Reseña "El funcionamiento general del mundo" de Eduardo Sacheri

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Reseña realizada por Tati Jurado.

Leer a Sacheri es casi como leerse a una misma. Desde la primera página una parece transitar por la propia cotidianeidad, y ese es sin duda el valor más destacado de su obra narrativa: la historia que nos cuenta siempre tiene algo de la propia. No importa dónde se desarrolle ni la época, que sí, por supuesto, ayuda a situar al lector en un espacio y una temporalidad y a conocer y comprender determinadas circunstancias; lo notable es justamente poder verse reflejada, la manifiesta cualidad del escritor argentino para visibilizar el arco indefinido que recorre la complejidad humana. Y en El funcionamiento general del mundo, una novela escrita a modo de relato de viaje —uno lineal, el presente, y otro en retrospectiva, treinta y cinco años atrás—, esa habilidad está presente.

Federico tenía pensado llevar de vacaciones a sus dos hijos adolescentes a las Cataratas del Iguazú, pero un acontecimiento imprevisto les obliga a cambiar las coordenadas y dirigirse a un pueblo de la Patagonia. La noticia de la muerte de su profesora de dibujo en secundaria no solo revive su deuda de gratitud con esa mujer tan peculiar, sino también una época que había quedado en la retaguardia de la memoria. Tiene que asistir al funeral sí o sí. Los más de tres mil kilómetros de distancia recorridos y las circunstancias, un tanto complicadas pero divertidas, en las que se da el viaje, le conceden la posibilidad de verbalizar y compartir con sus hijos una etapa importante de su adolescencia, un tanto sombría, y la historia del Primer Torneo Interdivisional de Fútbol del Colegio Arturo del Manso, que tiene lugar en 1983.

En el colegio de secundaria del Manso, les relata, el miedo era el mecanismo para someter. Un ejercicio piramidal que arrancaba en la figura de los máximos representantes institucionales y que alcanzaba a los alumnos, que ejercían su poder por franja etaria. Los de quinto siempre llevaban la batuta, y por tanto a los más pequeños no les quedaba más opción que acatar. Una condición que no dejaba de ser una extensión de lo que se vivía más allá de ese recinto estudiantil. Y es precisamente la convocatoria del torneo, cuando Federico ya está en tercer grado, lo que les da la oportunidad a él, a sus compañeros de equipo y a la profesora Marta Muzopappa —gran conocedora del fútbol que termina siendo su entrenadora—, de cambiar, aunque solo sea por un instante, el orden impuesto: «Estaba tan podrido de perder afuera de una canchita que no quería seguir perdiendo adentro».

Y mientras el protagonista se narra ante sus hijos, que descubren una etapa desconocida de su padre, se descubre a sí mismo cómo esas vivencias lo modificaron y la importancia de los vínculos en ese proceso de construcción por el que se transita durante la adolescencia. Esa etapa bisagra entre la niñez y la adultez que a Federico le coincide con un período transitivo y significativo en Argentina.

Con un prosa sencilla, en la que no falta el humor ni la emoción, Eduardo Sacheri nos regala una historia común y precisamente por eso universal, en la que se vale del fútbol para establecer una analogía con la vida. Las victorias y las derrotas, las ilusiones y las decepciones, la sordidez y la nobleza, y el regusto que puede dejar lo efímero en el equipo de esos chicos proyectan esas intermitencias de las que está hecha la vida.

«—Me gusta tu idea, Benítez.

—¿Cuál idea, profe?

—Esa: que jugar es como entender el funcionamiento general del mundo.»

Publicado el 15 de diciembre de 2022

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