Todo cambia y todo sigue igual

Me pasa algo natural: cambio de parecer porque siento amor por mi hermano. Así es el modo de obrar de un hombre, siempre que no sea un canalla: acudir siempre a lo que mejor resulta. Eurípides, Ifigenia en Áulide1.

 

. Así es el modo de obrar de un hombre, siempre que no sea un canalla: acudir siempre a lo que mejor resulta. Eurípides, Ifigenia en Áulide1.

No había ninguna razón para ello; pero aun así no pude evitar un cierto mal sabor de boca. Se debía mi leve malestar al hecho de haberme ido a caminar por el monte sin invitar a mi querido vecino de la puerta 33. Este es una persona cabal. Un hombre sensato y comprensible. En ningún momento, pues, me hizo el más mínimo reproche sobre mi silenciosa marcha. Aunque sí se habló de ella.

-Todos, en algún momento de nuestra vida, necesitamos estar solos. Va muy bien oírse a uno mismo de vez en cuando -dijo en tanto descorchaba la botella de vino.

-Dudo de que alguien se oiga a sí mismo. Yo, al menos, no consigo hacerlo más allá de un par de segundos.

-Sí, la mente se parece a la loca de la casa. O a una persona enloquecida dejada a su albur en medio del monte: igual va hacia la derecha que hacia la izquierda. Lo mismo sube que baja. Igual presenta recuerdos que fotogramas de películas. O ideas irrealizables.

-Sea como fuere -le repuse sonriendo- cierto es que, de vez en cuando, estar solo sienta muy bien. Vaya la mente por donde vaya. Creo que una de las formas de domesticar a esta, de hacerla ir por un determinado sendero, es la escritura cuando no la conversación, siempre y cuando preguntas y respuestas tengan su lógica. O sean coherentes.

-De la coherencia de la mente, de su funcionamiento, ya se ocupó hace años James Joyce. ¿Ha leído usted Ulises? En esa novela hay un extenso monólogo interior. Se pone de manifiesto cuanto estamos diciendo.

-Sí, la leí hace muchos años. Alguien me dijo que Joyce, en esa obra, cuestionaba el mundo clásico. Los primeros párrafos de la novela así lo evidencian. Recuerdo que habla del ponto color verde moco, y poco más, la verdad.

-No es una novela fácil de leer. Yo siempre he pensado que es un grito de protesta de Joyce en contra de un mundo incoherente, lunático, errático… Seguramente estoy equivocado; pero con el monólogo trata de descubrir los mecanismo de la mente, y ordenarla, de alguna forma.

-No puedo decirle nada al respecto. Tendría que volver a leer la obra.

-Estaría muy bien montar algunas charlas sobre Ulises. Sí, estaría muy bien. ¿Sabe? Me he acordado de dicha novela porque el otro día, cansado de leer, puse la televisión en marcha. Estuve viendo la primera entrega de una serie… No tuve paciencia para más. Pues cada quince minutos hay una escena de sexo tan inútil como absurda. No sé qué manía tiene el cine últimamente con mostrar escenas, cada vez más explícitas, de cama y jodienda.

-Sí, la verdad es que llega a ser cansino y molesto.

-No considerará usted que soy un puritano, espero.

-No he dicho tal cosa. Creo que tiene razón. Y creo que esas escenas se deben a una total falta de imaginación por parte de los guionistas. ¿Serviría para algo, por ejemplo, ver a Edipo y a Yocasta refocilándose en la cama para potenciar el mito? ¿O a Antígona y a Hemón?

-No serviría para nada. Pero no le extrañe que si el cine mete sus garras en esas obras, verá a Yocasta gozando de Edipo, sin máscaras y sin ropas.

-Lo sé, lo sé. Hace años, en un teatro romano, ya vi a una Antígona subida en lo alto de un monte tal y como Yocasta la trajo al mundo aunque un poco más crecidita. Y la gente aplaudió a rabiar. Fue penoso.

-Ahí está, pues, el quid de la cuestión: es comercial. La película no vale nada, los diálogos son de necios y estúpidos; pero hay escenas subidas de tono, como se dice ahora. No se sugiere nada, tal vez por la más elemental falta de imaginación. Y esas escenas tan estúpidas y explícitas son la clave del éxito.

-Bueno, siempre se tiene la posibilidad de cambiar de canal o de apagar la televisión.

-Es lo que hice, por supuesto. Acordándome también del bueno de don Quijote. En el capítulo que se desarrolla en la Venta de Palomeque, se habla, si recuerdo bien, de las cosas que a cada uno de los lectores les atrae de las novelas de caballerías: Palomeque disfruta con las peleas, golpes y mamporros de los caballeros; Maritornes, la criada, con los besos y los abrazos debajo de los naranjos; la hija con las lamentaciones de los caballeros y las quejas dirigidas a los basiliscos de sus señoras... No recuerdo si hay algo más. Lo malo es que las novelas de caballerías son tan insufribles como estas series tan pretendidamente realistas.

-Veo que ha tenido usted un fin de semana intenso. Ha hecho carne algo que me propuse yo sin conseguirlo: darle la vuelta a las cosas malas. Hacerlas favorables para uno mismo cuando apuntaban todo lo contrario.

-Esto, querido amigo -dijo sonriendo- son pequeñas tonterías. Lo difícil es aplicarlo a los grandes problemas. Aunque tal vez sirva de entrenamiento.

-La vida se nos pasa en entrenamientos. Quizás porque nos trazamos metas que están fuera de nuestro alcance.

-Alguien dijo que al hombre habría que medirlo más por sus ensoñaciones, por sus querencias, que por sus logros.

-Desde luego. De otra forma, estamos todos condenados.

-¿Cómo puede decir eso una buena persona como usted?

-No vuelva a decir eso, por favor -dije casi gritando y poniéndome lívido. Se asustó.

-Perdone -dijo rápidamente- no era mi intención ofenderlo. Ni mucho menos. Lo siento.

-Perdóneme usted a mí. Perdóneme. Pero no me diga eso nunca más. Me hiere. No lo diga. Ni en sueños.

-De acuerdo, de acuerdo. Vale. Tranquilo.

-No voy a decirle -me puse a razonar tal vez para hacerle olvidar mi desaforada reacción- que me conozco a mí mismo. Sí, desde luego, que conozco algunas facetas de mi persona. Sé lo que no soy… Parafraseando a Andrómaca, cando dice que ningún mortal puede ser llamado dichoso hasta haber llegado al Hades2, podría decir yo que nadie se conoce hasta que ha dado su último suspiro. No sé si soy hierro; pero, desde luego, no soy platino…

-Tiene razón -dijo sirviendo otra copa de vino-. Uno nunca termina de conocerse. Mire -comenzó a contarme no sé si para borrar el absurdo de mi reacción- yo de joven era muy tacaño. Nunca invitaba a nadie. Si podía me iba de los sitios sin pagar. Y, a veces, y siento vergüenza al contarlo, llegué a robar libros y libretas. Era también un pésimo estudiante. De hecho suspendí un grupo de la reválida de cuarto de bachillerato. Era muy malo.

-Cuesta creerlo.

-Pues créalo. Hacía eso, y otras cosas peores; pero, pese a todo, no estaba satisfecho conmigo mismo. Un día hicieron eclosión dichas insatisfacciones, y dejé de lado todas esas tonterías que, la verdad, no llevaban a ningún sitio… Una tarde, me iba a la capital a examinarme de ese grupo de la reválida suspendido, cuando me dio por pensar que iba a aprobar, con buena nota además. Para celebrarlo me compré un paquete de tabaco en el kiosco de la estación, fumaba por aquel entonces, de los más caros que había. Encendí un cigarrillo esperando el tren. Y en eso apareció por allí un compañero. No, no iba a examinarse: él lo había aprobado todo. Eso sí: me pidió un cigarrillo. Y para sorpresa mía no se lo negué. No le dije que sólo me había comprado un cigarrillo en el kiosco. Le di fuego además, y le regalé otro para cuando le apeteciera.

-Tal vez estuviera intentado redimirse -dije sonriendo.

-No lo sé. No sé lo que sucedió. Pero no he olvidado nunca aquella “generosidad” mía. A los pocos días, cuando en el instituto me dieron la noticia de que, efectivamente, había aprobado el grupo de reválida, también nos dijeron que aquel chico había tenido un accidente, yendo con un familiar suyo en el coche, y que había muerto.

-A veces la vida es terrible -dije tontamente.

-Recuerdo que desfilamos todos los compañeros delante de su ataúd. Estaba cerrado. Pero se podía ver su cadavérico rostro a través de una pequeña ventana de cristal… Menos mal, le dije una y otra vez, que te invité a fumar la otra tarde. Caso contrario ahora estaría doblemente herido…

-Y esa fue su piedra de toque.

-Sí, el culmen de un proceso que venía gestándose desde hacía algún tiempo. Me hizo cambiar. Pero no siempre he actuado así. Con otras personas no he sido tan generoso. No sé, a veces pienso que tuve la intuición de que nunca más nos volveríamos a ver en esta vida. Inconscientemente quería que se llevara un buen recuerdo de mi persona. ¿Qué piensa usted?

-Sin ánimo de banalizar nada, hacer interpretaciones a toro pasado es muy sencillo. Como sabe, no hace mucho estuve leyendo La interpretación de los sueños, de Apolodoro. Añádale a estas interpretaciones todo cuanto cuenta Elio Arístides de sus sueños, las apariciones de Asclepio, y sus milagrosas curaciones3… Estos tratados son, como decíamos antes, un intento por darle coherencia a lo incoherente. Transformar el monólogo interior del que hablaba usted, en un discurso creíble y coherente. Aunque para ello haya que forzar la lógica, de vez en cuando.

-Es decir, que no se cree nada de Arístides ni de Apolodoro.

-No. No me creo nada. La otra noche, además, soñé que una vieja conocida, ya madurita, conseguía quedarse embarazada después de años y años intentándolo. ¿Cómo interpreto ese sueño? No ha pasado nada de lo visto mientras dormía…

-Quizás -repuso sonriendo en tanto apuraba su copa- hemos perdido algo de contacto con los dioses. O con Dios.

-Es posible. Sí, es muy posible que tenga razón.

-Sigo pensando que aquella tarde, cuando me volví tan generoso, hubo algo mágico, religioso si usted quiere…

-No lo sé. No soy quien para juzgar nada de estas cosas. Es posible que tenga razón. Quién sabe. Y lo siento, pero se ha hecho un poco tarde. Me tengo que ir. Ya quedaremos otro día para cenar. Y me cuenta más cosas de su vida.

-Por supuesto. Gracias por la visita. Y buenas noches.

-Buenas noches.

1Eurípides, Tragedias, Madrid, 2018. Cátedra letras universales. Tomo III, p.346. Traducción de Juan Miguel Labiano.

2Eurípides, Andrómaca, 100.

3Elio Arístides, Discursos sagrados.

UNETE



Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

  • linkedin facebook twitter
  • ©reeditor.com
  • Todos los derechos reservados
  • Avisos Legales