Recuerdo aquel congreso de Astronomía en Tenerife, en el que tuve la sensación de estar viviendo un momento especial de mi vida. Los organizadores habían invitado a grandes figuras de la ciencia para que impartieran conferencias. Por fortuna para mí, llegué algo tarde a la cena y ya no había sitio en las mesas de los aficionados, así que me colocaron en la de los conferenciantes. En ella, entre otros, había un padre jesuita y eminente astrofísico, una joven astrónoma uruguaya y un socarrón especialista del Instituto de Exobiología. Se hablaba del Principio Antrópico, y el sacerdote sostenía que probaba la existencia de Dios.




