Andar en bicicleta

Cuando cumplí 5 años, en la casa de mis abuelos maternos, solíamos celebrar las mejores Navidades que recuerdo. Fue entonces cuando recibí mi primer gran regalo: una bicicleta todoterreno que, a esa edad, parecía un enorme vehículo casi espacial. Recuerdo perfectamente esos momentos y el rostro orgulloso de mi padre por tan especial regalo.

 

. Fue entonces cuando recibí mi primer gran regalo: una bicicleta todoterreno que, a esa edad, parecía un enorme vehículo casi espacial. Recuerdo perfectamente esos momentos y el rostro orgulloso de mi padre por tan especial regalo.

En esa ocasión, como un niño obstinado y desafiante, solicité manejar el gran regalo, a pesar de que no alcanzaba los pedales, me hizo sentir como si estuviera a punto de conquistar el mundo, sin imaginar que ese sería el gesto que marcaría el comienzo de mi temprana independencia infantil.

Fue solo algunos meses después cuando regresamos a casa, que tras innumerables salidas con mi papá a lugares con espacios abiertos y su cansado correr de tras de mi pedaleo incesante y cada vez más largo, dejé de sentir su respiración agitada detrás mío y grande fue mi sorpresa al mirar de reojo y darme cuenta que estaba sin ayuda, pedaleando y manteniendo el equilibrio solo frente al mundo. Cuando recobré la conciencia, intentando comprender lo sucedido y cómo era posible ese acontecimiento, choqué con la parte trasera de un vehículo y caí estrepitosamente.

Después de haber aprendido a montar en bicicleta, gracias a mi padre, quien me dio un suave empujón, volví a intentarlo por mi cuenta. A pesar de las caídas y moretones que sufrí, cada vez mejoraba mi habilidad en las dos ruedas. Mis salidas al parque se volvieron más frecuentes y, a pesar de las recomendaciones de mi madre de no alejarme demasiado, mi instinto de aventura me llevó a explorar distancias cada vez mayores desde una edad temprana. Esta pasión por andar en bicicleta perduró hasta los 17 años.

Tras un extenso periodo, encontré una cita de Christian Wetzel que decía: “Nunca hubiéramos aprendido a andar en bicicleta, si alguien en quien confiábamos no nos hubiera soltado”. Estoy convencido de que mi padre no anticipó la lección que me impartió en ese instante, ni yo comprendí en su momento el valor del conocimiento que acababa de adquirir. A lo largo de nuestra existencia, al igual que nuestros padres, nos cruzaremos con numerosas personas a quienes, de diversas maneras, les otorgaremos nuestra confianza. Estas personas nos brindarán seguridad, incluso en situaciones donde la vida parece estar resuelta, como en el caso de un matrimonio, donde se entrega el futuro de la familia.

Sin embargo, en ciertas ocasiones, esas mismas personas pueden soltarnos la mano, y es posible que en esos momentos nos sintamos vulnerables. No obstante, debemos recordar que, al igual que cuando aprendimos a montar en bicicleta, lo único que nos queda es seguir pedaleando sin perder el equilibrio. Al final, estamos capacitados para caer repetidamente y levantarnos para continuar nuestro camino.

El problema no radica en las dificultades que enfrentamos en la vida, sino en el hecho de que olvidamos con facilidad que cuando éramos niños, no existían obstáculos que no pudiéramos superar ni habilidades especiales que no supiéramos utilizar para alcanzar nuestros sueños. Olvidamos con rapidez cuántas veces tropezamos y cuántas veces nos levantamos desde que aprendimos a caminar, situaciones que, sin que lo supiéramos en ese momento, nos estaban preparando para la vida, experiencias que nos regalaban la imaginación y las habilidades para resolver cualquier problema que se nos presentara y llegar a creer que éramos verdaderamente invencibles.

Siempre es importante tener presente nuestras raíces, nuestro crecimiento, nuestras victorias y los desafíos que aún nos esperan. Solo así podremos enfrentar este mundo lleno de obstáculos, desilusiones y retos. Al final, nuestro espíritu infantil será clave para recordarnos que somos capaces de todo, siempre y cuando mantengamos la vista en el objetivo correcto. No olvides nunca salir en bicicleta, no solo es beneficioso para la salud, sino que también nos recuerda cómo aprendimos a levantarnos después de tantas caídas.

UNETE



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