Un pequeño regalo

 

. Así, quienquiera que sienta en sí una ardiente predilección por la felicidad, la sabiduría, la ciencia e incluso la fe debe sentirse irresistiblemente atraído por los libros.

Ricardo de Bury, Filobiblión. Muy hermoso tratado sobre el amor a los libros.

Era yo un niño de pocos años cuando me regalaron aquella estantería. De color azul. Todavía no había tomado la primera comunión. Consistía la toma de la primera comunión en una especie de descafeinado ritual de paso: a partir de ese momento todos los lunes había que saber, en la escuela, cómo iba vestido el cura en la misa del domingo. O lo que dijo en el sermón, o lo que sucedió en cualquier otro momento de la ceremonia. La ignorancia se castigaba con palmetazos, dados con la energía propia de las primeras horas de la mañana. Fallos de memoria, o ausencias, se enjugaban con lágrimas. No siempre, desde luego. Algunos tuvimos la suerte de tropezarnos con un buen maestro.

-Os vi en misa -nos decía sonriendo el lunes, nada más entrar en la escuela-. Pero jugando en la era se estaba mejor. ¿A que si?

Sonreíamos. Y sacando las libretas nos entregábamos a los ejercicios de la mañana: caligrafía, sumas, restas, lectura…

Un día llegó al pueblo el carpintero que me iba a hacer la librería, regalo de mis padres. Era un hombre alto, muy alto, cojo de una pierna y sempiternamente borracho. Sólo cuando trabajaba en la carpintería estaba sereno. Me daba miedo verlo tumbado sobre la lisa plataforma de la sierra. Era esta una enorme rueda dentada situada en un abertura de dicha plataforma. Hacia ella iba a acercando los troncos de los árboles, sin hojas ni ramas, para obtener listones. La sierra, movida por unas largas poleas, hacía un ruido terrible. El peligro y el ruido me molestaban mucho. Cuando la sierra dejaba de funcionar, respiraba tranquilo.

Fui testigo, en mis ratos libres, de cómo se iba haciendo aquella pequeña librería. Me la dio, como he dicho, poco antes de tomar mi primera comunión. No era muy alta. Solo tenía tres estantes de apenas un metro de largo. Bajo el último de estos estantes se abría una plataforma abatible: era la mesa de trabajo. A derecha e izquierda había pequeños cajones con tiradores dorados. Tuvo el carpintero la feliz ocurrencia de poner calcomanías en la puerta abatible de la librería. Eran dibujos infantiles.

Los estantes estuvieron vacíos durante mucho tiempo. El primer libro que acogieron fue uno falso: una hucha de plástico en forma de misal. La parte superior era una lámina, simulando la rugosidad de las hojas, que se cerraba con un pequeño candado. Una ranura, en el centro, permitía dejar caer las monedas. Nunca se llenó. Además, perdí la llave del candado. Terminé, pues, rompiendo el pequeño aro del que pendía éste. Y ya no sirvió para guardar nada. Una inutilidad de falso libro. Lo conservé, no obstante.

Me molestaba ver aquellos estantes vacíos. Así que siempre que llegaba a casa, sacaba mis libretas y la enciclopedia de la cartera, y las ponía en los estantes. Me tranquilizaba un poco ver que el esfuerzo del carpintero servía para algo. Pues a la hora de hacer mis deberes, yo prefería sentarme, frente al balcón, ante la mesa camilla. La mesa de la estantería la utilicé muy poco.

Un día, entre papeles varios, me encontré el libro que utilizó mi maestra para iniciarme en la lectura. No tenía más allá de cuatro u ocho páginas. Letra grande y enormes dibujos, muy geométricos y puntiagudos. No me gustaban. Pero en una de las páginas centrales se contaba, en cuatro palabras y dos párrafos, la buena amistad de Alejando Magno con su caballo Bucéfalo. Aquella historia me gustó tanto que el ligero libro pasó, enseguida, a ocupar un lugar en el primer estante de mi recién estrenada librería. El libro era tan fino y enclenque que no se sostenía de pie. Lo apoyé contra la madera y la hucha de plástico. Se veían brillar las dos grapas de su delgadísimo lomo. Nada más.

Un año o dos antes de la llegada de aquel carpintero cojo al pueblo, tuvimos un invierno gélido y terrible. No por eso dejó de organizarse la cabalgata de los Reyes Magos: venían éstos por la carretera, tres y un heraldo. Pero hacía tanto frío que apenas llegaron al lavadero, frente al convento de las monjas, cuando nos retiramos todos caminando por entre la nieve y el hielo.

Mi madre había puesto una gran olla llena de agua a calentar. La repartió entre varias botellas. Envueltas en trapos las metió en mi cama. Las sábanas se volvieron flexibles y suaves. Apretado contra ellas, me dormí con la esperanza de que los Reyes fueran muy generosos conmigo. Lo fueron. Ni que decir tiene que me desperté pronto. Medio desnudo me fui corriendo hacia la redonda mesa del comedor. Había varias cosas. Una de ellas me llamó poderosamente la atención: era un cuento. No era un libro propiamente dicho. Pues este tenía la forma de un pequeño sastre, sentado en una banqueta, cosiendo algo. La mano derecha, alzada, sostenía la aguja de la que pendía un hilo. El pequeño sastre llevaba unas tijeras de plástico colgando de su cintura. Era la historia del sastrecillo valiente. No sé cuántas veces leí y releí aquel dichoso cuento. Y todavía recuerdo el orgullo con el que deposité el pequeño volumen al lado de los otros dos. La estantería del carpintero empezaba a poblarse. Máxime cuando añadía la gruesa enciclopedia que utilizábamos en la escuela.

En mi pueblo no había librerías. Y en mi casa no había más libros que los descritos arriba. Nadie tampoco, a fin de propiciar mi amor por las letras, me contó ningún cuento. O mejor, fui el frustrado oyente del más frustrante de los cuentos. Recuerdo que una noche de mucho frío me metí en la cama con mis padres. Y le dije a éste que me contara un cuento. Y me lo contó.

-¿Quieres que te cuente el cuento de Billete Billetón? -me preguntó.

-Sí -le respondí lleno de emoción.

-Yo no te he dicho que sí. Te he dicho que si quieres que te cuente el cuento de Billete Billetón.

Volví a dar la misma respuesta. Y obtuve el mismo resultado. Hasta que aburrido de tan necio juego se durmió mi padre dejándome a mí con dos palmos de narices. Las narraciones me vendrían por otra parte y otras personas.

Mi casa era el horno-ultramarinos del pueblo. Estaba abierta desde las dos de la madrugada. A esa hora se levantaba mi padre para amasar el pan. Yo dormía poco. Me encantaba estar sentado al lado de mi padre en la boca del horno. Allí, sobre todo durante aquel crudo invierno, se estaba de maravilla. Y allí, tal vez como compensación por lo del Billete Billetón, callado, sin decir nunca nada, oí infinidad de historias. Contadas por las masoveras de la sierra, los representantes de productos varios, o los raros cómicos que se dejaban caer por el pueblo, más algún que otro vecino con ganas de cháchara.

El carpintero cojo siempre venía a casa por las tardes, cuando mi padre estaba durmiendo, y yo ya había terminado la escuela. Por regla general iba cargado de vino. Mi madre no lo podía ni ver. A mí me gustaba oírlo. Se medio tumbaba en la escalera que llevaba a la vivienda. Y hablaba y hablaba. Sin cesar. Contó que había sido herido en la guerra civil, por eso estaba cojo. Y que, tras finalizar ésta, tuvo que exiliarse a Francia. Vivió en París. Nos contó alguna historia más o menos subida de tono. Nada que ver con las que contaba una de las masoveras, a quien persiguieron los moros por la sierra con intenciones nada honestas. La salvó la ligereza de sus piernas y el conocimiento del terreno. El carpintero decía que su pierna herida era un atractivo heroico y erótico para las señoras parisinas. Eran ellas las que corrían tras él. Mi madre se le reía en las narices. Él no se ofendía. A mí me seguía asombrando que fuera capaz, con las maderas, de hacer librerías. Aunque sólo hizo la mía. Permanecía vacía. A fin de añadir más y más cosas, di yo en escribir. En una libreta nueva, con pluma, tinta y palillero, comencé a recopilar todas las historias que oía al amor de la lumbre. Nunca conseguí terminar la dichosa libreta. Se convirtió, además, en mi primer diccionario. Un día, nunca ni foráneos ni alienígenas dejaban de contar lo que les apetecía aunque estuviera yo delante, alguien dijo que habían visto, en un corral, a fulanito y menganita fascando. Mi padre estalló en carcajadas y refranes un tanto burdos. Yo no entendía nada. Le pregunté qué era fascar temiendo que me volviera a salir con el cuento del Billete Billetón. Pero no, esta vez me dijo que fascar era “hacer gavillas en la era o en el bancal”. No vi que aquello fuera motivo de risa. Así que o me mentían o me ocultaban cosas. Se lo pregunté a mi madre, y me despidió con cajas destempladas. El carpintero me respondió en francés. Aquella palabra se convirtió en la primera incógnita de la estantería. En la libreta la escribí con letras mayúsculas bien grandes.

Pasó mucho tiempo. Pese a ello ni siquiera un estante de aquella librería se llenó. Ni yo fui capaz de continuar las historias en la libreta. Una tarde, sin embargo, era verano y las moscas revoloteaban por doquier, llegó a casa un representante. Creo que era de chocolates Nestlé. Enfrascado en chocar la pelota de los últimos Reyes contra una de las paredes del ayuntamiento, no le presté atención al trajeado representante. No obstante, al cabo de poco tiempo de haber entrado éste en casa, me llamó mi madre. El hombre, por la compra de no sé cuánto género, nos regalaba uno de los dos álbumes que llevaba consigo. Me dio a elegir: uno era sobre la Edad Media y otro sobre la Prehistoria. Me quedé con el primero. Pero él, en un rasgo de generosidad, me regaló los dos.

En cada página se contaba una pequeña historia. Y cada página tenía un recuadro para pegar un cromo. Estos estaban en un sobre aparte. Los pequé todos. El que se me quedó grabado a fuego, junto con su historia, fue el de Leonor de Aquitania. Iba ésta montada en un caballo, saliendo de un castillo. Leonor, a la grupa del caballo, estaba vuelta hacia atrás. Sonreía con afabilidad. Me encantó lo poco que contaban sobre ella.

Aquel álbum lo leí hasta la saciedad. Una y otra vez. Pero tenía un problema: no me cabía en ninguno de los estantes. Lo guardé tras la puerta que servía de mesa de trabajo. Aunque no lo dejaba descansar ni a sol ni a sombra. Se me despertó un enorme interés por Leonor de Aquitania. Leí y releí su historia infinidad de veces. Años después reuniría unos cuantos libros sobre ella.

No me gustó tanto el álbum sobre la Prehistoria. Recuerdo que se contaba, en una de las páginas de éste, que la primera palabra que pronunció el hombre fue “mamá”. Según mis padres lo primero que dije yo fue “pimientos y tomates”. Mis palabras me hicieron desconfiar de las prehistóricas historias. Afortunadamente de Leonor de Aquitania ignoraban hasta su existencia.

Fueron aquellos pequeños libros, por llamarlos de alguna forma, y aquella librería azul, quienes me acompañaron en el exilio, es decir en la emigración. No me gustó nada el lugar en el que fui a parar con mis padres en busca de un futuro mejor. Me convertí, a los diez o doce años, en un completo inadaptado. No hice amistades ni bondad con nadie. Pero todas las cosas tienen su lado positivo: los estantes de la librería comenzaron a llenarse con una rapidez asombrosa. A mis padres les dolía verme con mi sempiterna cara de perro. Sólo me brillaban los ojos cuando me entregaba a la lectura. No me faltaron libros. Luego vino el desastre. Y tuve que releer todo lo leído. Hasta la historia de Bucéfalo en aquel libro tan infantil.

No había vez, sin embargo, que mi padre fuera a la capital que no volviera con un libro para mí. Fue una sorpresa: el señor que no salía del cuento de Billete Billetón no hacía más que regalarme libros. A él le venía justo leer y escribir. Pero iba a una librería de la capital, decía mi edad, y cargaba con lo que le recomendaba el librero. Recuerdo que una vez me trajo un libro titulado Lecturas de oro. Eran cuentos sacados de la Biblia, del Calila e Dimna, y de no sé cuántos sitios más. Aquel librito acrecentó mis deseos de leer más y más.

No cogía el tren: me iba a pie al instituto. Con lo que ahorraba me compraba libros. La estantería del carpintero cojo se quedó inservible. Hacían falta más estantes. Pero la cosa estaba como estaba. Tardaría en tener otro mueble mejor, menos infantil y con más capacidad. Indeleblemente allí se fue marcando el paso del tiempo y mi alejamiento del peligro. Los libros fueron mi consuelo, mis amigos y mi salvación. Sin duda.

UNETE



Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

  • linkedin facebook twitter
  • ©reeditor.com
  • Todos los derechos reservados
  • Avisos Legales