Me enferman los sanos

La tecnología del siglo veintiuno permite mantener con vida a algunas personas que, de otro modo, habríamos muerto a temprana edad. Las enfermedades que antiguamente eran mortales pasaron así a ser crónicas. Aunque parezcamos saludables, los enfermos crónicos no lo somos. Pero aparentemente a la sociedad le cuesta demasiado entenderlo.

 

. Las enfermedades que antiguamente eran mortales pasaron así a ser crónicas. Aunque parezcamos saludables, los enfermos crónicos no lo somos. Pero aparentemente a la sociedad le cuesta demasiado entenderlo.
 

No solo tenemos que soportar los dolores, dificultades, malestares e incomodidades propios de nuestra patología. Además, debemos aguantar la constante falta de empatía por parte de los sanos, sus frecuentes desatinos e incluso muchas veces su egoísmo. No quiero caer en una victimización patética, sino simplemente exponer las situaciones comunes de incomprensión a las que nos vemos expuestos.

 

En primer lugar, se suele olvidar que, si bien se mantiene con vida, el cuerpo del afectado no es igual al de una persona sana. La energía, la rapidez, la coordinación, la fuerza, el estado físico y el equilibrio, entre otros, nunca estarán en su cien por ciento. Teniendo esto en mente, ¿cómo es posible que los sanos nos acusen con tanta frecuencia de ser “ancianos” o “desganados”? Si el cuerpo no permite una fiesta hasta las seis de la mañana, uno es “un abuelo”. Si uno decide hacerle caso al cuerpo que simplemente no soporta una hora más de pie y clama por una noche de sábado tranquila en la casa, uno es “desganado”. Si uno dice no a la tercera cerveza porque sabe que al día siguiente no solo tendrá resaca sino náuseas, mareos y fatiga, uno es “un viejo”. Si uno se excusa de correr los 10K de Nike, Brooks o lo que sea, entonces uno es “flojo”. ¿Por qué tanta maldad?

 

Eso no es todo. La tecnología y los cuidados médicos van acompañados de burocracia, claro. La cantidad de trámites asociados a una enfermedad crónica es simplemente infinita. El tiempo necesario para lidiar con médicos, enfermeros, Isapres (seguros de salud), clínicas, hospitales, organismos del Estado, farmacias y laboratorios, entre otros, supera lo imaginable por cualquier persona sana. Para hacerse una idea, los médicos suelen dar recetas para tres meses. Por su parte, las recetas tienen una validez de dos meses para las Isapres y de un mes para las farmacias. Además, hay que pensar que la caja de un medicamento puede contener los comprimidos necesarios para cuarenta días, la caja de otro para veinticinco y la de otro para siete. Si a eso le sumamos el hecho de que sistemas como el GES solo permite la compra de una caja de cada medicamento a la vez y solo tres días antes de que se acabe y el hecho de que los medicamentos poco comunes suelen tener no tener stock en los locales y pueden demorarse más de una semana en llegar, nos vemos enfrentados a una verdadera pesadilla burocrática viviente que incluye visitas diarias a las farmacias y tours por toda la ciudad mendigando nuevas recetas y persiguiendo medicamentos. ¿Pueden creer que, en medio de esta dramática situación, el enfermo crónico probablemente será tildado de “ingrato”, de “tener poco tiempo para los amigos” o de “estresarse más de la cuenta” por sus pares?

 

Ahora bien, la gente que rodea a estos pacientes no es tan malvada. La mayoría suele preocuparse por sus seres queridos y quiere ayudar. Eso se agradece, sin duda, pero el problema es que no saben cómo hacerlo y a menudo terminan causando el efecto opuesto al deseado. A nadie le gusta vivir en la más completa soledad, es cierto pero, ¿qué les hace pensar que setenta y cuatro llamadas telefónicas en un mismo día son algo deseable o agradable? ¿Qué les hace pensar que tener constantemente a ocho personas dentro de una habitación de hospital ayuda a sentirse mejor? Pues no. El enfermo quiere tranquilidad. Quiere paz. Y, sobre todo, quiere que no le pregunten sesenta y tres veces cómo está. “Es que me preocupo por ti, quiero saber de ti”. Ya, me imagino, pero si realmente te importo entonces haz algo que me beneficie y no que me perjudique. Si no, es egoísmo puro.

 

La paranoia tampoco ayuda a hacernos sentir mejor. “¿Chuta, estás en la clínica? ¿Qué te pasó?” Nada, no me ha pasado nada. Vengo todas las semanas a la clínica. ¿Es tan difícil de entender? “¿No, te hospitalizaron? ¿Cómo te sientes?” Bien. Les informo que uno no se siente mal por haber ingresado a una clínica. La idea es al revés: que uno se sienta bien tras entrar en ella. Los enfermos crónicos no vamos a la clínica porque nos sintamos mal, sino porque es parte de nuestros tratamientos y, por ende, de nuestras vidas.

 

“¡Ay, pero si no se te nota! Estás impecable”. Sí, claro. ¿Acaso los riñones se ven? ¿Los pulmones? Les informo que no, así que por favor traten de evitar esos comentarios tan superfluos. Las opiniones sobre nuestra gordura o delgadez tampoco son bienvenidas. Cuando uno acaba de perder el 10% de su peso en unas pocas horas porque te lo sacó una máquina o acaba de aumentar el 20% de su peso en un par de semanas por los remedios que está tomando, no tiene ganas de escuchar la opinión estética de todo Chile. Uno sabe exactamente cuántos gramos ha subido y cuántos ha bajado, así que lo último que quiere es que lo vengan a joder con eso.

 

En todo caso, esa famosa pregunta de “¿cómo estás?” es una hipocresía mayor, porque es obligatorio contestar que bien. Uno puede estar sintiéndose horrible, con ganas de morir en ese mismo instante, pero siempre tiene que decir que está bien. Porque, si uno llega a decir la verdad, tiene que tragarse una cara de incomodidad mayúscula y una serie de nuevas preguntas que apuntan a encontrar una respuesta satisfactoria a como dé lugar. “Ah, pero luego vas a estar mejor, ¿cierto?” “Bueno, pero todo tiene solución, ¿o no?”. No. Hay cosas que no tienen solución y que nunca van a estar mejor. Sépanlo ya y no hagan preguntas tontas, por favor.

UNETE



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