¿La experiencia es la madre de la ciencia?



De toda la vida, aunque no sepa bien por qué, he sido muy aficionado a los refranes, hay quienes sostienen que los refranes nacen de la sabiduría popular, no seré quien ponga en duda ese aserto, pero si debo señalar que cada refrán que afirma algo tiene muchísimas posibilidades de enfrentarse a otro que sostenga precisamente lo contrario, nacido también, eso que quede claro, de la mismísima sabiduría popular.

 


Supongo que somos muchos los que, para desesperación de nuestros más próximos, nos apoyamos en estos asertos para escribir o debatir; como ya he dicho existen, curiosamente diría yo, los que reaccionan muy mal ante esa costumbre, hábito que comprendo, pero lo que me llama la atención es que atacan la utilización de un “dicho agudo y sentencioso de uso común”, que es como define la Real Academia de La Lengua a estas frases, con otro refrán, lo que no habla demasiado bien de su coherencia intelectual.

Si uno acude al refranero puede topar con afirmaciones  que defienden la utilización de los refranes tales como “Hombre refranero, medido y certero” que a mí personalmente me satisface,  seguramente será por aquello del ascua y su sardina, no vayan a pensar otra cosa; para que de inmediato alguien le conteste que “Hombre refranero, hombre majadero”  o también “Hombre refranero, hombre puñetero” dicho sea por poner un par de ejemplos sobre la diversidad de opiniones que en torno a un mismo tema se dan en nuestro país, desde los tiempos en que se inventara eso de la sabiduría popular. Esa especie de dualidad me parece lógica, al fin y al cabo el lenguaje es un instrumento vivo que evoluciona al mismo paso que lo hace la sociedad que lo utiliza y ya sabemos que en cuestión de opiniones, nos lo recuerda el dichoso acervo popular, para gustos se hicieron colores.

Está claro que el refranero se nutre de opiniones distintas, pero como hablamos del refranero español tendremos que reconocer que los españoles somos un pueblo más bien bronco, que tiende a la mala uva. No es que seamos mala gente, pero tenemos un pronto de los de alivio y si no que se lo pregunten a los soldados de Murat, aquel 2 de mayo, en Madrid, que la cosa empezó siendo una modestísima algarada, eso sí algo bronca y los gabachos, que no nos debían conocer demasiado bien, se pusieron en plan y allí se organizó la mundial.

Lo del pronto, lo de la mala leche, lo pongo de relieve porque una cosa es sostener lo de hombre refranero, hombre majadero y otra muy distinta es soltar que “hombre refranero, maricón o pilonero”, que no sé qué tendrá que ver la costumbre de utilizar esos dichos agudos y sentenciosos, con las aficiones sexuales del usuario en cuestión. Seguramente el que lanzó la frase por vez primera, como si de una piedra se tratara, lo de pilonero lo añadió por aquello de la rima y además vaya uno a saber que cuentas tendría pendientes el tipo con el refranero en cuestión, que esa es otra.

Y todo este proemio tiene que ver, o a lo peor no, con el título del presente escrito, que, como todos sabemos, es un refrán de los que normalmente se pueden usar sin que nadie se ponga flamenco a cuenta de su contenido. Pero que es una frase, un refrán, un dicho agudo y sentencioso, que a pesar de mi fe y gusto por ese tipo de expresiones hace una temporada se me está atravesando de mala manera.

Voy a intentar explicarme, como probablemente sepan algunos de mis lectores, estoy intentando escribir una segunda novela, me lo propuse en cuanto la Providencia permitió que publicaran mi primer relato, que fue el segundo libro escrito por mí que veía la luz. En ese momento creí que me resultaría más sencillo relatar otra aventura con los mismos protagonistas de mi primera narración, estimé que me iba a evitar mucho trabajo y creía yo ¡bendita ilusión! que teniendo los mismos protagonistas y el mismo escenario, con buscarme una trama apañada lo tenía todo solucionado.

Pero una cosa es lo que uno piensa y habitualmente otra muy distinta la que decide la realidad. Lo cierto es que desde el mes de junio dos refranes no han hecho otra cosa que dar vueltas por mi cabeza, el primero es el que titula la presente entrada que suena en mi cerebro con un tono irónico, porque ciertamente la poca experiencia que pude atesorar a lo largo del proceso de escribir “Al madero no le gusta la ropa vieja” por ahora me está sirviendo de muy poco. La otra frase es esa tan utilizada que reza “la ignorancia es muy atrevida” que es el refrán que estoy aplicando a mi actual situación. Realmente ahora que vuelvo a intentarlo, me doy cuenta del inmenso atrevimiento que supuso el que yo decidiera escribir una novela, claro que, si uno no se consuela es porque no quiere, quizás las pasé igual de canutas durante mi primera experiencia y el tiempo, que todo lo cura, ha dulcificado mi visión.

Pero sea una cosa u otra, lo que me sucede a cada día que pasa es que la experiencia, que debiera ser la madre de la ciencia, me crea un montón de dudas y pienso que lo más probable es que esté aplicando mal el refrán y ahora que sé algo más del oficio de escribir, precisamente por saber algo más de lo que sabía, es por lo que me muevo en un mar de dudas. Al fin y a la postre fue nada más y nada menos que Voltaire, el que dijo aquello, que hoy se me antoja tan sabio, de que “Dudar vale más que estar seguro”.

Así que tras escribir el presente desahogo, creo que pudo afirmar que es muy cierto que la experiencia es la madre de la ciencia, pero que, al menos en mi caso, lo de ciencia no significa que sepa escribir una novela más fácilmente por haber escrito otra. En realidad la ciencia reside en que mi experiencia me ha enseñado a dudar, no en vano dicen los griegos, que por lo visto también tienen refranes, que el que nada duda nada sabe.

Lo dejaremos aquí. Sepan ustedes que me peleo todos los días con mi novela, que corrijo más que escribo, que cada paso de mis protagonistas, cada opinión que emiten, cada decisión que toman o circunstancia en la que se desarrolla su labor, que reflejo en el relato, nacen de unas decisiones muy complicadas, adoptadas después de superar muchísimas dudas. Espero, bueno más que esperar, deseo que cuando haya cogido carrerilla las cosas vayan a mejor.

Hasta aquí hemos llegado, dentro de unos días volveré a comentar cómo va la novela en curso. Espero que si Dios quiere nos veamos por aquí el próximo jueves. Cuídense mucho.

Un abrazo.

Como probablemente sepan la mayoría de ustedes, acaban de publicarme una novela negra que se titula "Al madero no le gusta la ropa vieja", cuyo escenario es Fuerteventura y su capital, Puerto del Rosario. Sus protagonistas, dos guardiaciviles que investigarán un homicidio. Por si estuvieran interesados en adquirir un ejemplar aquí les dejo el enlace que les permitirá hacerlo. ¡Feliz lectura!

AL MADERO NO LE GUSTA LA ROPA VIEJA - MIGUEL RIVES BERNADAS - 9788418822056 (agapea.com)



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¿La experiencia es la madre de la ciencia?


De toda la vida, aunque no sepa bien por qué, he sido muy aficionado a los refranes, hay quienes sostienen que los refranes nacen de la sabiduría popular, no seré quien ponga en duda ese aserto, pero si debo señalar que cada refrán que afirma algo tiene muchísimas posibilidades de enfrentarse a otro que sostenga precisamente lo contrario, nacido también, eso que quede claro, de la mismísima sabiduría popular.

 


Supongo que somos muchos los que, para desesperación de nuestros más próximos, nos apoyamos en estos asertos para escribir o debatir; como ya he dicho existen, curiosamente diría yo, los que reaccionan muy mal ante esa costumbre, hábito que comprendo, pero lo que me llama la atención es que atacan la utilización de un “dicho agudo y sentencioso de uso común”, que es como define la Real Academia de La Lengua a estas frases, con otro refrán, lo que no habla demasiado bien de su coherencia intelectual.

Si uno acude al refranero puede topar con afirmaciones  que defienden la utilización de los refranes tales como “Hombre refranero, medido y certero” que a mí personalmente me satisface,  seguramente será por aquello del ascua y su sardina, no vayan a pensar otra cosa; para que de inmediato alguien le conteste que “Hombre refranero, hombre majadero”  o también “Hombre refranero, hombre puñetero” dicho sea por poner un par de ejemplos sobre la diversidad de opiniones que en torno a un mismo tema se dan en nuestro país, desde los tiempos en que se inventara eso de la sabiduría popular. Esa especie de dualidad me parece lógica, al fin y al cabo el lenguaje es un instrumento vivo que evoluciona al mismo paso que lo hace la sociedad que lo utiliza y ya sabemos que en cuestión de opiniones, nos lo recuerda el dichoso acervo popular, para gustos se hicieron colores.

Está claro que el refranero se nutre de opiniones distintas, pero como hablamos del refranero español tendremos que reconocer que los españoles somos un pueblo más bien bronco, que tiende a la mala uva. No es que seamos mala gente, pero tenemos un pronto de los de alivio y si no que se lo pregunten a los soldados de Murat, aquel 2 de mayo, en Madrid, que la cosa empezó siendo una modestísima algarada, eso sí algo bronca y los gabachos, que no nos debían conocer demasiado bien, se pusieron en plan y allí se organizó la mundial.

Lo del pronto, lo de la mala leche, lo pongo de relieve porque una cosa es sostener lo de hombre refranero, hombre majadero y otra muy distinta es soltar que “hombre refranero, maricón o pilonero”, que no sé qué tendrá que ver la costumbre de utilizar esos dichos agudos y sentenciosos, con las aficiones sexuales del usuario en cuestión. Seguramente el que lanzó la frase por vez primera, como si de una piedra se tratara, lo de pilonero lo añadió por aquello de la rima y además vaya uno a saber que cuentas tendría pendientes el tipo con el refranero en cuestión, que esa es otra.

Y todo este proemio tiene que ver, o a lo peor no, con el título del presente escrito, que, como todos sabemos, es un refrán de los que normalmente se pueden usar sin que nadie se ponga flamenco a cuenta de su contenido. Pero que es una frase, un refrán, un dicho agudo y sentencioso, que a pesar de mi fe y gusto por ese tipo de expresiones hace una temporada se me está atravesando de mala manera.

Voy a intentar explicarme, como probablemente sepan algunos de mis lectores, estoy intentando escribir una segunda novela, me lo propuse en cuanto la Providencia permitió que publicaran mi primer relato, que fue el segundo libro escrito por mí que veía la luz. En ese momento creí que me resultaría más sencillo relatar otra aventura con los mismos protagonistas de mi primera narración, estimé que me iba a evitar mucho trabajo y creía yo ¡bendita ilusión! que teniendo los mismos protagonistas y el mismo escenario, con buscarme una trama apañada lo tenía todo solucionado.

Pero una cosa es lo que uno piensa y habitualmente otra muy distinta la que decide la realidad. Lo cierto es que desde el mes de junio dos refranes no han hecho otra cosa que dar vueltas por mi cabeza, el primero es el que titula la presente entrada que suena en mi cerebro con un tono irónico, porque ciertamente la poca experiencia que pude atesorar a lo largo del proceso de escribir “Al madero no le gusta la ropa vieja” por ahora me está sirviendo de muy poco. La otra frase es esa tan utilizada que reza “la ignorancia es muy atrevida” que es el refrán que estoy aplicando a mi actual situación. Realmente ahora que vuelvo a intentarlo, me doy cuenta del inmenso atrevimiento que supuso el que yo decidiera escribir una novela, claro que, si uno no se consuela es porque no quiere, quizás las pasé igual de canutas durante mi primera experiencia y el tiempo, que todo lo cura, ha dulcificado mi visión.

Pero sea una cosa u otra, lo que me sucede a cada día que pasa es que la experiencia, que debiera ser la madre de la ciencia, me crea un montón de dudas y pienso que lo más probable es que esté aplicando mal el refrán y ahora que sé algo más del oficio de escribir, precisamente por saber algo más de lo que sabía, es por lo que me muevo en un mar de dudas. Al fin y a la postre fue nada más y nada menos que Voltaire, el que dijo aquello, que hoy se me antoja tan sabio, de que “Dudar vale más que estar seguro”.

Así que tras escribir el presente desahogo, creo que pudo afirmar que es muy cierto que la experiencia es la madre de la ciencia, pero que, al menos en mi caso, lo de ciencia no significa que sepa escribir una novela más fácilmente por haber escrito otra. En realidad la ciencia reside en que mi experiencia me ha enseñado a dudar, no en vano dicen los griegos, que por lo visto también tienen refranes, que el que nada duda nada sabe.

Lo dejaremos aquí. Sepan ustedes que me peleo todos los días con mi novela, que corrijo más que escribo, que cada paso de mis protagonistas, cada opinión que emiten, cada decisión que toman o circunstancia en la que se desarrolla su labor, que reflejo en el relato, nacen de unas decisiones muy complicadas, adoptadas después de superar muchísimas dudas. Espero, bueno más que esperar, deseo que cuando haya cogido carrerilla las cosas vayan a mejor.

Hasta aquí hemos llegado, dentro de unos días volveré a comentar cómo va la novela en curso. Espero que si Dios quiere nos veamos por aquí el próximo jueves. Cuídense mucho.

Un abrazo.

Como probablemente sepan la mayoría de ustedes, acaban de publicarme una novela negra que se titula "Al madero no le gusta la ropa vieja", cuyo escenario es Fuerteventura y su capital, Puerto del Rosario. Sus protagonistas, dos guardiaciviles que investigarán un homicidio. Por si estuvieran interesados en adquirir un ejemplar aquí les dejo el enlace que les permitirá hacerlo. ¡Feliz lectura!

AL MADERO NO LE GUSTA LA ROPA VIEJA - MIGUEL RIVES BERNADAS - 9788418822056 (agapea.com)




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