"Historias del abuelo Miguel" El abuelo Miguel y el Tío Benacantil por Miguel Ángel Pérez Oca

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“Historias del abuelo Miguel” por Miguel Ángel Pérez Oca.

Andaba yo por la Playa del Postiguet. Me había quitado los zapatos y me había arremangado las perneras del pantalón (en Alicante decimos “los camales”) hasta casi las rodillas; y así podía pisar la misma costa arenosa donde morían las tímidas olas. Era gratificante sentir el fresquito en los pies, mientras contemplaba el paisaje urbano y el paisaje marino que me rodeaban. A mi derecha el mar azul con la intransigente línea recta del horizonte, y a mi izquierda el Raval Roig, con sus indiscretas casas de cemento y cristal que casi ocultaban al monte Benacantil. Arriba, reinando sobre la ciudad desde sus 166 metros de altura, la roca pelada del monte, con su impresionante fortaleza de Santa Bárbara (hasta el nombre lo tiene bravío) haciendo de sombrero a la Cara del Moro.

Me paré a pensar y, no sé si en esta realidad o en la imaginaria de mis circunvoluciones cerebrales, inicié una conversación silenciosa con el roqueño gigante que contempla a Medinalakant desde las alturas.

-Hola, tío Benacantil – le dije, y vi o imaginé que la vieja cara me miraba de reojo.

-Hola, abuelo Micalet – me respondió o imaginé que me respondía.

-¿Por qué te llaman “la cara del moro”, si seguro que estabas ya ahí mucho antes de que llegasen los musulmanes?

Y el viejo de piedra se rió, provocando un leve terremoto.

-¿Antes que los musulmanes? Je, je. Y antes que los visigodos, y que los romanos, y que los iberos e incluso que los Cromagnones y quizá que los Neandertales – se detuvo como para pensar -. Yo llevo aquí desde hace cientos de miles de años, cuando los vientos y las lluvias moldearon mi cara de roca. Bueno, no soy una cara, ¿sabes? Porque cuando surgí de las piedras no habían caras, porque no había seres humanos. Así que si alguien es la imitación de alguien, sois vosotros los que me habéis copiado.

Y yo tuve que admitir que el viejo “moro” tenía toda la razón.

-Entonces la leyenda del joven enamorado Alí y la princesa Cantarana es un invento, una historia falsa…

-Eso no es una leyenda, es una tontería inventada por algún estúpido romántico de provincias del siglo XIX - y me miró girando su rostro en un escorzo imposible.

-Tú, abuelo Micalet, sí que escribes historias creíbles, de esas que rezuman realidad, de esas que se pueden creer, de esas que si no sucedieron, pudieron suceder realmente.

Yo me sentí halagado por las palabras del gigante, hasta que recapacité y comprendí que la conversación tenía lugar dentro de mi propia mente. Y me avergoncé de mi soberbia. ¡Estaba adulándome a mí mismo!

-Vaya, abuelo Miguel, ¿por qué no me cuentas alguna de tus historias?

Y acabé accediendo a sus ruegos.

-Érase una vez en un pueblo llamado Alacant…

Y en eso, una indiscreta ola, mayor que sus hermanas, me mojó los pantalones hasta la cintura, mientras la Cara del Moro reía a mandíbula pétrea batiente.

Publicado el 8 de junio de 2022

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