarias subidas de tensión cuando se va acercando la parte final. No debo apuntar con el dedo cuáles son pero hay un momento especialmente angustioso que resulta espectacular y por supuesto, está “especialmente mojado, muy, muy mojado”.

Dejando a un lado la investigación y los pasos de Noah tras la nuca de Biblia, hay un aspecto del desenlace que resulta precioso. Parece que si hablamos de Dolores Redondo no “pega” lo emotivo. He leído alguna que otra crítica al respecto pero en mi opinión, es bonito.

No me ha gustado tanto el apartado llamémosle... “amoríos” de la novela. Ahí no me ha pegado el color rosa por motivos que no puedo explicar. No tanto por dulzón como por la manera en la que la autora lo ha amoldado demasiado a su gusto.

Y voy con el asesino. Siempre valoro el componente real de las historias. Me gusta el hecho de que sus crímenes sean una causa sin resolver. Confieso que este tipo de cosas me pone como lectora. Como el lado oscuro y oculto detrás de los motivos que mueven al criminal. No la justificación –por supuesto- sino las posibles respuestas a los por qués -de haberlos- de actos terribles dentro del retrato psicológico.

Desconozco cuánto habrá de información real en su construcción, el porcentaje de ficción aportado por la escritora, pero en el caso de que parezca retorcido, puedo creérmelo todo. El regreso a la infancia del asesino en páginas puntuales ilustran las visitas por su mente. La pena es que cuentan demasiado pronto. Me hubiese gustado saber determinadas cosas un poco más tarde pero esa es la estructura que Dolores Redondo ha elegido.

Por mi parte seguiré eligiendo sus tormentas entre mis favoritas. Sus fans también vamos a la caza de sus novelas.

Publicado el 22 de enero de 2023

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