El Juego del Calamar por Loli Garrigós

La primera vez que oí hablar de El Juego Del Calamar fue a un grupo de niños de entre 10 y 12 años, unos porque habían ojeado las pantallas de sus padres y otros porque habían visto vídeos en YouTube comentando la serie. En cualquier caso, el público entusiasmado que estaba viendo la serie no me invitó a poner ningún tipo de interés en la misma.

 

. En cualquier caso, el público entusiasmado que estaba viendo la serie no me invitó a poner ningún tipo de interés en la misma.
Un día, me propusieron verla desde otra perspectiva y, de repente, sentí interés. Acabo de terminarla y ahora ya tengo una opinión propia y reflexionada, pues no solo la he visto con las gafas de “espectadora-consumidora de ocio” puestas, sino como observadora de un fenómeno social, psicológico y antropológico.

Para alguien nacida en los ochenta, creo que es fácil sacar una serie de paralelismos curiosos, desde el nostálgico Humor Amarillo, pasando por El Grand Prix del Verano, mezclado con el inagotable Gran Hermano hasta llegar a Los Juegos de Hambre. La combinación de los siempre atractivos juegos infantiles contrastados con (nada más y nada menos) que la muerte, me parece, sencillamente, brutal.

La temática sobre la distinción de clases vuelve a aparecer, como ocurrió dos años antes con la también surcoreana Parásitos. A diferencia de este film de suspense donde la desesperación económica también juega un papel importante, en El juego del calamar añadimos a esa desesperación el matiz del entretenimiento; el entretenimiento concebido a costa de los más vulnerables.

Podríamos desmenuzar la serie muy detenidamente, ya que está llena de simbología muy significativa, o también podríamos hacer una visión global del juego en sí, del por qué y para qué. En primer lugar, podríamos hablar del “juego” (como término genérico) como el propio camino de la vida. Es curioso cómo los primeros capítulos te llevan a pensar que la vida de los concursantes es tan miserable que cualquier cosa es mejor que vivirla. El juego es la gran oportunidad, donde la probabilidad de salir con vida es muy pequeña. Sin embargo, nos muestran los ataúdes con forma de regalo, como la única escapatoria verdadera y liberadora de ese mundo.

Valga comentar la decoración y los colores que aparecen en el escenario del juego en todo momento. Jugadores monitorizados por máquinas recreativas. Hasta el sonido de la hucha gigante que les ponen en el centro es nostálgico, como cuando jugábamos a Mario Bross e íbamos cogiendo monedas a saltitos. Y es que no solo impacta a nivel audio visual, pues esa puesta en escena de la dicotomía juego-muerte también es una forma de entender la superioridad moral de los de arriba con respecto a los ciudadanos de a pie.

Podríamos tratar cualquier tema social actual partiendo de esta temática, pues si algo caracteriza a nuestra sociedad es el sistema capitalista en todo su esplendor. Ya no solo somos personas que consumen productos, sino que ahora también somos el producto en sí. De repente, se han difuminado los límites, pues consumimos productos y personas sin discernir ya en qué parte de la cadena estamos.

Y es que no es ficción el “todo por la pasta”, “todo vale”, “nadie te obliga a nada”. Estamos ante una pérdida generalizada del rumbo que asusta. La falta de valores y la carencia de un sentido vital en la vida nos hace deshumanizarnos como personas y pasar a formar parte del mobiliario de los de arriba, como pasa en la serie. ¿Estamos involucionando de veras?

¿Hasta qué punto nos estamos vendiendo? ¿Dónde están los límites? En nuestra jerarquía personal, ¿en qué lugar posicionamos el dinero?

Qué acertado ha sido en todas las épocas el “divide y vencerás” de la antigua Roma. En un momento de la serie se comenta que todo forma parte del plan cuando hay una gran crisis entre los propios jugadores. Sin duda, es un momento decisivo donde podemos extrapolarlo a la no ficción de nuestras vidas. Mientras haya injusticias en los estratos más llanos, el pueblo concentrará sus preocupaciones en ese plano y no tendrá lugar a mirar a las verdaderas injusticas acometidas desde el control absoluto de las esferas más altas.

Otra gran representación visual de las desigualdades se expresa mediante la apariencia de sus personajes: mientras que los jugadores están numerados y con la cara al descubierto, los otros portan máscaras, pero no máscaras iguales, pues también hay distintos estratos dentro del poder. Me parece formidable cómo se representa esto con las diferentes formas geométricas de las caretas.

Para terminar, me gustaría hablar de la representación del protagonista y su antagonista, número 456 y número 1. La empatía personificada versus el abuso de poder. Parece que hay algo que ambos comparten, y es que todo carece de sentido para ellos. Uno por exceso y otro por defecto. ¿Dónde está la verdadera jerarquía?

Me atrevería decir que, en nuestra sociedad, lo que más acostumbramos a ver es al amigo de la infancia del protagonista, pues parte de unos valores muy nobles y generosos, pero el juego (la vida y su falta de sentido) le va pervirtiendo y despojando de la empatía que originariamente tenía. Y es que cuando el lienzo de esos valores atemporales se va deteriorando con la falta de atención y cuidado, es muy fácil perder el rumbo y ver borroso. Esos borrones son el verdadero riesgo de confundir lo que creemos querer con lo que realmente somos.

UNETE



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