Vigas

VIGAS

 

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Luciano Samósata, Contra un ignorante que compraba muchos libros.

Cada vez que veía casas con torres o atalayas, la boca se me hacía agua. Me imaginaba allí, sentado ante una enorme mesa de madera, y rodeado, por todas partes, por amplias cristaleras. La luz entraba a raudales. Y entre los espacios de estas, se levantaban grandes estanterías de madera. Allí estaban los libros que me habían acompañado a lo largo de mi vida. No todos, por supuesto. En una amplia habitación, vecina a este estudio, otras estanterías contenían los libros que no cabían en mi atalaya.

Esa atalaya, lo más importante de todo, debía tener unas vigas de madera, no muy altas, donde poder grabar las sentencias de los clásicos, que eran de mi agrado. Era consciente, por supuesto, de estar imitando a Michel de Montaigne, al menos en la estancia y en la manía de escribir sobre las vigas. Pensaba que imitándolo en las pequeñas cosas, sería capaz de llegar a más. Por algo se empieza.

Por supuesto nunca he tenido una biblioteca como la imaginada. Siempre he vivido, como el común de los mortales, en casas arquitrabadas. Y suerte he tenido si los libros no se han mezclado, cosa que odio, con armarios conteniendo ropa. Admiraba a Montaigne, y su estudio.

Era relativamente joven cuando leí a Michel de Montaigne por primeva vez. Entonces combinaba bastante bien mis aficiones literarias con el deporte. Me inicié en él para vencer el vicio de fumar. Hacía pocos meses que mi padre había muerto de cáncer de colon. Entonces todos tipo de cánceres se asociaba con el tabaco. Y yo fumaba mucho. La muerte de mi padre me alertó; pero ni aun así conseguí dejar el tabaco. Lo intenté varias veces. Siempre salía derrotado.

Durante varias mañanas, al ir a coger el tren de vía estrecha, para ir al trabajo, veía, en la misma estación, a un pobre hombre. Siempre estaba tosiendo de forma muy violenta. Más de una vez temí que le fueran a salir los pulmones por la boca. Tosía de una forma terrible. Pero siempre llevaba el cigarrillo encendido entre los dedos de una mano. Cuando la tos le daba una tregua, se lo llevaba a los labios y volvía a empezar.

Me dije que hacía falta ser estúpido para actuar de tal forma. Y fue entonces cuando una especie de voz interior me anunció que eso sería lo que me pasaría a mí a no tardar mucho. Me asusté. Un día el tal hombre desapareció. Oí allí mismo, en la estación, que en un acceso de tos, había caído al suelo. Vino una ambulancia a por él. Y nunca más se supo.

Fue entonces cuando me asusté de verdad. Y tras llevar dos días sin probar un cigarrillo se me ocurrió, en el trabajo, que estaría muy bien hacer algún deporte: serviría de estímulo para no volver a fumar.

No me gustaba hacer deporte. Por prejuicios de la época consideraba que era una actividad propia de un determinado grupo de personas. No eran de mi agrado. Quería mantenerme alejado de ellas. En aquel momento me pareció una solemne tontería mantener tan absurdo prejuicio. Vencida, pues, esta resistencia quedaba por saber qué deporte practicar. Paseando una mañana de sábado por el centro de la ciudad, fui a dar frente a una casa de bicicletas. No me lo pensé. Miré varias, y terminé por comprarme una. Nada del otro jueves. Creo que no tenía ni cambios de marchas. También me compré una llamativa camiseta de ciclista.

Los sábados por la mañana no trabajaba. Comencé a pedalear por las calles de la ciudad. Me supo a poco. Así que me fui, por viejas carreteras, a seguir las rutas ciclistas. Ni que decir tiene que me adelantaban todos los ciclistas. Y hasta los caracoles. Lo pasé francamente mal. Tanto que en cuanto podía me sentaba en algún lugar. Tardaba mucho en recuperar los ánimos.

Fue así como entró en mi vida Michel de Montaigne. Sentado junto a una fuente, con la bicicleta a mis pies, en espera de recuperar el aliento, proceso largo y costoso, me aburría. Pensé que debería llevar algún libro conmigo para hacer más llevaderos aquellos largos minutos. Ahora bien, debía ser un libro ligero y de poco peso. Ya tenía bastante con el mío y con el de la bicicleta. Esa misma tarde fui a buscarlo. Y como aquel que no quiere la cosa, dí con tres pequeños y ligeros tomos de los Ensayos, de Montaigne. No lo conocía de nada. Mi cultura tampoco era para tirar cohetes. No obstante, pensé que los tres volúmenes se adaptaban, perfectamente, al bolsillo posterior de mi camiseta de ciclista. Además, apenas pesaban. Me los compré.

Soy un tanto peculiar a la hora de ponerme a leer: necesito una mesa, un lápiz para subrayar las cosas de mi interés; y, por supuesto, silencio, calma y tranquilidad. En una de las rutas ciclistas que hacía había un lugar con mesas, asientos y fuentes. Allí había recuperado el aliento en alguna ocasión. Y allí me dirigí. Me costó mucho, como siempre, alcanzar el lugar: en la vida me hubiera imaginado que tardaría tanto en deshacerme de toda la porquería acumulada en los pulmones tras años y años de impenitente fumador . A veces, agotado, sin apenas poder respirar, tentado estuve de olvidarme de la bici y volver a la vida cómoda aunque insana. Se me aparecía entonces el hombre de la violenta tos en la estación. Y seguía pedaleando. Lastimosamente.

Al borde de mis fuerzas, caminando, sin hacer caso de los comentarios jocosos de algunos necios deportistas, me senté lo más alejado posible del único grupo de ciclistas que había allí. Bebí agua en abundancia. Y cómodamente sentado comencé a leer el primer volumen de los Ensayos. Tenía una letra muy pequeña. Pero en medio del campo había tanta luz como en la atalaya imaginada por mí.

No comencé el libro por el principio. Consulté el índice. Me llamó la atención el ensayo titulado De la constancia. Fui directo a él. A decir verdad, no entendí muy bien este primer ensayo: a cuarenta o cincuenta metros de mí se había sentado un grupo de ciclistas. Hablaban a voz en grito, y se reían con unas carcajadas tan falsas como huecas y sonoras. Lo volví a leer cuando se marcharon. Y me quedé con la conclusión: el sabio no se libera de las perturbaciones, pero las modera.

Tras leer el ensayo por segunda vez, di en pensar que ya estaba recuperado. Guardé el libro, monté en la bici. Y decidí volverme a casa. El camino de regreso fue mucho más suave y llevadero. Tras la apresurada ducha, intentando indagar el sentido del ensayo, cogí los otros volúmenes y repasé el índice. Fue así como leí, sin respetar el orden, De la constancia de nuestros actos. Comencé entonces a comprender, o esa ilusión me hice, a Michel de Montaigne.

Retirarse a tiempo, pues, el motivo de De la constancia, no es cobardía: puede ser una forma de luchar. O puede ser retroceder para tomar impulso. Nunca para rendirse. Ahora bien, nada hay más inconstante e incongruente que los actos humanos, “dado que la indecisión paréceme el más común y evidente de nuestra naturaleza”2.

No fue en ese momento, desde luego, cuando comencé a soñar con una biblioteca como la de Montaigne. Las vigas iban a estar llenas de citas y anotaciones. Pero se me ocurrió una buena idea: dado que era sábado y las papelerías estaban abiertas, fui a una y me compré dos grandes libretas. Se fueron llenando con citas y citas de Montaigne: “De los hombres me creo la constancia con mayor dificultad que cualquier otra cosa y nada con mayor facilidad que la inconstancia”.

Leí los tres volúmenes con verdadera pasión. Y a fin de no ser molestado por voces y carcajadas necias, salía pronto de casa con la bicicleta. Hacía un trayecto no muy largo, y regresaba para engolfarme en los libros. Debo decir que cada día estaba más fuerte físicamente. Me encontraba muy bien. Fue entonces cuando me compré una bicicleta de carreras a fin de regresar lo más pronto posible a casa. Y cuando terminé los tres volúmenes de los Ensayos, me compré otra edición con la letra un poco más grande. Y los volví a leer todos. Con verdadera pasión.

No sé, si como pretendía Luciano el Samósata, mis continuas lecturas de Montaigne me han hecho mejor o no. Desde luego ni busco el mal, ni se lo deseo a nadie. Ni hablo a voz en grito ni me rio con grandes carcajadas. Tampoco sé si escribo con elegancia o con total carencia de ella. Sé que, gracias a Montaigne, disfruté de la lectura, de los paisajes que podía ver yendo con la bicicleta. Y que, constante hasta la muerte, jamás volví a fumar. Algo es algo. Y falta de vigas y atalayas, llené libretas y libretas con sus palabras. Siempre las tengo sobre la mesa, y al alcance de mis manos.

1Luciano de Samósata, Contra un ignorante que compraba muchos libros. Palma de Mallorca, 2013. J. de Olañeta, editor. No consta el nombre del traductor.

2Las citas están tomadas de Ensayos, I De la constancia y Ensayos II, De la inconstancia de nuestros actos. Cátedra letras universales, Madrid 1985. Traducción de Dolores Picazo y Almudena Montojo.

UNETE



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