La diosa Diana

LA DIOSA DIANA

 

. Sólo tengo recuerdos y quiero olvidar.

Valle-Inclán, La cabeza del dragón.

El primer recuerdo que tengo de la diosa Diana es un dibujo de ella sobre un paquete de tabaco. Cuando mi abuelo terminaba de trabajar en los bancales, allá en el pueblo, se venía a casa a pasar unos minutos con su hijo, su mujer y conmigo. Por regla general en su faja siempre me traía frutos del tiempo: manzanas, caquis, nueces, almendras... Entregados los frutos, día sí y al otro también, me daba dinero y me mandaba al estanco a comprarle tabaco. Me encantaba ir al estanco: la estanquera, una chica un tanto mayor que yo, era muy guapa. Una preciosidad. En aquel estanco, una pequeña estancia atiborrada de sacos, paquetes, cajas, y un pequeño mostrador, Manolita, así se llamaba ella, me recibía siempre con la mejor de sus sonrisas. Y siempre, tras acariciarme la cabeza con verdadero cariño, me entregaba el paquete de tabaco para el abuelo, pagado religiosamente, y un caramelo de regalo para mí: un martillo de color rojo, envuelto en celofán, y sujeto por un palo plano.

Salía del estanco corriendo, con el caramelo en la boca, y corriendo le entregaba a mi abuelo el paquete de tabaco. Lo abría, lo desmenuzaba con los dedos, y metía una buena cantidad en su negra petaca. Mi padre y él, cogían briznas del paquete semivacío y se liaban sendos cigarrillos. Eran gruesos como petardos. Los encendían con un mechero de una asombrosa utilidad en el monte y en los espacios abiertos: constaba de un pequeño tubo de latón, por donde entraba una larga mecha amarilla. Terminaba junto a una pequeña rueda, conectada con otro pequeño tubito. En este se alojaba la piedra: al rasparla con la rosca producía pequeñas chispas que prendían sobre la mecha: se soplaba brevemente sobre ella, y luego se aplicaba a los petardos. A mí todas aquellas operaciones me encantaban. A veces, el abuelo me dejaba el mechero, y yo jugaba a encender la mecha y a apagarla. Se hacía escondiendo la mecha en el tubo. Ahogando, de esta manera, el fuego.

A mi madre le molestaba el humo de aquellos gruesos cigarrillos, pero lo llevaba con total resignación.

Han pasado muchos años de aquello. La memoria tiende a mezclar unas cosas con otras. Y el dibujo de la diosa Diana se me aparece ahora, en el paquete de tabaco, sobre un fondo verde claro. Está de perfil, y con una mano trata de alcanzar una flecha de su aljaba. Recuerdo que le pedí al abuelo que me guardara uno de los paquetes. Cuando lo tuve en mi poder, recorté la parte ocupada por la diosa. La guardé en mi enciclopedia. Pero esta, como tantas y tantas cosas, se perdió en uno de los innumerables traslados tras la muerte del abuelo.

Nunca más volví al estanco de Manolita. Lo cerraron. Y mi padre, con el paso de los años, comenzó a fumar cigarrillos ya liados. Y a encenderlos con un mechero de llama. Yo me olvidé de aquellos gruesos paquetes de tabaco, y de la diosa Diana. Cuando la recordé, muchos años después, no supe si la imagen era real o inventada por mí. No le di más importancia.

Muchos años después, un sábado por la tarde, después de comer, harto de estar todo el día frente a los libros, me fui a pasear. No sé si existen las casualidades. Recuerdo que pasé frente a un cine. Proyectaban una película del oeste, Johnny Guitar. Me sentí atraído por ella. Entré en el cine. Los espectadores no llegábamos a diez personas. La película me encantó. Me llenó de asombro la escena en la cual la mujer malvada, vestida rigurosamente de negro, apoyada contra un árbol, con los pies en un riachuelo, lanza una proclama a los enfervorizados hombres para que den caza y maten a su enemiga, vestida de un blanco inmaculado.

Todo el odio deriva del enamoramiento de un hombre, al que ella ama, hacia la otra mujer. La escena del discurso no dura mucho. Pero nunca he visto la maldad tan bien representada. Me encantó. La actriz, Mercedes McCambrige, realizó una actuación notable. El resto de los actores no le fue a la zaga.

Salí del cine encantado. Sin ningunas ganas de volver a los libros. En un momento determinado, paseando, metí la mano derecha en el bolsillo correspondiente del pantalón, y me tropecé con la entrada. Fue entonces cuando me enteré del nombre del cine: Acteón. Me dio la impresión de ser un nombre mítico. No presté más atención, sin embargo. Aun así, este se me aparecía a dos por tres. Guardé la entrada en mi cartera.

Fue un lunes, al salir de una clase, cuando la imagen de Mercedes McCambridge, durante su mitin, se me volvió a aparecer. Y con ella el nombre del cine. Deseando averiguar el porqué de aquella insistencia, me fui a la biblioteca rápidamente. Pedí un diccionario de etimología y me senté. Nada más comenzar a leer la historia del pobre Acteón, se me apareció la imagen de aquellos cuarterones de tabaco de liar que me mandaba comprar el abuelo. Busqué entonces la entrada Ártemis, la culpable de la muerte de Acteón, y me enteré, más vale tarde que nunca, que este, Ártemis, es el nombre griego de la diosa Diana. Todo comenzaba a tener un nebuloso sentido.

Me fui a casa rápidamente. Allí, con insistencia, aunque infructuosamente, busqué la enciclopedia infantil en la que había guardado el recorte del paquete de tabaco del abuelo. Ni uno ni otro aparecieron: debieron perderse en uno de los innumerables traslados.

Volví a a la biblioteca. Y volví a leer la historia de Acteón. Me pareció, entonces, de una brutalidad inusitada la reacción de Ártemis, o Diana, por haber sido vista desnuda, en tanto se bañaba en una fuente, por Acteón. Por ello, lo convirtió en ciervo, obligando a sus propios perros a atacarlo y darle muerte.

La misma brutalidad empleada por aquellos hombres, en la película, movidos por la insatisfecha mujer vestida de negro. Quemándole el negocio, un bar, ahorcando a un pobre chico al que ha dado refugio, la mujer de blanco, y haciendo daño allá por donde van. ¿Hasta dónde puede llegar la crueldad humana?

Aquel dibujo visto en mi infancia se me estaba deshaciendo, ahora, entre las manos.

No le encontraba ninguna justificación, por mucho tabú que fuera, matar a una persona, y de una forma tan horrible, porque la hubiera visto desnuda. Acteón se topó con ella. No la buscaba. Se me ocurrió pensar que tal vez la tal Ártemis, o Diana, guardara algún secreto descubierto, casualmente, por Acteón. Algún problema, sin duda, con su sexualidad. Hace falta ser fuerte, y tener buenas piernas y brazos, para seguir a ciervos y jabalíes por los montes para darles caza. Había prometido, además, permanecer virgen. La imaginé en la fuente, terriblemente desnuda, lanzando su maldición, con la cara de Mercedes McCambridge, incitando a la otra jauría.

Aquel dibujo de mi infancia se estaba cargando de pura maldad. Máxime cuando leí la terrible venganza que tomó su madre, Leto, y en la cual participó ella muy directamente. Una mujer, llamada Níobe, estaba orgullosísima de haber concebido siete hijos y siete hijas. Se sentía superior por ello a Leto, quien preñada de Zeus, solo concibió a Apolo y a Ártemis. Leto tomó nota y rauda venganza: por mediación de su hija, y de su inefable arco, murieron todas sus hijas. Y como persistía en su orgullo, fue el hijo el encargado de acabar, asaeteándolos, con los siete varones. Níobe, además, quedó transformada en una roca de la cual siempre mana agua.

Yo también me quedé de piedra. ¿De verdad hay motivos para tan terrible matanza porque alguien se considere superior a otra persona, aunque sea un dios? ¿No está siendo tan estúpida Leto como la misma Níobe? No encontraba motivos para tan terrible venganza. Y, además, volviendo a la película, nadie puede obligar a este a querer a aquella o viceversa. Parece, sin embargo, que la nimiedad de muchas personas se ha manifestado de esta forma. Y, si han alcanzado un cierto poder, eso ha llevado a conflictos más sangrientos que el del mito o el de la famosa película.

Me felicité entonces, un tanto estúpidamente, por no haber conservado aquel dibujo sobre el cuarterón de tabaco de liar. Nada hubiera cambiado. No obstante, me esforcé por borrar parte de los recuerdos: me quedé con las frutas que el abuelo me traía en su faja, y con los caramelos que, sin motivo, me regalaba Manolita, aquella chica tan guapa, en su destartalado estanco. Lo demás era horrible. Y más todavía proviniendo de dioses.

UNETE



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