"Historias del abuelo Miguel" Qué nos espera por Miguel Ángel Pérez Oca

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“Historias del abuelo Miguel” por Miguel Ángel Pérez Oca.

Estaba en un restaurante de carretera, cerca de Ifni. Comíamos “tajine” de cordero, cuando algo correoso, algún inoportuno tendón, se resistió a mis dientes. Me daba vergüenza escupir el inmasticable bocado ante alguna distinguida acompañante e intenté tragármelo, y entonces ocurrió el drama. El bocado quedó atascado en mi garganta y el aire dejó de fluir hacia mis pulmones. No podía expulsar ni acabar de tragar el fatídico despojo y el agua que bebí para ayudarme acabó derramándose de mi boca. Salí corriendo a la terraza donde hice esfuerzos para librarme del fatal intruso, pero era inútil. Me estaba asfixiando.

Y entonces me sorprendí a mí mismo adoptando una actitud mental serena. Lejos de aterrarme, pensé que había gozado de una vida magnífica durante más de sesenta años. No me podía quejar de mi suerte… Y ahora se había acabado la película. “The End”. Iba a morir. Pues… ¿Qué le vamos a hacer? Solo experimentaba una especie de enfado tranquilo hacia una Naturaleza que me ocultaba el más grande de sus secretos. Porque yo iba a desaparecer, pero… ¿Qué era yo, exactamente? ¿Por qué tenemos las personas experiencias subjetivas? ¿Qué necesidad tiene una máquina biológica, como seguramente somos todos los animales, incluido el homo sapiens, de sentirse a sí misma desde dentro?

Me imaginé un robot perfecto, capaz de actuar como un ser humano en todas las circunstancias de la vida. Podría velar por su supervivencia y su reproducción, por adquirir conocimientos útiles, por construir cosas prácticas o hermosas; pero no por ello tendría que vivir esas cosas subjetivamente. Le bastaría con manejar automáticamente un algoritmo que resumiera todo su comportamiento. Pero nosotros, las personas, recorremos el tiempo de nuestras vidas subjetivamente, somos un Ego. Al menos en mi caso, es una experiencia incontestable, y por lo que veo en el comportamiento ajeno, así debe ser en todos los demás. Y ese es el misterio, el maldito misterio que entonces veía esfumarse en un plazo de escasos minutos, sin haber sido resuelto. Hay estudiosos de la mente que sostienen que el ego no existe, que todo lo que creemos subjetividad no es más que un espejismo. Pero yo me preguntaba: ¿Quién observa ese espejismo? Otros argumentan que toda existencia implica subjetividad; que ser y sentirse es lo mismo; y que toda la materia del Universo es subjetiva…

Fue entonces cuando alguien me abrazó por detrás y me dio un fortísimo apretón en el vientre. El bolo alimenticio atascado describió en el aire una gloriosa parábola y un caudal de vivificante aire fresco entró en mis pulmones y me devolvió la vida.

Y así seguí conviviendo con el maldito misterio.

Publicado el 21 de diciembre de 2022

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