Los gobernadores priistas extrañaran al PAN/ la supuesta llamada

Confesiones.

 

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Después del registro de Enrique Peña Nieto, como único aspirante a la candidatura del partido revolucionario institucional a la presidencia de la república el domingo pasado, situación que lo convierte de facto ya en el abanderado de ese partido, el colectivo gozo inconmensurable, la exacerbación y los arrebatos festivos comenzaron a bajar de intensidad, porque al mismo tiempo que corre el sentimiento arrogante de clamar una victoria anticipada, han empezado las reflexiones al interior de los grupos y líderes del partido, sobre todo de los gobernadores, de lo que significaría la eventual victoria del ex mandatario mexiquense y su consecuente arribo al poder.

Un análisis de situación que impacta directamente en el desempeño gubernamental de las entidades en el futuro inmediato si se llega a consumar la victoria de Peña Nieto, muchas de ellas administradas por funcionarios que por su juventud no comprenden el alcance del retorno de la concentración de poder autoritario de la investidura presidencial, para las nuevas generaciones, esa circunstancia es la evocación de un pasado que no les toco vivir.

Un contraste dramático entre la posibilidad real de recuperar la presidencia, con todos los beneficios que eso implica, contra la perdida de las libertades obtenidas gracias al hecho de la inexistencia de una jefatura política actuante, fomentada por la blandengue flexibilidad de los presidentes panistas, que dejaron en absoluta independencia a los gobernadores y lideres de sectores priistas, una autonomía contraria a la costumbre, que derivo en la mayoría de los casos, en la falta de rendición de cuentas y en sendos abusos de poder.

La otrora llamada presidencia imperial mexicana, basaba su poder en el máximo control, en el hecho de que el destino de todos los políticos y su suerte dependía única y exclusivamente de la voluntad presidencial, de que todas las decisiones incluso las locales, tenían que filtrarse en los Pinos para su autorización, formato en que la sumisión y la disciplina se practicaban a ultranza.

La presidencia ejercía a través de las secretarías de gobernación y la contraloría una estricta vigilancia, política y administrativa en las entidades, de tal suerte que si algún gobernador adoptaba una conducta considerada impropia, era removido del cargo sin remedio, como sucedió en incontables ocasiones en los sexenios priistas. Solo Carlos Salinas, figura que es referencia indiscutible para Peña Nieto, removió a diez gobernadores.

Por ello ha muchos de ellos empieza a preocuparles el llamado retorno del  sonido del teléfono rojo, la mítica red que conecta directamente al secretario de gobernación con los gobernadores, cuyo timbre provocaba sobre saltos por descontado, toda vez que cuando ese aparato sonaba en los despachos de los mandatarios estatales, significaba normalmente malas noticias o un severo regaño, del que era imposible escapar.

Hoy muchos de los gobernadores del PRI, los que terminaron recientemente sus encargos y todavía los que ocupan la posición actualmente, experimentaron una libertad de acción y decisión desconocida en la cultura política nacional, ahí están los diversos casos de los endeudamientos públicos de sus entidades y las decisiones unilaterales para imponer a sus candidatos a presidentes municipales, al senado, el congreso federal y local, pero sobre todo a sus sucesores, lo que no pasara si Peña asume la presidencia, será él y solo él quien tenga la atribución de esas designaciones.

Ante la debilidad de los presidentes panistas, los gobernadores priistas se orientaron a tratar de copiar el sistema argentino,  en donde los mandatarios estatales son verdaderos caciques y contrapeso de la presidencia, con la salvedad de que en ese país austral, la reelección les otorga una fuerza que sus colegas mexicanos no tendrán nunca.

Los Moreira de Coahuila, Herrera de Veracruz, Hernández de Tamaulipas, Marín de Puebla, Ruiz de Oaxaca, Medina de Nuevo León, por mencionar solo a algunos, no hubieran corrido con la misma suerte en una presidencia priista de antaño.

Esta reflexión proviene de información que ha trascendido de los círculos del poder al interior del propio PRI, en función de la actitud que el precandidato Peña Nieto ha comenzado a adoptar posterior a su registro, porque si bien antes de ello se había mostrado conciliador para evitar que le sucediera lo mismo que a Roberto Madrazo en su oportunidad, cuando precisamente los gobernadores decidieron apoyar a Felipe Calderón, esencialmente, porque intuían la derrota y para evitar cualquier posibilidad del regreso de esa jefatura a la que nos referimos, con ello para seguir así gozando del libertinaje que ya habían adoptado.

El cambio de postura de Peña Nieto, a raíz de la certeza del registro y la confirmación de su posición, ha sido realmente inesperado toda vez que se suponía que no transformaría su conducta hasta que obtuviera eventualmente la victoria en las elecciones.

Peña Nieto, ha comenzado a mandar e imponer condiciones y estilos, conforme a su educación política, que proviene de esa cultura del presidencialismo fuerte, el no pertenece al mal llamado nuevo PRI, por el contrario es un producto de los fondos y las formas de la tradición priista en su más amplio contexto. La escuela Atlacomulco.

Sus directrices no aceptan discusión, ejemplo de ello los intentos de rebelión provocados por la alianza con el partido verde y el PANAL, que tanto disgusto causaron entre gobernadores, líderes del partido y la militancia, estos fueron sometidos de inmediato, no es un asunto de criterios, lo es de principios y orden.

El precandidato ha comenzado a exigir un comportamiento sobrio y serio a su alrededor, como antecedente de lo que sería el estilo de su gobierno, parco y pragmático, alejado de las veleidades y las distracciones, incluso al grado de haber trascendido también que el mismo ha comentado en privado, que de ganar la presidencia, el recreo habrá terminado para los gobernadores que no se ajusten a esos postulados.

La seguridad de Enrique Peña, proviene del hecho de que a diferencia de la elección pasada, seria materialmente imposible que esos mandatarios, con toda su capacidad financiera y logística para la operación electoral, actuaran como en esa ocasión, toda vez que para ello ahora, tendrían que aliarse con quien resulte candidato del PAN, en el mejor de los casos Josefina Vázquez Mota, lo cual implicaría un riesgo suicida.

Como lo hemos comentado anteriormente, Peña Nieto por formación, es partidario del orden, del ejercicio pleno de la investidura, eso significa que de ganar, para recuperar la fortaleza que la presidencia ha perdido en las administraciones panistas, tendrá por obligación que atender la insatisfacción ciudadana, con mucho mas que una cuidada imagen mediática.

Tendrá pues que imponer los criterios que sustentaron el formato previo, que a pesar e las críticas que en su momento propicio, al menos garantiza como decíamos un mínimo de orden y certidumbre, un sistema en el cual los ascensos y la permanencia dependen no solamente de la cercanía personal, como en los regímenes panistas, sino también de los meritos relativos al desempeño, considerando que sería imposible una vuelta al autoritarismo, que por otro lado no limita una dirección presidencial totalitaria y todo indica que Peña lo ha comenzado a hacer desde ahora.

Esa actitud que precisamente tiene preocupados a muchos gobernadores, es sin duda uno de los mayores activos del precandidato priista de cara al electorado, sin embargo de ganar los comicios, será la razón por la cual los gobernadores priistas, extrañaran irremediablemente a los presidentes del PAN.

 

La supuesta llamada.

 

Un portal informativo en la red, filtro una supuesta conversación telefónica entre Elba Esther Gordillo y Humberto Moreira, que de ser cierta, como al parecer lo es según fuentes al interior del propio PRI, confirma varios aspectos.

La sumisión de Moreira hacia Elba Esther, la preocupación de este por su futuro inmediato, la aberración de la Gordillo hacia Beltrones y sus intentos por bloquearlo, su soberbia, pero sobre todo que su alianza con Enrique Peña, es una cuestión de oportunismo y pende de alfileres.

 

guillermovazquez991@msn.com

twitter@vazquezhandall

 

UNETE



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