Gladiadores

GLADIADORES

 

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Homero, Ilíada.

Hacía tiempo que me había enterado de la exposición, en el Museo Arqueológico de Alicante, sobre los gladiadores. Estuve allí, no hacía mucho, viendo la de los etruscos. Fue una maravilla. Deseaba repetir la experiencia. Amén de mi interés por Roma. No obstante, por unas cosas y por otras, la visita se fue demorando hasta el punto de llegar el último día y a última hora.

A fin de aprovechar el viaje, concertamos una visita guiada a las ruinas púnico romanas de Lucentum.

Éramos cuatro los visitantes. Luego se añadió otra persona. Tuvimos la enorme suerte de dar con una guía tan enterada como competente. Se le notaba, por otra parte, que le gusta su trabajo: de la mano de sus explicaciones fuimos recorriendo todo el amplísimo recinto. Nos deteníamos donde ella lo indicaba. Y allí, bajo el sol, fue desgranando los secretos de las piedras, distinguiendo lo cartaginés de lo romano. Haciéndonos ver los distintos lienzos de la muralla; el camino, con las guías para las ruedas de los carros; las huellas humanas, conservadas en una losa de cemento, acabada de colocar, sobre la que corrieron, en un día de lluvia, varias personas y algunas cabras; las termas, señalando por dónde iban las conducciones de agua; y el foro. El amplio foro, pese a que nos insistió, una y otra vez, en que Lucentum fue una ciudad pequeña, sin excesiva importancia. Nos hizo observar, también, lo estratégicamente bien situada que estaba la ciudad. Ahora se halla rodeada por unas horribles y feísimas fincas; pero en su tiempo era posible ver, desde cualquier punto, una gran extensión de mar y no menos de montes y montañas. En caso de ataque, aquellas personas tenían tiempo suficiente para prepararse para bien matar o bien morir. Aun así, la ciudad fue arrasada. Hay restos del incendio. Nos los mostró. Quedó deshabitada y fue objeto, como siempre, de un terrible expolio.

La excelente guía de Lucentum se extendió en sus explicaciones. Fue una maravilla oírla. Pero nosotros teníamos la visita, en el Museo, a las 15 horas. Y antes deberíamos comer algo. Nos despedimos de la guía, yo lo hice entre elogios, y nos fuimos al centro de la ciudad.

Comimos donde pudimos y más bien con prisas que deleitándonos en los no muy deleitables manjares.

-No se puede tener todo en esta vida: una inteligente y bella guía y una buena comida.

No obstante fue una necedad que nos hicieran acudir al Museo a una hora determinada. Llegamos dos minutos tarde; la visita guiada había comenzado sin nosotros. Recorrí las estancias por mi cuenta y riesgo. Lo prefiero.

La afición a los gladiadores, a hacer de la muerte, del brutal asesinato, un espectáculo, es algo que nunca he entendido. Un espectáculo, por otra parte, muy concurrido. Tampoco he entendido nunca la esclavitud, por más explicaciones que he leído sobre ella. Ambas cosas me parecen denigrantes. Y desde bien joven me resultaba incomprensible que personas tan inteligentes como Platón, Aristóteles y demás, no se revolvieran en contra de la esclavitud. Como no lo hicieron los romanos permitiendo la compra y venta de seres humanos, y los combates de los gladiadores en la arena.

Los nombran Dion Casio y Tácito, tanto como Cicerón, pero muy levemente y sin ningún tipo de crítica. O más bien se critica la participación de nobles y mujeres en dichos combates. Era denigrante. Y en el caso de Cicerón es una lucha digna de ejecutarse, puesto que los participantes eran criminales y asesinos. O esclavos rebeldes: gente sin valor. Séneca habla de los gladiadores como ejemplo a seguir cuando se duda y se debe recurrir al ingenio rápidamente: el gladiador toma la determinación en la arena. Ninguno de estos autores condena explícitamente la lucha a muerte entre varios hombres2.

Me da pánico pensar en lo limitados que estamos los humanos. Al parecer según donde nace uno, o según la época que le toca en suerte, es de esta forma o de la contraria. Me preguntaba y me pregunto, angustiado, si de haber nacido yo en la Grecia o en la Roma de aquel momento, hubiera dado a la esclavitud por una situación normal y corriente. Tal como la muerte violenta en el anfiteatro, luchando un hombre contra un igual, o contra algún exótico animal. O defender celebraciones y deportes que me horrorizan. Me asustan mis propios pensamientos.

¿Qué placer puede haber en ver matar a un hombre? ¿O en ver como lo despedaza un león, un oso, u otro animal cualquiera? Viendo la exposición, huyendo de la gente, me contesté que no sólo en Roma se dieron semejantes salvajadas. Sabido es que en toda época y lugar, infinidad de personas han asistido a ejecuciones públicas, ahorcamientos, decapitaciones, torturas e incluso a la cremación de personas vivas. Y faltaría ver si no se llenaba una plaza de toros actual de anunciarse que, en ella, iban a ejecutar a cualquier ser humano.

Tenemos un testimonio precioso en las Confesiones, de san Agustín, de la atracción que estos espectáculos sangrientos ejercían sobre algunas personas. Al parecer era irresistible3. Tal vez por eso nadie los criticaba.

Los cascos de los gladiadores me dieron pánico. Como sus grebas, tan adornadas como un traje de luces. Y las lápidas. Cierto es que la vida, en aquella época, no era larga ni duradera. Pero mucho menos lo debió de ser la de un esclavo o un gladiador. Difícilmente llegarían estos al rude donatus, a la jubilación, a la famosa espada de madera que los liberaba de su vida de luchas y muerte. Ahora bien, ¿aceptaban estas personas luchar en la arena por propia voluntad o lo hacían impelidos por la necesidad u obligados? No se pueden descartar ninguna de las tres posibilidades, desde luego. Fuere como fuese, no deja de ser una barbaridad. Sin embargo, tal vez me esté equivocando. Tal vez esté juzgando una época con los presupuestos de otra. ¿Eran aquellas sociedades, en verdad, tan violentas como nos las pintan? Guerras, desde luego, no han faltado nunca. Y siempre han estado movidas por el mismo afán: ambición, poder y más ambición. El hombre se olvida fácilmente de la brevedad de su vida. O se percata de su pequeñez y pretende negarla yendo en su búsqueda. Tal vez por eso mismo quien mejor lo representa, o lo representaba, era el colérico Aquiles, quien prefiere una vida breve, pero llena de gloria, a una pacífica, larga y anodina. Una entelequia. ¿Quién reconocería a Aquiles hoy si lo viera por la calle? ¿Llevan las partenoi, las muchachas del lugar, flores a la tumba del guerrero de pies ligeros? Sus huesos se perdieron hace siglos. Y su cólera. Ninguna admiración ¿Cómo es posible tanto odio? ¿Cómo es posible tanto desprecio a la vida humana?

Me entretuve largo tiempo en una sección que me llamó la atención. En una especie de hornacina, capaz, se proyectaban fragmentos de películas, en color y blanco negro, cuyo protagonismo correspondía a los gladiadores. Algunas de aquellas películas las vi siendo un niño. Eché de menos algunas, Demetrius y sus gladiadores; y, por supuesto, La túnica sagrada. Pero sí estaban Espartaco y Gladiator. Se advertía, con carteles y paneles, que el cine, como la pintura, había mitificado el mundo de los gladiadores. Así, por ejemplo, Jean-Léon Gérôme popularizó la famosa frase que jamás dijeron estos pobres hombres, Ave, Caesar, morituri te salutant. Tampoco nadie levantó el pulgar o lo abatió para pedir la vida o la muerte del caído. Y muchísimo menos lucharon ellos por liberar a nadie. Espartaco, de Stanley Kubrick es una película de ciencia-ficción, salvo que tengamos en mente la caza de brujas en Estados Unidos. Y lo mismo sucede con las otras películas: exaltaciones de un héroe, de una ideología muy determinada, cuando no de una religión. Nerón no alimentó a los leones con carnes de cristianos. Y Trajano le recomendó objetividad y juicios justos a Plinio cuando este le consultó sobre aquellos4.

La exposición está muy bien. Pero salí de allí con el corazón encogido. Preferí, con mucho, recordar la visita a Lucentum, las acertadas explicaciones de aquella chica con la que tuvimos la suerte de tropezarnos, y los muros y casas de quienes nos precedieron. No llevaron una vida muy fácil. Pero gracias a ellos estamos nosotros aquí. Sin luchas de gladiadores. Pero con guerras. Al parecer a los humanos no nos es posible tenerlo todo.

1Homero, Ilíada, canto XIII, v 653-655. Editorial Gredos, Madrid, 2019. Traducción de Emilio Crespo Güemes.

2Dion Casio Historia de Roma, LXII- 17,3. Tácito, Annales, XV, 32, Cicerón, Tusculanas. II, 17-41. Y Séneca, Epístolas morales a Lucilio, III, 22.1

3San Agustín, Confesiones, VI, 8, 13

4Plinio el Joven, Epístolas, X, 95 y ss.

UNETE



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