El Contexto Cananeo. Ritos y sacrificios humanos en el antiguo Israel. (I. Contextos culturales del desarrollo Judío y Cristiano).

El Contexto Cananeo.

 

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En la época herodiana los judíos habían civilizado sus antiguos ritos y costumbres a través de la gran influencia recibida, primero de los babilonios y persas y, luego, de la cultura del helenismo; pero han llegado hasta nosotros sólidos testimonios que no permiten ocultar el carácter sangriento de sus más antiguas (y no tan antiguas) tradiciones. Hoy sabemos que, entre los semitas del Asia occidental, en época de peligro, el rey entregaba algunas veces a su hijo, para que muriera como sacrificio por toda la comunidad. Filón de Biblos, por ejemplo, en su obra sobre los judíos, transmitía la siguiente información, de acuerdo a lo relatado por James G. Frazer: «Era una antigua costumbre que, en momentos de gran peligro, el gobernante de una ciudad o nación ofreciera a su amado hijo para que muriera por el pueblo, como rescate ofrecido a los vengativos demonios, y mataban a las criaturas ofrendadas con ritos místicos. Así, Cronos, a quien los fenicios llamaban Israel, siendo rey del país y teniendo un hijo llamado Jeoud (en el lenguaje fenicio Jeoud significa «unigénito»), lo atavió con su vestido regio y lo sacrificó sobre un altar en tiempos de guerra, cuando el país estaba en gran peligro frente al enemigo».

Y más aún, como relatan las Escrituras: cuando el rey Mesa de Moab fue sitiado por los israelitas y duramente acosado en el siglo noveno antes de nuestra era, cogió a su hijo mayor y lo pasó por el fuego sobre un muro. Por lo que, en un principio, parece no encontrase fuera de contexto el sacrificio de Isaac, finalmente absuelto por un ángel y sustituido por un carnero; a través del cual, según la leyenda, el dios de los patriarcas bíblicos pidió a Abraham una prueba de fidelidad y confianza. Lejos de constituir un inmoral anacronismo, la decisión de Abraham de asentir a la petición de la divinidad de sacrificar a Isaac confirmaba los hábitos culturales de un tiempo en el que los pueblos semitas ejecutaban este tipo de sacrificio ritual sobre las víctimas inocentes de su descendencia. («Me darás el primogénito de tus hijos», exigía Yahvé a su pueblo a través de un exhorto cuyo cumplimiento atestiguaron los textos proféticos). Es decir, el sacrificio de Abraham encontraba un contexto muy definido que le ofrecía verosimilitud, a pesar de que presentaba un discurso reelaborado textualmente mucho tiempo después y bastante diferente de los ritos sacrificiales israelitas y cananeos. Ciertamente, según la narración de la Biblia, Abraham no se dispuso a sacrificar a su hijo con el propósito de obtener un resultado concreto de la divinidad, y tampoco se trató de un rito sacrificial inspirado y en consonancia con un planteamiento mítico predeterminado. Por lo que podemos asegurar que, según el texto escriturario, Abraham no se dispuso a llevar a cabo un rito sacrificial en el sentido que estamos exponiendo, cuyo significado aparentemente ignoraba y no comprendía; sino que su gesto fue presentado en el texto bíblico como un acto modélico de fe, de obediencia y de sumisión a la divinidad. Valores éstos mucho más tardíos en el tiempo que, no obstante, se redactaron literariamente echando mano de la memoria de un contexto arcaico dominado por los mitos cósmicos y los ritos de sacrificio de los hijos primogénitos de Israel. Un tiempo que se pierde en los oscuros orígenes del judaísmo y que, en términos de literalidad bíblica, no concluyó hasta la instauración de la Pascua en Egipto, justo antes de iniciarse el Éxodo; a través de cuya narración sabemos que la muerte de los primogénitos fue formalmente sustituida por el sacrificio del cordero, cuya sangre en los dinteles de las puertas de las casas de los israelitas redimió a los hijos de Israel del sacrificio al que se vieron sometidos los hijos de los egipcios.

De esta forma, para conmemorar la supuesta salida de Egipto, el dios (o los dioses) «proclamó [proclamaron] que, a partir de entonces, le serían sagrados todos los primogénitos al pueblo de Israel, lo mismo los de los hombres que los de los animales, y ordenó que se sacrificaran las criaturas comestibles, y que se redimiera a las no comestibles, en especial a los hombres y a los asnos, a través de un sustituto. Y que todos los años, durante la primavera, se celebrara un festival con los mismos ritos observados la noche de la gran matanza». Así fue como una costumbre arcaica asociada al sacrificio ritual de las víctimas inocentes de los primogénitos sirvió, según el texto de la Torá (Pentateuco), de base a la instauración de la Pascua judía. Una institución que todas las primaveras, coincidiendo con el ritual del Año Nuevo, y desde tiempos inmemoriales, venía celebrándose en Mesopotamia, y que los hebreos habían practicado en otras fechas a través de la sangre del sacrificio de sus hijos; hasta que el texto del Éxodo sustituyó su significado por la sangre del cordero.

Y decíamos que con la instauración de la Pascua se pasó «formalmente» del sacrificio humano al sacrificio animal porque la narración bíblica se escribió, con toda seguridad, muchos siglos después de los supuestos hechos exaltados en el texto. Y porque, a pesar de la literalidad de los profetas, los sacrificios humanos continuaron en Israel durante mucho tiempo después. Hoy, sabemos a ciencia cierta que los textos definitivos de la Tanaj (Biblia hebrea), que no se «canonizaron» hasta el siglo segundo de la era cristiana, hay que situarlos en los años posteriores al cautiverio de Babilonia (a partir de los siglos sexto y quinto, e incluso en tiempos muy posteriores, como prueban algunos textos del siglo segundo antes de nuestra era y aún posteriores), en los que la sensibilidad, los hábitos culturales y la misma concepción del dios de los israelitas (monolatría) había variado considerablemente en relación al periodo cananita y, cómo no, en relación al tiempo mítico y fabuloso de los faraones egipcios. El Antiguo Testamento (como el Nuevo), a juzgar por las más recientes investigaciones, contiene escasos elementos históricos, y para encontrarlos hay de recurrir a la lectura hipercrítica de sus textos, a través de las prohibiciones y anatemas divinos, y al estudio pormenorizado de los profetas, «cuyas indiscretas revelaciones suministraron los pocos datos fidedignos sobre los que apoyar la historia de Israel».

La redención de los primogénitos por la sangre del cordero (y en líneas generales por el rito simbólico de la circuncisión) fue, en este sentido, una muestra bastante evidente de los vestigios arcaicos que pervivían en la memoria de los redactores y editores de los textos bíblicos. Pues «los israelitas habían tomado de Canaán la terminología sacrificial, no sólo los diversos tipos de sacrificio, que no podían proceder de la etapa nómada de su existencia. Los textos ugaríticos confirmaron este punto de vista, que ya había sido propuesto antes de que se descubrieran estos documentos. [...] Y el que durante este período se sacrificaran a Yahvé los primogénitos implicaba necesariamente la práctica de los sacrificios humanos, comunes en la tierra de Canaán». No en vano, y manifestando a las claras lo que ocurría en un tiempo cuya «insensibilidad» quedó superada tras el cautiverio de Babilonia y los tiempos de la influencia persa, textos como Josué y 1 Reyes referían el caso de Jiel de Betel, de quien se decía que, «según estaba dicho», sacrificó a su hijo primogénito y a su hijo menor con motivo de la reedificación de la ciudad de Jericó. Por su parte, el Deuteronomio recordaba el inexcusable precepto de no entregar los hijos de los israelitas para realizar ofrendas a Moloch: un rito espeluznante, pero habitual entre los fenicios y los cananeos, quienes ofrecían a sus hijos e hijas para ser quedamos en prenda de expiación.

Cuando hayas entrado en la tierra que Jehovah, tu Dios, te da, no aprenderás a hacer las abominaciones de aquellas naciones: No sea hallado en ti quien haga pasar por fuego a su hijo o a su hija, ni quien sea mago, ni exorcista, ni adivino, ni hechicero.

Miqueas, por su parte, ofrecía un indudable testimonio de las dudas de sus contemporáneos, cuando se preguntaba:

¿Con qué me presentaré a Jehovah y me postraré ante el Dios Altísimo? ¿Me presentaré ante él con holocaustos, con becerros de un año? ¿Aceptará Jehovah millares de carneros o miríadas de arroyos de aceite? ¿Daré mi primogénito por mi rebelión, el fruto de mi vientre por el pecado de mi alma?

Moloch fue un dios fenicio y cananeo adorado por muchos israelitas, cuyo culto expiatorio surgió de los ritos de la fertilidad, y cuyos sacrificios se alimentaban de los hijos e hijas de tierna edad de sus fieles y adoradores. Durante los sacrificios, los sacerdotes provocaban un gran estruendo de trompetas y tambores, de tal manera que quedasen mitigados los llantos de los sacrificados y resultasen imperceptibles los gritos ante sus acongojados progenitores. Se ha identificado tradicionalmente a Moloch con Baal, y cada vez son más los investigadores que asimilan a éstos con el primer dios de los hebreos, El. En este sentido, los israelitas no pudieron disfrazar una verdad indisimulable en el trasfondo de los textos de las Escrituras, y hoy fehacientemente comprobada, a pesar de la labor de mistificación de las diferentes ediciones, exégesis y traducciones. Era lo que sucedía con la adoración de diversas divinidades y con la práctica de sacrificios humanos más allá, incluso, de la división del imperio de Alejandro y de los comienzos del helenismo. De ello dio fe el hecho histórico acaecido el año 169 antes de nuestra era, cuando, al entrar en el Templo de Jerusalén, Antíoco Epífanes encontró a un hombre dispuesto al sacrificio. Por lo demás, el libro de Jueces había sido sumamente explícito y elocuente al presentar la ofrenda en holocausto que hizo Jefté de su hija virgen, a cambio de que Dios propiciase su victoria sobre los hijos de Amón. Y ello en un tiempo en que ya prácticamente todos los pueblos circundantes habían abandonado este tipo de prácticas rituales:

Y Jefté hizo un voto a Jehovah diciendo: «Si de veras entregas en mi mano a los hijos de Amón, cualquiera que salga de las puertas de mi casa a mi encuentro, cuando yo vuelva en paz de los hijos de Amón, será de Jehovah; y lo ofreceré en holocausto».

[...]

Él los venció con una gran derrota desde Aroer hasta la entrada de Minit, veinte ciudades; y hasta Abel-Queramim. Así fueron sometidos los hijos de Amón por los hijos de Israel. Entonces Jefté llegó a su casa en Mizpa. Y he aquí que su hija salió a su encuentro con panderos y danzas. Ella era su única hija.

Una declaración del profeta Amós citada en Hechos de los Apóstoles parece corroborar que los israelitas tuvieron alguna vez un santuario portátil dedicado al dios fenicio-cananeo. Por lo que no debe sorprendernos que, más allá de la normativa establecida en el Deuteronomio, apareciesen en las Escrituras hebreas al menos una decena de relatos que hablaban del sacrificio en holocausto de los hijos de Israel. Citas y referencias de carácter condenatorio, es cierto, dado lo avanzado del tiempo en que se escribieron estos textos, pero sumamente descriptivas del pasado común compartido con fenicios y cananeos. En 2 Reyes, por ejemplo, se narraba el reinado no del todo ortodoxo del judaíta Acaz, quien no demasiado escrupuloso ante los ojos de Yahvé, «anduvo en el camino de los reyes de Israel, e hizo pasar a su hijo por el fuego». Con frecuencia, también, los hijos de la zona norte de Israel, según se narraba en esta misma obra, «hicieron pasar por fuego a sus hijos y a sus hijas, practicaron los encantamientos y las adivinaciones, y se entregaron a hacer lo malo ante los ojos de Jehovah, provocándole la ira». Y el rey judaíta Manasés, que continuó los pasos descarriados de algunos de sus predecesores, «edificó altares a todo el ejército de los cielos en los dos atrios de la casa de Jehovah. Hizo pasar por el fuego a su hijo, practicó la magia y la adivinación, evocó a los muertos y practicó el espiritismo».

La letra pequeña de los testimonios de los profetas resulta hoy sumamente esclarecedora: porque «los hijos de Judá han hecho lo malo ante mis ojos», aseguraba Yahvé en el texto de Jeremías. «Han puesto sus ídolos abominables en el templo que es llamado por mi nombre, contaminándolo. Han edificado los lugares altos del Tofet, que están en el valle de Ben-hinom, para quemar en el fuego a sus hijos y a sus hijas, cosa que no les mandé». Por tanto, concluía Yahvé: «He aquí que vendrán días en que no se dirá más Tofet, ni valle de Ben-hinom, sino Valle de la Matanza. Y los cadáveres de este pueblo servirán de comida a las aves del cielo y a los animales de la tierra». Ante lo cual, el testimonio de Ezequiel condenaba alegóricamente a toda la nación de Israel: «Además de esto, tomaste a tus hijos y a tus hijas que me habías dado a luz, y los sacrificaste ante ellos para que fuesen consumidos. ¿Eran poca cosa tus prostituciones? Pues degollaste a mis hijos y los diste para hacerlos pasar por el fuego ante ellos. En medio de tus abominaciones y de tus prostituciones, no te acordaste de los días de tu juventud, cuando estabas desnuda y descubierta, revolcándote en tu sangre».

Como vemos, el tono bíblico con el que se abordaban los sacrificios humanos resultaba generalmente condenatorio, como todo aquello referido a la mitología cósmica, pero muy ilustrativo de una realidad insoslayable que no pudo ocultarse; pues repetimos que el texto de las Escrituras fue fruto de una elaboración muy tardía en relación a los supuestos acontecimientos que se narraban. En este sentido, y lejos de una lectura superficial y piadosa de la Biblia, James G. Frazer llegó a proponer incluso la hipótesis del sacrificio de los primogénitos cananeos como un rito sangriento de procedencia genuinamente israelita. En esta línea, y quizá abandonado a un exceso de audacia interpretativa, el antropólogo de origen escocés pudo afirmar: «Cuando recordamos que los israelitas pertenecían al mismo tronco semítico del pueblo al que “conquistaron” y al que abiertamente despreciaban, y que varias ramas de la raza semítica practicaron el sacrificio humano, quizá nos sintamos inclinados a pensar que fue el pueblo elegido el que tal vez trajo consigo a Canaán las semillas que más tarde germinaron y dieron tan atroces resultados». Pero no hace falta llegar tan lejos, sobre todo teniendo en cuenta que hoy empezamos a conocer que los israelitas, si dejamos de lado el primitivo origen nómada de las migraciones semitas occidentales, jamás hasta la época persa y helenística traspasaron los dominios geográficos de su franja mediterránea; y que solo viajaron como deportados, bien por los asirios a Nínive en el siglo octavo, bien por Nabucodonosor a Babilonia en el siglo sexto, o a través de la imaginativa historización de sus propios mitos y leyendas. Basta con que admitamos los sacrificios y los rituales primitivos hebreos como algo contextualizado y perfectamente indiferenciado de las tradiciones y hábitos culturales de los pueblos semitas circundantes de la costa mediterránea oriental. «Pues al reunir sus tradiciones —concluía Frazer—, y observar con cuánta precisión encajan, y éstas con la costumbre hebrea de sacrificar a sus primogénitos a Baal o Moloch pasándolos por el fuego, resulta difícil oponerse a la conclusión de que los israelitas sacrificaban a sus hijos primogénitos regularmente».

Todo lo cual nos permite deducir que la redención de los primogénitos por la muerte del cordero, expresada en la institución de la Pascua (formalmente reformada y expresada en una nueva concepción de la temporalidad y de la historia), fue la manera de mitigar, muy posteriormente, una antigua costumbre sacrificial que había sido norma durante siglos. En las Escrituras hebreas encontramos, no obstante, tres líneas sustitutorias diferentes de los antiguos ritos cosmológicos y de los sacrificios humanos; tres líneas relacionadas con el mito y el ritual de la muerte del Rey Sagrado y la fiesta del Año Nuevo (coincidente con la Pascua); todas ellas muy influidas, en tiempos históricos, por la cultura mesopotámica, y que se convirtieron, más tarde, en base argumental del futuro mito cristiano: la tradición del Chivo Expiatorio, contenida en el Levítico y en Ezequiel; la tradición del Siervo Sufriente de Isaías y la tradición del Cordero pascual contenida en Jeremías. Todo ello sin menosprecio de las misteriosas palabras de Zacarías referidas a la muerte de un dios «traspasado» al que debían llorar los habitantes de Jerusalén: «En aquel día sucederá que buscaré destruir a todos los pueblos que vengan contra Jerusalén. Y derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y de súplica. Mirarán al que traspasaron y harán duelo por él con duelo como por el hijo único [unigénito], afligiéndose por él como quien se aflige por un primogénito. En aquel día habrá gran duelo en Jerusalén, como el duelo de Hadad-rimón, en el valle de Meguido».

Leer texto con referencias

Fragmento del libro «Sacrificio y drama del Rey sagrado». Páginas 171-177. © Eliseo Ferrer

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