Reseña "Autorretrato con piano ruso" de Wolf Wondratschek



https://ellibrodurmiente.org/autorretrato-con-piano-ruso-wolf-wondratschek/

 


Reseña realizada por Tati Jurado.

El desafío de esta novela es someter su estructura a la del advenimiento de las emociones y los pensamientos de los personajes. Es decir que el palpito latente que provoca la improvisación intencionada del autor, a través de la intervención de las voces narrativas, manifiesta, de alguna forma, la imposibilidad de trazar un recorrido preciso en el mapa de la existencia. Porque una es lo que es, sí; pero también lo que le dejan ser las pérdidas, las imposiciones, los otros…: todo lo que  nos rodea y que no depende de nuestra voluntad. Y es ese descubrimiento, junto al paso del tiempo, lo que permite ver con otra perspectiva las diferentes secuencias que van componiendo el film de la existencia y que Wolf Wondratscheck retrata con exquisitez en estas páginas.

El narrador principal, un escritor, relata los diferentes encuentros que tiene con Suvorin, un reconocido pianista ruso ya anciano, en una cafetería de Viena. El músico, despojado de cualquier atisbo de vanidad, solitario, instalado en el olvido y consciente de que lo único que le quedan son los recuerdos, repasa con su entrevistador diferentes episodios de su pasado. Un espacio temporal afincado en su memoria, no tanto como un efecto de la nostalgia, sino como forma de recordar y sobre todo de entender su propia existencia y las pérdidas, vinculadas, como no podría ser de otra forma, a la época histórica que le tocó vivir. Una manera de resignificar lo que fue, lo que ya nunca más volverá y, también, todo a lo que sobrevivió.

El recorrido por su infancia en Leningrado, su descubrimiento por el amor a la música, el significado de este amor y su independencia de los aplausos, «Aquel que busca el aplauso no ha entendido nada», y su rechazo por las rutinas protocolizadas socialmente se suman al relato de la censura del Comité Central de Repertorios, del exilio de la Unión Soviética, de su paso por diferentes ciudades y países como músico, del vínculo con los amigos y, en especial y principalmente, con su esposa, para ofrecer al lector el retrato de un hombre que supo resistir y reinventarse para conservar al menos una parcelita de ese territorio dado a llamarse libertad y que tampoco es inmune a la decadencia.

El escritor alemán, con un recorrido literario fecundo, ofrece una novela llena de percepciones subjetivas que trasmite a través del intercambio de las voces narrativas. Pero no usa el diálogo para que intervengan los personajes, sino que estos pasan a ser los narradores de su propia historia. El narrador escritor alterna con el pianista, con la mujer del pianista e incluso con otro músico, amigo de Suvorin. Es decir que en todo momento se vislumbra la percepción de los recuerdos, del sentido de la existencia y de la vida en sí misma a partir de cada uno de los narradores. Y esta relación estrecha que se da entre la visión y lo que se ve le concede al lector la posibilidad de observar desde diferentes miradas. Miradas parciales, sí. ¿Pero acaso no es una insignia de nuestra idiosincrasia la parcialidad? Y, ¿no es este el testimonio que nos permite reafirmar que la individualidad forma parte de un todo?

Esta novela, poseedora de una fuerza expresiva gracias en gran parte a ese intercambio de voces, logra despertar el deseo de saber en el lector, que se descubre inmerso en un juego de espejos que le obliga a reconocerse en algunos de esos pensamientos y esas emociones. Una historia que impele a aceptar esas motivaciones que en la vida cotidiana quedan ocultas, pero no silenciadas. Pues como dice Suvorin: «No puedes silenciar las voces del interior simplemente tapándote los oídos. Eso podría ser aún peor».

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realizada por Tati Jurado.

El desafío de esta novela es someter su estructura a la del advenimiento de las emociones y los pensamientos de los personajes. Es decir que el palpito latente que provoca la improvisación intencionada del autor, a través de la intervención de las voces narrativas, manifiesta, de alguna forma, la imposibilidad de trazar un recorrido preciso en el mapa de la existencia. Porque una es lo que es, sí; pero también lo que le dejan ser las pérdidas, las imposiciones, los otros…: todo lo que  nos rodea y que no depende de nuestra voluntad. Y es ese descubrimiento, junto al paso del tiempo, lo que permite ver con otra perspectiva las diferentes secuencias que van componiendo el film de la existencia y que Wolf Wondratscheck retrata con exquisitez en estas páginas.

El narrador principal, un escritor, relata los diferentes encuentros que tiene con Suvorin, un reconocido pianista ruso ya anciano, en una cafetería de Viena. El músico, despojado de cualquier atisbo de vanidad, solitario, instalado en el olvido y consciente de que lo único que le quedan son los recuerdos, repasa con su entrevistador diferentes episodios de su pasado. Un espacio temporal afincado en su memoria, no tanto como un efecto de la nostalgia, sino como forma de recordar y sobre todo de entender su propia existencia y las pérdidas, vinculadas, como no podría ser de otra forma, a la época histórica que le tocó vivir. Una manera de resignificar lo que fue, lo que ya nunca más volverá y, también, todo a lo que sobrevivió.

El recorrido por su infancia en Leningrado, su descubrimiento por el amor a la música, el significado de este amor y su independencia de los aplausos, «Aquel que busca el aplauso no ha entendido nada», y su rechazo por las rutinas protocolizadas socialmente se suman al relato de la censura del Comité Central de Repertorios, del exilio de la Unión Soviética, de su paso por diferentes ciudades y países como músico, del vínculo con los amigos y, en especial y principalmente, con su esposa, para ofrecer al lector el retrato de un hombre que supo resistir y reinventarse para conservar al menos una parcelita de ese territorio dado a llamarse libertad y que tampoco es inmune a la decadencia.

El escritor alemán, con un recorrido literario fecundo, ofrece una novela llena de percepciones subjetivas que trasmite a través del intercambio de las voces narrativas. Pero no usa el diálogo para que intervengan los personajes, sino que estos pasan a ser los narradores de su propia historia. El narrador escritor alterna con el pianista, con la mujer del pianista e incluso con otro músico, amigo de Suvorin. Es decir que en todo momento se vislumbra la percepción de los recuerdos, del sentido de la existencia y de la vida en sí misma a partir de cada uno de los narradores. Y esta relación estrecha que se da entre la visión y lo que se ve le concede al lector la posibilidad de observar desde diferentes miradas. Miradas parciales, sí. ¿Pero acaso no es una insignia de nuestra idiosincrasia la parcialidad? Y, ¿no es este el testimonio que nos permite reafirmar que la individualidad forma parte de un todo?

Esta novela, poseedora de una fuerza expresiva gracias en gran parte a ese intercambio de voces, logra despertar el deseo de saber en el lector, que se descubre inmerso en un juego de espejos que le obliga a reconocerse en algunos de esos pensamientos y esas emociones. Una historia que impele a aceptar esas motivaciones que en la vida cotidiana quedan ocultas, pero no silenciadas. Pues como dice Suvorin: «No puedes silenciar las voces del interior simplemente tapándote los oídos. Eso podría ser aún peor».

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