Albarracín

ALBARRACÍN

 

. Nadie sabe sin que le enseñen.

Juan de Zabaleta, Día de fiesta por la mañana y por la tarde.

Llevábamos cerca de dos meses sin salir a caminar. Hacía ya cuatro o cinco años que nos pusimos de acuerdo para recorrer, durante los sábados, incluyendo algún fin de semana, montes, sendas y veredas. Lo hicimos religiosamente. Hasta que las altas temperaturas nos obligaron a quedarnos en casa. Era lo más aconsejable. Además, no apetecía nada moverse.

Hacía mucho calor. Cualquier movimiento me suponía unos esfuerzos enormes. Poco a poco, siendo consciente de ello, me fui apoltronando. De tal forma que me resultaba dificultoso salir a comprar cualquier cosa más o menos precisa o necesaria. Me recriminaba a mí mismo mi vagancia, pero por más que lo intentaba, no me hacía el ánimo ni siquiera para dar una vuelta por el barrio. Imagino, como he comprobado en más de una ocasión, que el subconsciente funciona de maravilla. Pues una mañana, nada más salir de la cama, y sin ningún planteamiento previo, me vestí y me lancé a la calle. Todavía era de noche. Pero hacía calor. Aun así decidí estar caminando una hora u hora y media. No pude resistir tanto, pese a mis buenas intenciones.

El subconsciente, sin embargo, seguía con su buena labor. Dos días después volví a intentarlo. Era de noche. No hacía tanto calor como el día anterior. Así pues caminé y caminé. Fui capaz de recorrer, entre la ida y la vuelta, ocho kilómetros. Al día siguiente, no obstante, ya no pude moverme. Pero día sí y día no volvía a intentarlo. Poco a poco, pues, fui terminando con aquella poltronería provocada por el calor. Todos los días, además, religiosamente, leía u oía las noticias en espera de un cambio de temperatura. Y todos los días, invariablemente, anunciaban unas lluvias que nunca llegaban. Aquellos pronósticos parecían el cuento de Pedro y el lobo.

En esas estábamos cuando me llamó José Luis para darme la terrible noticia del incendio de Bejís. En más de una ocasión, y bajo la lluvia, habíamos hecho aquel precioso tramo de la Vía Verde: de Masadas Blancas a la estación de Torás-Bejís. Nos encantó el recorrido. La lluvia no fue un impedimento, sino todo lo contrario. La preferíamos, con mucho, al insoportable calor.

Nos lamentamos por la pérdida de tan bellos paisajes, y por todo cuanto estarían sufriendo los vecinos de aquellos pueblos. Me propuso entonces, dada la mucha ociosidad que arrastrábamos, irnos a algún pueblo de Teruel, donde refrescara y donde fuera posible caminar unos cuantos kilómetros. Me pareció una buena idea. Así pues volvió a llamarme al cabo de unas horas: teníamos una reserva en un hotel de Albarracín. De allí parten muchísimas rutas.

He estado en Albarracín en infinidad de ocasiones. Y he ido allí de todas las formas posibles: a pie, en auto stop, en coche, en bicicleta… Siempre ha valido la pena. Me encantó, pues, la propuesta de José Luis. Siempre me ha resultado interesante volver a Albarracín. Ahora se iba a convertir en mi piedra de toque.

Pasó a recogerme el viernes por la tarde. Cuando subí a su coche le advertí que estaba muy cansado: la noche anterior, intentando acostarme lo más tarde posible, me puse a escribir una narración. La abandoné al cabo de media hora: estaba adquiriendo unos tintes de cuento costumbrista que no eran de mi agrado, ni mucho menos. No obstante, no la borré.

Imposible conciliar el sueño debido al calor. Sin darme cuenta de ello, comencé, en la cama, a pensar en la narración, en la forma de modificarla. Antes de dormirme, al cabo de unas horas, la tenía corregida y terminada. No me apetecía levantarme ni tomar notas de nada: confié plenamente en mi memoria.

Eran las cuatro de la mañana cuando ya estaba sentado frente al ordenador. Y a eso de las siete y media, tenía la narración terminada tras haber roto con el tono costumbrista del inicio. Quedé muy contento: estaba seguro de haber escrito un precioso y buen texto. Y con esa noción, sin revisarla, me dediqué a otros menesteres.

Preparé la mochila. Puse un libro en uno de sus bolillos, como tengo por costumbre. Uno liviano. Y no pude hacer la siesta, pues José Luis se presentó en mi casa con el último bocado en la boca. Debido al cansancio, en todo el largo trayecto, apenas si intercambiamos unas palabras. Me contó el plan del viaje. Me pareció bien. Y alabé como siempre la entrada en Albarracín. Me encanta.

Acusé de tal forma el cambio de temperatura que aquella noche dormí ocho horas seguidas, y sin despertarme ni una sola vez. Por la mañana estaba como nuevo.

Nos fuimos a Guadalaviar. Desayunamos en el único bar que estaba abierto a tan tempranas horas. Yo me asusté un poco: con el café con leche, la buena señora, y dueña del bar, nos puso un bizcocho de chocolate: era azúcar sobre azúcar. No tardamos en quemarla, gracias sean dadas a los caminos. Dejado el coche en una cercana sombra, a la entrada de un área de descanso, comenzamos a caminar en busca del nacimiento del río Guadalaviar. La temperatura era agradable y el sol no molestaba. Pero acusamos la falta de entrenamiento: nuestros pasos cada vez eran más cortos y más cansinos. No tardó en alcanzarnos un grupo de personas divisadas en la distancia. Iba un chico joven, dos mujeres, y algunos hombres de nuestra edad. Nos informaron que estábamos a un kilómetro o kilómetro y medio del nacimiento del río. Eso nos animó.

Una de las muchas características de este país es la de poner una señal, indicando un lugar, al comienzo del camino; y luego, aunque haya bifurcaciones, cada cual se las apañe como pueda y tire por donde Dios le diera a entender. Estando, pues, a pocos metros del nacimiento del río, nos perdimos. Pero las personas que nos habían adelantado estaban atentas. Desde lo alto de la montaña, junto al nacimiento, nos gritaron y nos hicieron señas. Y el chico joven bajó corriendo a fin de llevarnos por el buen camino. Nos costó llegar a donde estaban ellos. Yo estaba con la monomanía de que iba a caerme de un momento a otro. No sucedió tal cosa. Nos sentamos junto a ellos a pocos metros del nacimiento del río. Y cuando se fueron, una de las chicas volvió para preguntarnos si llevábamos agua. Al tiempo nos ofrecía una botella. Por donde vayas con gente buena te tropieces. Los volvimos a ver, de lejos, en las puertas del museo de la trashumancia.

Tras la comida, parca, volvimos al hotel. Me metí en la cama rápidamente. Luego me duché, y bajé a la pequeña terraza. José Luis me dijo que él bajaría al cabo de una hora u hora y media. Me llevé el libro. Me senté y me puse a leer. Rogando para que nadie se sentara en las mesas vecinas a la mía. Tuve suerte.

Releí el prólogo del libro profusamente subrayado por mí. Y llegué al primero de los diálogos cínicos de Luciano el samósata, Prometeo. Y fue aquí cuando me quedé de piedra: mi narración, la que yo había juzgado una maravilla, la escrita a las cuatro de la mañana, era un calco de la de Luciano. Durante unos minutos me quedé paralizado, como si hubiera visto a la Gorgona frente a mí. Hay diferencias entre las dos narraciones, por supuesto. Por el pequeño toque costumbrista, y, sobre todo, por mi insistencia en una película. Luciano se apoya en la mitología. Pero ambos venimos a decir lo mismo. Tanto es así que se puede considerar mi narración como obra suya, o de un discípulo un tanto aventajado. La suya es un diálogo y la mía un monólogo. En la terraza del hotel consideré esas diferencias nimias. Estaba asombradísimo: ¿tanto me había influido Luciano? Es cierto que disfruté mucho con su lectura. Mucho. Pero hacía de ello cuatro o cinco años. O más.

Volvió a surgir entonces un recuerdo, había revoloteado en tanto escribía la narración: la insidiosa pregunta, en una clase de religión, era yo un adolescente, de cómo es posible que por un pecado, insignificante, Dios castigue a una persona durante toda la eternidad. ¿No es eso puro rencor? Las respuestas que me dieron no tenían ni pies ni cabeza.

La respuesta la tenía Luciano. Volví a comenzar su diálogo por enésima vez. Pero en eso bajó José Luis. Quiso que hiciéramos el recorrido fluvial del río Guadalaviar a su paso por Albarracín. Yo seguía con la monomanía, apenas comenzamos a caminar, de que iba a caerme de un momento a otro. Como siempre sucede aquello que se teme, dejé de pensar en posibles caídas. Pero nos volvimos atrás a la primera dificultad. Mañana, descansados, buscaríamos otros caminos más llevaderos. Dormí bien, pero me desperté un par de veces, a lo largo de la noche, recordando, una y otra vez, el diálogo de Luciano el samósata. No dejaba de sorprenderme el comprobar hasta qué punto había influido en mí. Fue el fuego latente.

Sin haberle dicho nada de las narraciones, me contó José Luis, paseando por Albarracín, que había oído una entrevista a un guarda forestal. Contó este que, a veces, con las tormentas secas, un rayo puede caer sobre un tronco. Y permanecer allí días y días. Hasta que en un momento determinado, prende al tronco y se declara el incendio. Algo así había experimentado yo con el librito de Luciano. Fue una delicia, y una enorme sorpresa, volver a leer Prometeo en la solitaria terraza de aquel hotel, con el río a mis espaldas. Fue un magnífico cierre a un precioso viaje. Entre unas cosas y otras, cada vez me gustaba más Albarracín y los pueblos de su alrededor. Vale.

UNETE



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