Conocí a Hans de Wit en Lima y, pese a mis nervios, nos saludamos como viejos amigos gracias a la internacionalización que ambos profesamos. Abordamos un pequeño taxi amarillo, donde él, altísimo, se dobló con elegancia y humor. Entre baches y sonrisas, compartimos algunas ideas sobre las bondades de la internacionalización universitaria en su simpático castellano con acento limeño, para luego cerrar el breve encuentro con un cálido almuerzo.




