3. La Sabiduría de Salomón, figura base del Cristo celestial paulino. (III. El mundo judío en la encrucijada del helenismo).

Bases del mito del Salvador en la mística judeo-cristiana.

 

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A pesar de las peculiaridades hebreas de la tradición sapiencial de la que participaba, la Sabiduría de Salomón fue el texto apócrifo judío que mejor expresó las indudables influencias del platonismo en el siglo anterior a nuestra era. Tuvo su inmediato antecedente ideológico en el capítulo octavo de Proverbios y, de manera muy resumida, podemos decir que, para ciertos judíos del siglo tercero antes de nuestra era, Sabiduría había sido ya la «herramienta» a través de la cual Dios actuaba sobre el mundo como espíritu, y en la que se inspiraría finalmente esta obra judía. Digamos que, fundamentada en origen en la Palabra del Génesis (Memra), adquirió en el judaísmo helenístico las funciones del «Verbo» mediador de procedencia irania, en cuyo contexto aparecía como Spenta Armaiti (hija o esposa de Ahura Mazda), una de los Amesha Spenta o espíritus benefactores de la divinidad. Una figura que pudo servir de inspiración a Platón, junto a la concepción del alma de Zoroastro, a la hora de comunicar la insalvable separación de la dualidad del mundo material y del mundo transcendente por medio de su idea del Alma universal: noción mediadora entre el mundo y la Ideas, que la tradición posterior hasta Filón asociaría al Hijo-Logos (el Vástago del Bien) y que, a partir de Pablo de Tarso, se fundiría con la figura de Mesías-Cristo. De tal manera que encontramos una clara relación de equivalencia entre las ideas de Spenta Armaiti del mazdeísmo, la Palabra del Génesis (Memra), el Alma del universo y el Hijo de Dios de Platón, la Sophía-Sabiduría judía y el Logos de Dios de Filón.

Escrita en griego a mediados del último siglo de la era anterior y de procedencia alejandrina, según todos los indicios, el contenido de la primera parte de la Sabiduría de Salomón no dejaba dudas sobre el eje discursivo de su exposición conceptual: la sabiduría/justicia y la inmortalidad del hombre; a las que se daba paso después de haber sentado la base del dualismo antropológico que le servía de punto de partida: el ser humano como entidad compuesta de cuerpo y alma, según los cánones establecidos por la tradición del platonismo. Aunque hay que reconocer que el autor no hacía uso (aunque la conociera) de la noción griega de inmortalidad del alma en un sentido netamente espiritual y platónico. «En Sabiduría la inmortalidad no dependía de la naturaleza metafísica en cuanto tal, del componente más noble del ser humano, sino de la relación del hombre con Dios. [...] De tal forma que quien optaba por la vía de la sabiduría y la justicia, sustraía su futuro al dominio del sheol». Pero para exponer la doctrina de la inmortalidad, el autor se servía de una apasionada descripción del malvado y del justo, que encontramos tanto en la tradición judía como en los diálogos platónicos. De tal manera que «el autor de Sabiduría no entendía la muerte del justo como una irremediable destrucción, sino como un tránsito. Los sufrimientos servían para probar al justo como se prueba al oro en el crisol».

Desde mi punto de vista, y más allá de la base del dualismo antropológico (griego), de la propuesta de inmortalidad ofrecida al justo (griega, según la soteriología del orfismo) y de la ontología emanantista (griega y de influencia probablemente persa) en la que el autor fundamentaba su figura, el rasgo más característico de esta obra apócrifa del judaísmo helenizado radicaba en que presentaba a Sabiduría (Hokmā, Sophia) como la entidad divina que otorgaba al justo las cuatro virtudes cardinales del alma platónica: la prudencia, la fortaleza, la templanza y la justicia. Un indudable contenido extraído de la ética y de la metafísica de los griegos y plasmado en los Diálogos de Platón como virtudes del alma inmortal. Condición imprescindible, por su carácter clave, si queremos entender el significado que el término «justicia» adquiría dentro de este texto judío junto al término «inmortalidad»; algo que no siempre ha sido correctamente comprendido y que hay que interpretar como un compendio de las otras tres virtudes: la justicia, como armonía de las virtudes del alma tripartita (prudencia, fortaleza y templanza) que la Iglesia introduciría de manera dogmática dentro de su doctrina.

Según Paolo Sacchi, en el texto de Sabiduría, «justicia» (que aparecía entre el capítulo 1 y el 15 más de veinte veces) no indicaba un orden cósmico, ni una cualidad humana, ni un anhelo de equidad, sino una abstracción que era «causa de inmortalidad». «Era ésta una visión optimista que contrastaba con el pensamiento dominante en el siglo primero antes de nuestra era: los justos no podían ser tocados por la muerte. Y esta inmortalidad era posible porque el hombre poseía un alma que solo el pecado podía destruir». Estaba claro que el interés del autor de esta obra no se centraba en el problema de la justicia, tal y como la podemos entender en la actualidad, como una distribución equitativa de recompensas y castigos, sino en el sentido de la inmortalidad del alma como resultado de la virtud, en la que creía firmemente. «Sabía que la inmortalidad era la naturaleza de la justicia, pero sabía, por otra parte, que la justicia provenía de la posesión de la sabiduría. Por esta razón podía afirmarse que la inmortalidad ya existía en una persona que viviera en unión con la sabiduría. Pero la sabiduría se obtenía solo por la gracia, no era una conquista humana... En consecuencia, la sabiduría no enseñaba la Ley a los que la recibían de Dios; enseña lo que era agradable a Dios, lo cual no coincidía con la Ley, aunque tampoco la excluía».

Con el texto de Sabiduría, como vemos, nos encontramos ya en el mundo judío, probablemente alejandrino, con una mística helenística altamente desarrollada que influyó, sin duda, en el protognosticismo de Pablo de Tarso y en el gnosticismo de finales del siglo primero y de los siglos segundo y tercero.

Porque el cuerpo mortal es un peso para el alma [...] ¿quién podrá rastrear las cosas del cielo? ¿Quién conocerá tu designio, si tú no le das la Sabiduría enviando tu santo espíritu desde el cielo? Solo así fueron rectos los caminos de los que están sobre la tierra, así los hombres aprendieron lo que te agrada y la Sabiduría los salvó. El texto de Sabiduría anticipaba otros temas de desarrollo posterior, pero sorprendía sobremanera el tratamiento que hacía del pecado, de la muerte y del mal, ofreciendo precisos materiales a la base dualista y a la concepción del mal que, a pesar de las diferencias, desarrollaría, décadas después, el gnosticismo cristiano. Según esta obra, la muerte no había sido creada por Dios, sino que había entrado en el mundo por la envidia de Satanás.

Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo imagen de su propio ser; pero la muerte entró en el mundo por la envidia del Diablo y sus seguidores tienen que sufrirla.

Es decir, puesto que el pecado no venía de Dios, la muerte tampoco podía venir de él. El mal era, según esta nueva concepción judía, una fuerza cósmica; no una transgresión, sino un espíritu de carácter objetivo que más tarde determinaría el desarrollo de la ideología del gnosticismo.

Pero no hemos de perder de vista que Sabiduría fue mucho más que una obra en la que se describía, sin más, el indudable misticismo judeohelenístico del siglo primero antes de nuestra era; de una obra en la que se tendían puentes entre el Uno y la multiplicidad a través del alma platónica inmortal, garantizando la supervivencia eterna del espíritu divino prisionero en la materia a través de la versión judía de la inmortalidad del justo. Esta obra instituyó un esquema teológico directamente influido por el helenismo, que terminó conformando la base del cristianismo en todas sus vertientes ideológicas. Frente a la distancia inconmensurable que separaba al hombre de la divinidad, la Sabiduría suponía, en primer lugar, la recuperación del aspecto inmanente de Dios en la Creación, complementario de su realidad transcendente; que, además, podía resumirse teológicamente en la reaparición del aspecto femenino de la divinidad. Era, en definitiva, la Palabra (Memra) o el Pensamiento (Logos) de Dios, que adquiría realidad ontológica como hipóstasis personificada o modo de manifestarse la divinidad en el mundo.

La Sabiduría es luminosa y eterna, la ven sin dificultad los que la aman, y los que la buscan, la encuentran; ella misma se da a conocer a los que la desean.

El proceso de remitologización a través del que se hizo frente al abismo que separaba al mundo y a Dios vino, en consecuencia, acompañado en el judaísmo por la emergencia de una figura femenina que inicialmente jugó un papel esencial en la promesa de salvación y que abrió nuevas vías soteriológicas en la literatura posterior. Se trataba de la Sabiduría, presentada unas veces como hipóstasis y personificación de la sabiduría de Dios, y otras como una parte (pensamiento) o un modo de la divinidad. Su proceso de sacralización, que venía gestándose desde Proverbios, alcanzó su clímax en la obra homónima; particularmente en los primeros capítulos (6-9), donde encontramos su más alta revelación. El autor la presentaba a través de un conjunto de propiedades, funciones y atributos divinos tales como su participación en la creación del mundo y en el gobierno de las cosas; ejerciendo un particular amor por los hombres, hasta el punto de hacer de ellos profetas y «amigos de Dios». Ella daba a conocer la voluntad divina y conducía a la salvación, y era a través de Israel el modo en que podía darse a conocer al mundo y a sus naciones.

En consecuencia, podemos decir que la figura de Sabiduría (Sophia) era preexistente al mundo, y «principio de las obras de Dios», habiendo sido ella quien había inspirado la armonía (matemática) del cosmos y de la creación. Se trataba de una emanación de la gloria del Omnipotente, un destello de luz eterna y un reflejo de la gloria del Todopoderoso: un resplandor de la inteligencia divina en el mundo que iluminaba los espíritus de los santos. Además, construía un puente entre lo humano y lo divino, al penetrar, por la gracia, en las almas de los justos y los misericordiosos, a quienes garantizaba la bienaventuranza y la vida eterna. Motivos por los que Salomón, según se relataba en el texto, la llevó a vivir a su palacio, ya que con ella pensaba encontrar la inmortalidad.

No hay duda alguna de que la personificación de la Sabiduría (Hokmā) se cuenta entre las creaciones religiosas más significativas del período del Segundo Templo, y de más trascendencia de cara al desarrollo posterior de algunas de las corrientes del judaísmo, como el misticismo judío, el gnosticismo judeocristiano y el cristianismo de la Iglesia. De manera indudable, nos encontramos también ante una obra que, como el Libro de Daniel, marcó un cambio de rumbo y orientación dentro de la tradición cultural y religiosa del judaísmo; formando parte de un entronque de largo alcance que, junto al Eclesiástico, a Proverbios y a cierto platonismo popularizado, nos conducía por igual al Génesis (la Palabra de Dios), al Logos de los filósofos, a las fuentes del zoroastrismo (Spenta Armaiti y Vohu Manah) y a la misma espiritualidad del antiguo Egipto (la Palabra de Ptah en la cosmogonía menfita).

Leer texto con referencias

Páginas 418 a 422 del libro «Sacrificio y drama del Rey Sagrado». © Eliseo Ferrer

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