Eliseo Ferrer / A vueltas con los contextos culturales confluyentes en el judeo-cristianismo del siglo primero.

Carta a un católico practicante, Antonio Fernández Benayas.

 

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Piñero no dijo eso… (que tú dices que dijo).

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© Eliseo Ferrer / Desde una antropología materialista.

I.

Amigo Antonio: Muchas gracias por invitarme a participar en este interesante debate; gentileza que correspondo con mi presencia en carne mortal, tal y como te prometí hace dos semanas, pues antes me ha sido imposible por motivos de trabajo. Lo importante, en definitiva, es que haya llegado a tiempo, antes del cierre definitivo del foro de acuerdo a las normas de Academia.edu.

Y lo primero que quiero decirte es que sometes a debate público un artículo realmente interesante en su contexto confesional sobre el que, aparte del elogio, no puedo poner la más mínima objeción. El contendido de los cuatro folios que presentas resulta realmente impecable, desde el punto de vista de la ideología y de la cultura católica (a las que, como bien sabes, yo respeto sin estar adscrito); al tiempo que ofreces una perspectiva que huye tanto de los tópicos como de las posiciones doctrinales más divulgadas de la Iglesia. Pero, desde mi punto de vista, esa coherencia y brillantez en la búsqueda de nuevas vías interpretativas dentro de la doctrina católica se resquebraja de forma un tanto chocante y sorprendente en el primer párrafo (que no te duela la crítica), donde expones el texto que explica los motivos que te han llevado a escribir y a presentar a discusión el artículo. 

El trabajo lleva por título «La gran esperanza de los hijos de Abraham»: un evidente guiño a la historia cristiana por venir desde el antiguo Israel, dentro de lo que yo considero los habituales planteamientos atemporales del discurso y de la ideología católica; lo cual no toca abordar en estos momentos… Por lo que no voy a poner la más mínima objeción a un trabajo que rezuma coherencia contextual eclesiástica, pero con el que no me identifico, como bien sabes. Sin embargo, en el primer párrafo me ha sorprendido y desconcertado enormemente encontrarme con lo siguiente afirmación: «A diferencia de la ocurrencia de don Antonio Piñero, para el cual la raíz del Cristianismo («Egipto y los orígenes del cristianismo») ha de buscarse a orillas del Nilo, pocos siglos antes de nuestra era, somos muchos millones los que creemos y vemos acreditado por la Historia que, precisamente, el Pueblo de Israel, con sus básicas creencias, tomó forma en base a la Gran Promesa de lo que bien se puede considerar la revolución cristiana». Y, luego, continúas a lo tuyo… que, como buen católico, consiste en presentar la historia (y las Escrituras judías) como un plan de Dios que se cumple con la llegada en Belén del Mesías-Christós prometido en los textos hebreos.

Antonio, debo decirte en primer lugar que, con este primer párrafo, da la sensación de inicio, cuando uno empieza a leer, que muchos católicos cultos (no todos, aquí mismo en Academia tienes al profesor Jacinto Choza, por ejemplo) seguís negando en redondo cualquier investigación no confesional sobre los orígenes del cristianismo que desbarate y ponga en solfa vuestros planteamientos doctrinales basados en el revisionismo judaizante católico de finales del siglo segundo. Ya sabes… La historia como plan del dios de los judíos que comienza con la creación del mundo, manifiesta su dirección y su sentido salvífico en la profecía (promesa-cumplimiento) y termina con la venida del Hijo Salvador (Mesias-Christós), el juicio final y la resurrección de los muertos (una concepción mitológica de la historia que, siento herir tu sensibilidad, no es genuinamente cristiana ni judía, sino persa y zoroastriana).

En segundo lugar, Antonio, debo hacerte una seria amonestación y recordarte en relación a ese primer párrafo de tu artículo que tu tocayo Antonio Piñero no ha dicho jamás ni ha insinuado nunca semejante barbaridad (que el cristianismo nació a orillas del Nilo); algo que tú te sacas de la manga no se sabe basado en qué conjeturas o en qué criterio interpretativo. Sabes muy bien que no soy un turiferario del catedrático emérito, ni un numerario de su escolanía, y que le he criticado con implacable rigor cuando ha sido necesario (sobre todo a raíz de sus incomprensibles cambios de postura de los últimos años); pero la misma fuerza moral que me ha llevado a la crítica inclemente de algunas de sus posturas, me lleva hoy a su defensa frente las erróneas afirmaciones del primer párrafo de tu trabajo. Y te voy a explicar por qué…

No estoy absolutamente seguro, pero creo adivinar que adjudicas indebidamente a Piñero ese bárbaro reduccionismo (considerar al cristianismo como un movimiento surgido en Egipto), basándote en el título de un artículo suyo que citas entre paréntesis: «Egipto y los orígenes del cristianismo». Sinceramente, Antonio, si estoy en lo cierto y se trata del artículo de Piñero que tengo en mente y que un día lejano de 2012 o 2013 leí, subrayé y guardé (tanto que, salvo unas fichas, ahora no lo encuentro), he de decirte que has hecho un pan como unas tortas: has hecho una pésima y deformada lectura y peor interpretación de lo que en él se dice y valora. O quizás ni siquiera lo has leído.

Por lo que creo recordar, a finales del siglo pasado Fernández Sangrador había publicado el libro «Los orígenes de la comunidad cristiana de Alejandría», y supongo que Piñero escribiría ese trabajo unos años después, porque dedicaba varias páginas a esta interesante obra, que yo leí mucho tiempo después de haber leído el artículo de marras del catedrático emérito. Un artículo que, por lo que recuerdo, e independientemente de que estuviese inspirado en la obra de Fernández Sangrador, en aquellos momentos resultó para mí de gran utilidad y provecho por su orden y claridad de conceptos. Recuerdo, por las fichas que recupero, que empezaba con una detallada y exhaustiva bibliografía patrística sobre los orígenes del cristianismo en Alejandría, que Piñero cuestionaba radicalmente para establecer un sano escepticismo en torno a las versiones canónicas sobre la génesis del cristianismo egipcio. Digamos que, a través de estas posiciones críticas, Piñero conducía a los lectores de ese artículo hacía esos territorios en los que el mundo confesional no ha entrado jamás o, si ha entrado, lo ha hecho siempre con la nariz tapada y mirando de reojo hacía otro lado. Me refiero, por supuesto, a los oscuros orígenes de la escuela de la Teología del Logos (Orígenes y Clemente); a los oscuros e indocumentados orígenes del gnosticismo cristiano alejandrino; a los textos gnósticos de Nag-Hammadi, etc., etc., etc.

Pero ciertamente, amigo Antonio, considerar todo esto como «una ocurrencia de don Antonio Piñero, para quien la raíz del cristianismo ha de buscarse a orillas del Nilo» creo que implica un trayecto de largo recorrido hermenéutico en el que media (entre el texto y tu cabeza) una desbordante y fantasiosa imaginación o un error de tamaño mayúsculo. El profesor Piñero nunca ha dicho ni escrito y ni siquiera insinuado semejante barbaridad. Al contrario, puedes encontrar innumerables testimonios por escrito en sus libros, en las redes sociales e internet en los que lanza serios aldabonazos y justificadas diatribas a determinados autores seducidos y maniatados en el estrecho reduccionismo de lo egipcio dentro de este asunto de la génesis del cristianismo.

II.

Es más, dada tu gentil y amigable invitación a participar en este foro, te diré que, a pesar de las grandes, innumerables y oceánicas diferencias que me separan del profesor Piñero (fundamental y primeramente de orden metodológico) te diré que coincido casi al cien por cien con él en lo que se refiere a los contextos culturales que confluyeron en el judeo-cristianismo de la segunda mitad del siglo primero y las primeras décadas del segundo; lo mismo que en los textos fundamentales, aunque apliquemos diferentes y muy alejadas interpretaciones. Pero, cuidado, no saquemos de madre esta sincera confesión: coincido en la confluencia de los contextos culturales y, reitero, en los textos materiales y básicos, desprovistos de hermenéutica y previos a toda interpretación… En lo que se refiere a la genuina doctrina (derivada de la interpretación y de la crítica textual) que aparece en la base del primer cristianismo, y si exceptuamos los contenidos ideológicos más genéricos de cierta literatura sapiencial, de la literatura apocalíptica y de algunos apócrifos y deuterocanónicos judíos (en lo que también estamos de acuerdo), disiento radicalmente de Piñero. Diferencia de criterio que se manifiesta de manera ostensible en dos asuntos tan importantes y esenciales en la base cristiana como son el papel de la misteriosofía (mitología salvífica de la muerte y resurrección del hijo de dios o de la diosa) y el papel de la gnosis, el protognosticismo o el gnosticismo, como quiera que lo llamemos: el mito del descenso a la tierra del salvador y el mito de la encarnación de la divinidad. 

En relación al primer asunto, el de la misteriosofía, creo que la popularidad, el éxito mediático y el interés comercial (es una opinión muy personal mía que no tiene demasiado valor) han hecho caer al profesor Piñero en las garras de ciertas ideologías y poderes algo diferentes de las ideologías y poderes dominantes en los que siempre estuvo cobijado, financiado y estabulado: la Iglesia, el funcionariado y el mundo académico. En relación al segundo asunto, el del gnosticismo cristiano, ocurre algo parecido, aunque su proceder es mucho más claro, transparente e inequívoco: Piñero es un profesor que carece de ideas propias y sigue a pies juntillas las pautas decretadas en el Coloquio de Mesina sobre los orígenes del gnosticismo (1966), en el que ciertas ovejas pardas, inspiradas en los trabajos de Bousset, Bultmann y Widengren (Hans Jonas, Robert M. Grant, Jean Daniélou, Marcel Simon, Gilles Quispel desde la distancia o el propio anfitrión Hugo Bianchi, entre otros (creo que no invitaron al gran Antonio Orbe)) intentaron sacar las patitas del tiesto de la formalidad académica. Pero se lo impidieron los guardianes de la tradición y de lo «políticamente correcto», rasurando sus pezuñas sin miramiento; de tal forma que, finalmente, y para satisfacción del establishment, todo quedó atado y bien atado... Todo quedó pautado y predeterminado, incluida la terminología y el lenguaje a utilizar en los ámbitos del mundo académico (¡lo que oyes, Antonio! ¡el propio lenguaje, que es como decir que inventaron y pautaron, domesticaron, la propia realidad!); todo ello con el objetivo de que las tradiciones eclesiásticas y ciertas falacias académicas siguiesen su curso y su inercia docente sin menoscabo ni desdoro de muchas vidas e investigaciones inútiles estrelladas contra los acantilados de la verdad y el tiempo, que diría Borges.

Es decir, el profesor Antonio Piñero, como filólogo que es realmente, carece de una teoría unificada del cristianismo (por decirlo de una forma que todo el mundo lo entienda); algo que disimula bajo una innegable erudición profesoral y unos descomunales conocimientos del judaísmo del Segundo Templo. Lo cual lo digo a título meramente descriptivo y no como crítica hacia su papel como profesor ni como una crítica hacia su persona, pues nada ni nadie le obliga a presentar «una teoría unificada del cristianismo». Digamos que el profesor Piñero practica una suerte de bricolage intelectual más o menos brillante (valga la metáfora) sobre una parte (ojo, subrayo el carácter parcial) de un constructo teológico que, dieciocho siglos después, sigue mostrando a las claras la misma factura y la misma patente original de la Iglesia católica de Ireneo. Lo suyo, como todos sabemos, es «el Jesús histórico» y sus lecciones públicas sobre determinados aspectos culturales y religiosos del judaísmo de la época. Que ya es mucho, como diría el castizo, dado el escaso horizonte intelectual que tienen todos estos asuntos en la lengua de Lope y Quevedo.

Y III

Ahora bien, amigo Antonio, llegado a este punto, te preguntarás, como se preguntarán muchos lectores, qué es eso de los contextos culturales confluyentes en el judeo-cristianismo de la segunda mitad del siglo primero, materia en la que estoy completamente de acuerdo con el catedrático emérito y que la mayoría de los autores confesionales dejáis de lado por diferentes razones y motivos… Legítimo y natural interrogante que surge motivado por la desorientación y el caos informativo que produce la total y absoluta ausencia de metodologías rigurosas (la falta de claridad, en suma) dentro de un campo de investigación donde sedicentes expertos (no hablo de don Antonio Piñero, por supuesto) parlotean como loros y cotorras al son de los ecos de tambores lejanos o escriben tesis y artículos de meritoriaje que copian de otros artículos y textos. Mucho más legítima la pregunta, si tenemos en cuenta que, más allá de una veintena de verdaderos especialistas dentro del ámbito de la lengua española, la gente culta (ya no hablo del resto del personal) oye o lee el sintagma «contexto cultural» como el que oye silbar el viento o escucha caer la lluvia desde la cama. Dado su carácter abstracto e inconcreto, hablar de influencias y de contextos culturales en un constructo cultural determinado equivale a no decir absolutamente nada, si no relacionamos esas influencias con los textos y materiales disponibles en un determinado espacio-tiempo; si no interpretamos el contenido de esos mismos textos y restos arqueológicos con espíritu crítico, y si no destilamos la interpretación resultante dentro de los esquemas ideológicos y doctrinales de carácter objetivo (que habrá que transformar o validar) y que nos permiten acercarnos a la posible realidad pretérita.

Voy a poner un ejemplo muy claro para que todos los lectores entiendan a la perfección de qué estoy hablando… Voy a referirme a las influencias del zoroastrismo persa en el judeo-cristianismo de la segunda mitad del siglo primero, para mí importantísimas y fundamentales (como para Meyer y Reitzenstein, y más recientemente para Widengren, Boyce, Hultgård, Hinnells y otros integrantes de la corriente conocida como «Historia de las Religiones», así como para Piñero, aunque en menor medida), pues ofrecen las claves de toda la literatura y la ideología apocalíptica de la época helenística (griega, judía o cristiana). Algo que no oirán jamás ni leerán en los textos de la gran mayoría de los profesores españoles e iberoamericanos, totalmente esclavos de la teología de la Iglesia y de sus seculares preconcepciones y prejuicios. Lo que oirán y leerán repetida y machaconamente es el tópico y la inocua cantinela de que el zoroastrismo aportó al judaísmo y al cristianismo las figuras de los ángeles y los demonios, y, como mucho (todo un atrevimiento), la idea de la resurrección de los muertos. En los centros académicos, por otra parte, se habla mucho de la cultura del helenismo, no voy a negarlo, pero se habla muy poco o nada de los dos siglos de dominación persa sobre Judea tras el cautiverio de Babilonia. En este sentido, por ejemplo, no se dice absolutamente nada (no sé si por ignorancia o por perversidad ideológica) sobre la verdadera génesis de la concepción lineal del tiempo y de la historia, que hoy practica la humanidad entera. Una construcción mental que tiene su origen en la historia sagrada del zoroastrismo, presentada como plan de Dios (idea básica de la apocalíptica) para salvar a los benditos, y cuya influencia fue determinante en el judaísmo y más tarde en el cristianismo. No, la concepción lineal del tiempo frente a la concepción cíclica de la temporalidad no fue una creación del judaísmo, sino de las doctrinas del zoroastrismo, quienes concibieron la historia como la duración sagrada que transitaba entre la creación del mundo por Ahura Mazda y la venida del definitivo salvador Saoshyant, el juicio final y la resurrección de los justos a un nuevo eón. Algo así como una línea sucesiva en el tiempo en la que los piadosos y los benditos debían elegir libremente entre el bien y el mal, a la espera del triunfo definitivo del bien y de la salvación final. Por supuesto, tampoco se dice absolutamente nada de lo que, muy probablemente, y según mi criterio, pudo ser el germen del emanantismo platónico, presente de forma explícita en la religión de Ahura Mazda (la primera religión revelada y también la primera religión del libro, el Avesta). Pues el zoroastrismo reemplazó las antiguas divinidades mitológicas de los tiempos védicos por los dos «espíritus gemelos» (Spenta Mainyu y Angra Mainyu), por los Amesha Spenta (Aməša Spəṇta, los santos benefactores) y otras manifestaciones divinas conocidas como «Yazatas»: arcángeles y ángeles mediadores entre Dios y el mundo, y guía de los hombres: seres espirituales e hijos emanados de la divinidad todopoderosa (verdaderas personas divinas) que, lejos de todo politeísmo, aparecían subordinadas al Señor, al tiempo que integraban su propia esencia.

Así, y no de otra forma, es como podemos llevar al terreno de lo concreto unas declaraciones de intenciones (las influencias y las confluencias de determinados contextos culturales) que por sí mismas no dicen nada e incluso se prestan a ser manipuladas y deformadas por intereses de uno u otro tipo. Dentro de esos campos de influencia cultural o religiosa, muchas veces intercomunicados y solapados, el material textual y documental, y su correcta interpretación, han de ofrecernos contenidos que podamos verificar dentro (o en contra) de los esquemas ideológicos y doctrinales presentes en toda génesis de un constructo socio-cultural determinado.

Y no me voy por las ramas, Antonio: retomo el hilo de mi discurso… La pregunta de qué son eso de «los contextos culturales confluyentes» en los orígenes cristianos ha surgido por un proceso de encadenamiento de ideas que ha venido desarrollándose a través de todo este texto: de tu error de apreciación en tu primer párrafo, de mi crítica hacia ti y de mi obligada defensa de tu tocayo don Antonio, ya que Piñero nunca dijo la barbaridad que tú dices que dijo. Lo que dijo y dice el catedrático jubilado de la Universidad Complutense, y con quien reitero mi total aquiescencia y conformidad en el plano genérico, abstracto y prehermenéutico (cojo al azar uno de sus muchos textos) es que: «El pensamiento egipcio influye poderosamente en la teología real de Israel y en la filiación divina del monarca. Y de ahí el mesías, mezcla indisoluble de profeta, sumo sacerdote y rey. E influye igualmente el pensamiento egipcio en la sapiencia moral de Israel, pero infinitamente menos que el babilónico y la religión persa. […] La Biblia hebrea es gran parte de teología cristiana, pero filtrada, a través de los Apócrifos de esa misma Biblia hebrea y los deuterocanónicos de los siglos II a. C. en adelante (Eclesiástico, Sabiduría) y otros libros muy tardíos de la Biblia hebrea (Qohelet o Eclesiastés y Libro de Daniel: del 250 y 165 a. C. respectivamente)». 

Así se explicaba esta pasada primavera de 2022 en una carta pública dirigida a Llogari Pujol; pero podría ofrecerte otros muchos textos de libros y artículos suyos donde Piñero manifiesta el mismo punto de vista. En el texto que cito, no habla, por supuesto, de platonismo ni de filosofía griega (ni de derecho romano), pero esto es algo que hay que darlo por sobreentendido porque se encuentra en todos y cada uno de los rincones de su obra. Supongo, por lo demás, que no habrás olvidado la vieja «ocurrencia» de don Miguel de Unamuno.

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© Eliseo Ferrer Latre

UNETE



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