El impertinente despertador comenzó a emitir una serie de quejidos extraños y me levanté sobresaltado. Hice mis habituales ejercicios de esgrima y doma equina mientras me dirigía tranquilamente a la ducha. Tras enjabonar mi cuerpo lo embadurné con mantequilla y mermelada mientras me sumergía en un mundo de café, croissant y galletas. Comencé a pensar en la estúpida existencia de mi despertador y lo arrojé a la calle. Unos gritos llamaron mi atención y me asomé a la ventana. Una señora muy mal educada señalaba hacia mi ventana entre insultos y blasfemias salpicadas por salivajos que salían disparados de su desdentada boca. Por lo visto, el despertador había caído junto a ella que dormía apaciblemente bajo unos cartones. Cerré la persiana y miré el reloj. ¡Dios mío, si son las dos de la mañana! Bajé a la calle y, a pesar de los gritos histéricos de la anciana y sus golpes en mi hombro, pisoteé violenta y repetidas veces (concretamente doscientas dieciséis) el maldito artilugio. Después hablé con la señora y entendió perfectamente lo que había pasado. Nos reímos mucho y cogió su botella de anís que le servía de almohada. Le dio un trago al anís y me dio una bofetada. En mi cabeza unos pensamientos se iban agolpando. A saber: veía filas y filas de soldados nazis desfilando ante mí llevando a Auschwitz a la infortunada indigente; así como unos trescientos misiles aire tierra lanzados contra los cartones en los que ella dormía; también un verdugo de la inquisición blandiendo su hacha mientras sonreía; y, por qué no decirlo, una joven cuyos pechos cortaban la respiración de cualquiera que la mirase. Mientras seguía relamiéndome le di un par de monedas a la anciana y me marché aspirando el inhalador que me recetaron para mi asma. Cuando estaba a punto de entrar otra vez en el portal algo distrajo mi atención. No sé si era la señora Martínez, mi casera, vestida de cuero negro blandiendo un látigo mientras estaba haciendo el amor con un joven imberbe. O, tal vez, un pingüino con sombrero y bufanda que cruzó por la calle. Pero no, creo que lo que me llamaron la atención fueron unas luces fucsia de neón en las que se leía: “Club de Alterne Puri”. Es el club de alterne que hay frente al portal de mi casa. Y lo debía regentar una señora llamada Puri.



