Reseña "Todo va a mejorar" de Almudena Grandes

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Reseña realizada por Begoña Curiel.

Esta es una de las reseñas más tristes que voy a escribir. Ha pasado un año ya de su muerte y no me hago a la idea de que será la última de mi, nuestra Gran Almudena. Qué sensación tan extraña. Si por este motivo ya ha sido suficientemente agridulce la lectura, lo que no esperaba es que haya sido la que menos he disfrutado de ella. A nadie más que a mí le disgusta realizar esta afirmación.

El corazón me pide hablar y hablar de sus novelas, de la carrera de una de las escritoras que más me ha hecho disfrutar en la vida, pero lo dejo para después porque esto tiene que ser una reseña.

En Todo va a mejorar se siente el espíritu crítico y la bandera ética de la mujer, la persona que siempre fue esta magnífica escritora. Dicen las críticas que es una distopía futurista, pero espanta sentir que quizá no es tanta la distopía y que los plazos de tiempo no sean tan lejanos con respecto a nuestra actualidad.

Almudena Grandes crea un nuevo partido para el lector; algo así como esa oportunidad para la sociedad harta de colores políticos que no funcionan. La trama propone el surgimiento de una nueva España donde el país sea una empresa que gestionar. De eso sabe, el Capitán, el ideólogo de una formación “sin ideas políticas”, ni de izquierdas ni de derechas, que administrará la vida de sus representados “por su bien”.

Eficacia y rentabilidad son los mantras del idílico sistema en el que internet desaparece, la gente dispone de “La gran terapia” para aliviar el alma, también de un Cuerpo de Vigilantes y un gobierno convertido en un gran consejo de administración que cuida a los ciudadanos de las sucesivas pandemias que encadenarán los correspondientes confinamientos.

El panorama como es lógico naturaliza un esquema donde, con métodos más o menos sutiles, se serena a las mentes más inquietas. Todo va a mejorar, el lema circula de boca en boca, está en el aire y los hogares. Todo está perfectamente planificado.

Por supuesto, no podía ser así. En esta novela hay gente normal haciendo cosas fantásticas. La disidencia no siempre necesita de héroes aunque lo sean. Una pastelería puede ser un lugar perfecto para desmontar –al menos para intentarlo– un gobierno “de dulce”.

La trama engorda de personajes, entre un lado, el otro y los que dudan en dar pasos ruidosos. Almudena Grandes nos lleva a esos lugares donde no se puede o debería estar, donde no habría que escuchar lo que se oye, permite que el lector se asome a la espiral desde dentro.

Cómo lo hará es la pregunta que no se puede responder en la reseña. Porque una de las claves de las historias de Almudena Grandes. Esa manera tan suya de escribir. Aquí es donde he echado de menos su esencia. No la veo, no encuentro su brillantez, la escritura que para mí la hizo si no, única, la que la situó en el trono donde me puse a sus pies. En realidad, allí estaré siempre.

 

NUNCA TE DIRÉ ADIÓS

 

Puedo comprender y comprendo -¡cómo no siendo ella!- que su pluma no estuviera tan fina. De hecho, ya es de sobra conocido que dio indicaciones a su marido, el magnífico poeta Luis García Montero, para que finalizase la novela cuando el cáncer no le daba tregua. No puedo imaginar el dolor... y sin embargo qué valentía la de ambos.

La de él con su nota final en el libro. La de la propia Almudena Grandes contando en su artículo de El País,«Tirar una valla», –que refleja en su nota García Montero- que la enfermedad exigía descanso y que desaparecía durante una temporada para pulir la novela. «Dentro de dos semanas, nos vemos por aquí», decía el final del artículo. Ay...

Puede resultar exagerado pero les aseguro que siento su pérdida como algo mío. Su maravillosa escritura, elaborada, con esa voz propia a la que aspiran y no consiguen todos los autores, las historias que buscaba, certeras, interesantes... Cómo te voy a echar de menos.

Ha pasado un año y no me consuela saber que en casa podría releer tus libros. Ahora mismo duele demasiado saber que no habrá más; que ya no viviré la emoción de la cuenta atrás antes de correr a la librería a por la siguiente. Pesa como una losa la idea de haber terminado la última, la última de v-e-r-d-a-d. Y da igual lo que me haya gustado o no. El poso que me dejas es un regalo sin precio.

Cuando te preguntaban por tus lectores, decías en ese artículo: «son mi libertad, porque gracias a su apoyo puedo escribir los libros que quiero escribir yo, y no los que los demás esperan que escriba». En mi insignificancia como lectora te doy las gracias por haber escrito, por haber existido y seguir existiendo.

Les cuento una de esas tonterías que hacemos los lectores frikis, fans, admiradores, como quieran llamarlo... Con la muerte de Almudena Grandes he revivido la tristeza que sentí cuando falleció mi adorado Jose Luis Sampedro. Nada tienen que ver un autor con otro. Hablo simplemente de esos escritores que te marcan.

Cuando aún vivía no perdía la esperanza de conocerlo en persona. Puse una alarma en mi buscador de internet para poder leer y escuchar todo aquello que se publicase sobre él. Cuando murió pensé en borrarla, para que no volviera a recordarme que no ya estaba. Pues bien, nunca lo hice.

Es infantil, lo sé: siguen entrando los avisos, a mi teléfono y en mi ordenador. Ya no duele tanto. Es más, me gusta recordarlo y de vez en cuando le busco por internet para escucharle una vez más. Eso haré contigo, Almudena. Para que no te vayas.

 

Publicado el 30 de noviembre de 2022

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