La homosexualidad en la Venezuela machista

El impacto del movimiento Lgbtiq+ ha logrado grandes avances para la libertad y derechos de la comunidad desde hace algunas décadas, sin embargo, numerosas regiones del mundo aún no han sido impactadas de manera profunda por la petición de quienes hoy en día luchan por un mundo igualitario.

 

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Esto trae consigo diversos riesgos para la comunidad, considerando que -lamentablemente- los crímenes de odio se siguen suscitando en países dónde de manera legal la homosexualidad no es vista como algo “raro”. Si esto sucede en estas regiones, las consecuencias en aquellas otras atiborradas de culturas machistas y donde es “preferible tener un hijo malandro que marico”, se multiplican y se reflejan en ofensas como mínimo, y asesinatos, siendo este un acto lamentado, pero que hoy sigue vigente.

Un claro ejemplo de esto es el reciente caso de Samuel Luiz en España, un doloroso crimen de odio envuelto en intolerancia, esa misma que viene amarrada al machismo inculcado por los padres, inclusive desde que el niño se encuentra en el vientre.

En Venezuela, y para entrar en contexto, es común que los padres dirijan su atención de manera minuciosa a aquellos detalles que acompañarán a su bebé y que lo dejen exento del “chalequeo” social, que no es más que una crítica despectiva en donde solo sobreviven dos extremos: el azul y el rosado.

Bien sea por el nombre que lo identificará o por el color de su ropa, una hambrienta sociedad -familiares en su mayoría- estará preparada para emitir prejuicios por si algo no les parece; observaciones que van acompañadas del infaltable “¡Va a ser un futbolista o un gran ingeniero!”.

Ahora bien, para entender este tipo de machismo debemos tener en cuenta que este obedece a esas ínfulas de superioridad y fuerza que representa al “macho hispano”. Se cree que esta heterosexualidad agresiva fue infundada desde la colonización de los españoles en América, donde los llamados misioneros se quejaban ante el Rey por la cantidad de mujeres indias que los conquistadores usaban para su placer sexual.

La mujer en Venezuela, como pareja y madre, está acostumbrada a realizar acciones que, para muchas, ya se trata de algo normal y cotidiano: dar más y mejor comida a los hombres de la casa, separar a los niños de las niñas, atribuirse todos los quehaceres del hogar o creerse menos útil y capaz -profesionalmente- después de haber dado a luz.

Estos podrían ser parte del combustible que mantiene vivo al machismo y que otorga seguridad a sus protagonistas. Es como el niño malcriado y la madre consentidora.

Lo grave de esto es que el machismo es más visible cuando sucede algo condenable por las mayorías y que no se puede cambiar: una violación, un acoso, un acto discriminatorio o un asesinato. Por ello, es común ver esta normalización social que distingue la conducta de los hombres con la de las féminas.

Sin embargo, el hombre también tiene su cuota de responsabilidad con respecto al machismo del que -algunos- se sienten orgullosos. De hecho, estas actitudes machistas son adoptadas por motivos que no siempre converger en un mismo fin.

Machistas de acuerdo con su fin

Existe el machista por naturaleza, aquel que tuvo una familia “ejemplar”, conservadora y donde no hay espacio para lo distinto. Un macho espontáneo que se dedica a labores rudas y no es nada “sifrino”. También está el machista que busca ser distinto de acuerdo con el contexto: ese que llega a un grupo donde hay un gay o varias mujeres y busca comportarse como el más viril, quizás para resaltar o tal vez para no ser distinguido como uno más del montón. Muchas veces este tipo de hombres busca frenar insinuaciones homosexuales que solo figuran en su imaginación.

Por último, tenemos al peor machista de todos, ese que toda su vida se ha hecho el fuerte y nada ni nadie lo hace llorar. Le gusta hacer bullying desde adolescente y -de acuerdo a su educación y/o enseñanza paternal- debe tener más de una novia, hijos regados y, sobre todo, nula tolerancia y respeto hacia lo distinto.

No obstante, este hombre es puramente hipócrita, ya que no soporta la homosexualidad masculina, pero ha deseado toda su vida tener a dos mujeres en su cama y verlas juntas en acción, siendo esta otra afirmación de que en Venezuela y Latinoamérica el odio se dispara hacia los hombres gays y mujeres lesbianas que se oponen a estar con ellos para complacer sus fantasías. Un grupo curiosamente ignorante peligroso, y que le da sentido a aquellos datos que sitúan a Venezuela entre uno de los países que más contenido pornográfico-transexual consume.

El odio de estos hombres hacia los homosexuales tiende a establecer una relación con sus hijos, es decir, en la mayoría de los casos suelen imaginarse si su hijo sería gay y puede que en base a esa repulsión se moldea su conducta de respuesta cuando se les atraviesa una persona con orientación sexual distinta. De allí también que quieran criar de manera estricta en un hogar tóxico donde te cuestionarán por tus ademanes poco masculinos.

Hombre “sifirino” = gay

El grado de intolerancia y machismo en Venezuela se eleva con demostraciones risibles para muchos, pero que se han desarrollado desde el rechazo hacia la comunidad gay. Para los heterosexuales venezolanos es fácil identificar a un homosexual, claro, según ellos. Básicamente su radar se concentra en ver si un hombre tiene modales y se comporta de manera educada, algunos automáticamente pensaran que es gay, otros lo dirán.

Pero esto -se supone- es normal en un país donde figuras del gobierno acuden a insultos sexistas y homófobos para desmeritar a sus contrincantes. Desde el dictador Nicolás Maduro hasta su polémica ministra Iris Varela agreden con peyorativos y con total libertad a sus oponentes, mientras la sociedad fiel al populismo sencillamente aplaude.

En Venezuela te pueden prejuzgar con algo tan insignificante como el tipo de bebida que decidiste tomar en una fiesta o porque no volteaste a ver a la mujer que todos admiraron de forma poco discreta. Esto sin ahondar en los incomodos momentos que viven los adolescentes perseguidos por comentarios de sus compañeros y maestros al no mostrar empatía con alguna disciplina deportiva o, peor aún, por empatizar más con las chicas y decidir permanecer más tiempo con ellas.

En resumen, en Venezuela existe hoy en día una generación condenada por una sociedad estancada que -a su vez- está atrapada en una crisis que envuelve el ánimo social, cultural y económico del país. Estas circunstancias tienen como costo el odio, incomodidades, insultos, robos, discriminación y asesinatos.

Allí hay un grupo que sigue desprotegido, a espera de avances reales y tangibles en materia de diversidad sexual que pongan al país, al menos, a la par de otras naciones de la región y para evitar que su propia gente emita juicios de valor retrógrados y se cuestionen “¿por qué la gente se va del país y de repente se hacen abiertamente maricos?”

Es comprensible que haya personas que no sepan lo que existe más allá de sus fronteras y que solo estén acostumbrados a normalizar y romantizar a un muchachito luciendo una moto de alta cilindrada o a una adolescente embarazada, pero ya es hora de que la sociedad acepte que las realidades personales son distintas y que no por ello se deben denegar derechos. Sí, derecho a ese homosexual a ser libre; derechos a la transexual que desea cambiar su nombre y ser aceptada; derecho a las lesbianas que quieran sentirse en libertad y que no tengan que ser acosadas.

Derechos para todas y todos, porque tolerar no es respetar a los que piensan como tú, tolerar es respetar a aquellos que tienen pensamientos, opiniones y una vida distinta a la tuya.

Algunos datos: 

-De 50 consultados, 84% afirmó haberse sentido criticado o tildado de homsexual por su comportamiento educado y respetuoso.

-De 54 consultados, 88.9% afirmó sentirse atacado por no mostrar empatía por las disciplinas deportivas masculinas en el colegio.

(Encuestas realizadas en mi twitter)

UNETE



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