Troya (Heinrich Schliemann)

TROYA

 

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Polibio, Historias1.

Le dejé a mi vecino el libro sobre Heinrich Schliemann del que estuvimos hablando. Lo titulan autobiografía, pero no fue escrito por él, sino por su mujer Sophia; y, sobre todo, por un colaborador de su marido, Alfred Brückner. Éste transcribe, no obstante, fragmentos de otros libros de Schliemann, y pone algo de su propia cosecha. No por ello deja de ser interesante el libro, pese a ser una apología. Lo leí con cierta prevención. Por otra parte, hacía mucho tiempo que iba tras él. Desde que, en mi juventud, un amigo me prestó varios libros sobre Troya y su ubicación. Al final, al cabo de muchos años, lo conseguí y lo leí. Pero ya no lo hice con la ingenuidad de las primeras lecturas. A mi vecino, por el contrario, le encantó.

-¿No ha ido usted nunca a Troya? -me preguntó embelesado en tanto me lo devolvía.

-No, la verdad es que no. Una vez estuve a punto de ir. Pero, no recuerdo porqué, cuando ya estaba todo preparado, el viaje se desbarató.

-Eso, por desgracia, sucede muy a menudo.

-Además, tengo que confesarle, y quizás esto tampoco sea políticamente correcto, que me costó mucho apreciar las bondades de la Ilíada. La primera vez que la leí pensé que el mundo estaba loco: no entendía cómo aquel fárrago de discursos y más discursos de guerreros podía pasar por una obra maestra de la literatura. Y no le digo nada cuando llegué al famoso catálogo de las naves. Casi me muero.

-Pero la volvió a leer -afirmó sonriendo.

-Sí la volví a leer. Una y otra vez. Tengo un amigo, aun nos vemos de vez en cuando, que es un enamorado de la cultura griega. Un día me pasó un libro sobre el mundo de Odiseo, y otro sobre las excavaciones llevadas a cabo en Troya. Fue entonces cuando tuve noticias por primera vez de Heinrich Schliemann. Y cuando volví a leer la Iliada.

-Un hombre singular, ¿no le parece? Y digno de admiración.

-La verdad es que me ha despertado todas mis sanas envidias. Creo que el libro cuenta muchas fábulas. Ahora bien, me ha llamado la atención, y no sé si es verdad, la enorme facilidad que tenía este hombre para aprender lenguas. Yo llevo toda la vida con dos, y no las conozco ni de lejos.

-Sí -dijo sacando una nueva botella de vino-. A mí también me ha llamado la atención. Y el método que empleaba para estudiarlas.

-En cuanto al método, tengo que decir que estoy totalmente de acuerdo con él. Y gracias a Dios es el que se sigue actualmente. Nada de memorizar las declinaciones o los verbos o los adjetivos… Leer, leer, leer, hablar, escribir, equivocarse todo cuanto se pueda. La gramática ya vendrá después. Al fin y al cabo es así como aprendemos la lengua materna. Y llegamos a dominarla en poco tiempo.

-No sé si dados los planes de estudios se podrá llevar eso a cabo. Es como sacar a los alumnos de las clases y llevarlos a ver rocas o piedras… Mientras predomine el examen sobre el verdadero aprendizaje hay cosas que no se van a poder hacer.

-Está claro. Recuerdo un curso de latín. Nefasto. No aprendí ni una palabra nueva, ni leí nada. Pero no se pude usted imaginar la cantidad de complementos circunstanciales nuevos que descubría en cada absurda traducción. Eran clases de sintaxis. Todo lo cual se lo ahorró el bueno de Heinrich Schliemann. Él fue directamente a los clásicos.

-También le ayudó la fortuna. El amasar tanto dinero como para permitirle dejar los trabajos y dedicarse a estudiar lenguas, y a la arqueología, no se logra sin algo de ayuda.

-Si, sin duda tuvo suerte. Recuerde cuando cuenta el incendio de todos los almacenes de índigo, menos el suyo. Ganó mucho dinero entonces. Pero también tuvo una meta desde bien pequeño. Y luchó por ella. Hasta alcanzarla.

-A mí -dijo sonriendo- este libro también me ha provocado cierta desconfianza. He estado buscando más datos sobre Schliemann. Y si bien todos hablan de él bien, o con cierta condescendencia si quiere, también los hay que lo ponen cual no digan dueñas.

-Si ha leído su biografía con atención, habrá visto que su formación académica fue poca y pobre. Creo que lo podemos definir como un autodidacta. Y eso, en ciertos círculos, no está muy bien visto que digamos. Es el aficionado invadiendo el campo del profesional. Ya que le gusta tanto el cine, puede ver, al respecto, la película La excavación, estrenada hace poco. Hay un problema similar.

-Sí. Es cierto. Y parece ser que el arqueólogo, Basil Brown, también fue autodidacta, y aprendió lenguas, el latín entre ellas, con un método parecido al de Heinrich Schliemann. Y, por supuesto, también tuvo sus enfrentamientos con el arqueólogo oficial, licenciado, universitario y con muchos diplomas.

-Creo, y así me lo han dado a entender, aunque tendría que leer más cosas al respecto, que Schliemann actuó en Troya como un elefante en una cacharrería: iba tras Homero. Desperdició y destrozó todo aquello que no cuadraba con lo que él esperaba. Cosa que no haría un arqueólogo oficial, por llamarlo de alguna forma.

-Sí, tal vez. Pero gracias a él comenzó a cobrar importancia el texto de Homero. Importancia histórica quiero decir. No solamente era ya un poema épico sino también un libro histórico.

-Esa es una cuestión que también me ha generado dudas. Por desgracia no me da tiempo a leerlo todo, ni puedo retener cuanto leo. Además, todas estas cuestiones se van ramificando y creando más y más problemas… A raíz de la lectura del libro de Schliemann, y de alguno más, estuve buscando más material sobre las excavaciones en Troya, o en la colina de Hisarlik, como quiera. Pues bien, uno de esos libros, publicado hace diecinueve años, está agotado. Lo encontré, pese a todo, en una vieja librería. Pero me pedían 150 euros por él.

-Los defensores de la cultura.

-No lo compré, por supuesto. No tiene ni doscientas páginas. Una edición normal y corriente. Me pareció una tomadura de pelo. Me fui a la biblioteca de humanidades con la idea de sacarlo de allí. De camino, pasé por otra librería de viejo. Lo tenían. Me lo vendieron por 15 euros.

-Una diferencia sustancial. Pero sí, es otro tema.

-En dicho libro se habla del olvido de Troya en la Edad Media. No me lo creía. No acababa de ver ese olvido. Troya, con el paso del tiempo, dicen los defensores de Schliemann, pasó a ser un lugar imaginario, como Aquiles, Héctor, Helena y demás. No obstante, y esto los estudiosos de clásicas lo saben, o lo deberían saber, Herodoto afirma que Jerjes, camino de Grecia, “subió a la Pérgamo de Príamo, con el deseo de visitarla”2. Y por supuesto se informó sobre la guerra de Toya. Esa visita pudo pasar, a ojos de sus enemigos, como el inicio de una venganza de los troyanos en contra de los dánaos. El lugar no tenía nada de imaginario. Pero, indudablemente, quedó oculto bajo tierra, como Herculano y Pompeya, y muchas ciudades más.

-¿Leyó Schliemann a Herodoto? No lo recuerdo...

-¿Y leyó a Plutarco y a Arriano? Según este último, Alejandro Magno depositó coronas en la tumba de Aquiles y cambió sus armas por las abandonadas allí3. ¿Usted cree que todo esto no lo conocían los estudiosos de las lenguas clásicas y de la historia en la época de Schliemann? Es impensable.

-Sí, desde luego. Se hace un poco cuesta arriba pensar que se ignoraban esas cosas. O a autores tan importantes como Herodoto.

-Desde luego que no deseo, en ningún momento, rebajar toda la importancia que pueda haber tenido Schliemann. Sea como fuere, creo que con él comenzaron los estudiosos a fijarse no sólo en Troya sino en Micenas y en el pasado. Y gracias a él comenzó a cambiar la visión que teníamos sobre algunas cosas. Creo. Pero no fue Schliemann el primero en comenzar a excavar la colina de Hisarlik. Los terrenos pertenecían al cónsul británico Frank Calvert. Éste ya había comenzado a excavar en 1868, antes de la llegada del autodidacta alemán.

-¿Entonces por qué se levantó tanto revuelo y se creó tanta polémica en contra de sus descubrimientos?

-Porque en ningún momento nadie pudo demostrar que habían descubierto la ciudad de Troya, la homérica. Como sabe usted, aparecieron seis o siete ciudades, ya no recuerdo. Y actualmente, o muchos años después de la muerte de Schliemann, se ha demostrado que la Troya verdadera, la de Homero, es la Troya VI y VIIa contando desde la más profunda. Eso sí, Schliemann descubrió el llamado tesoro de Príamo…

-Que por cierto descansa en Moscú. Es increíble.

-Lo malo de estos libros es que generan mucha tristeza. Por los expolios que ha habido…

-Ya sabe que si quiere ver Grecia, Roma y Egipto tendrá que ir a los museos de Londres, Berlín y Copenhague. Y al de Moscú.

-Ese es otro problema… Mire, yo antes no era partidario de estas cosas. Tampoco ahora lo tengo muy claro. Pero, de alguna forma, hay que preservar la cultura… No sé si en los lugares originales hubieran sobrevivido muchas de estas piezas… Hay un momento en la biografía de Schliemann que me ha llamado mucho la atención. Es cuando cuenta su llegada a la capital de Ítaca, donde lo rodean los campesinos, con el pope a la cabeza, y él les lee el canto XXIV de la Odisea en griego clásico, tal cual, provocando el llanto de todos los oyentes. Homero. La grandeza de Homero4. Si es cierto eso, ¿cómo despreciaban esos campesinos los tesoros que iban apareciendo? ¿Cómo llegaron a ese abandono? Y no sólo los griegos. Habría que ver la cantidad de iglesias y conventos que han sido saqueados y expoliados en nuestro país. Y, desde luego, no vaya usted a ningún sitio pensando que va a reunir a nadie, ni a emocionar a nadie leyendo fragmentos del Cantar de mío Cid, o de santa Teresa de Jesús. Ni en sueños, vamos.

-No sé. Quizás el pobre Schliemann necesitaba reafirmarse de alguna forma. Había trabajado toda su vida por una idea, y necesitaba que se la reconocieran. Lo mismo que le sucedió a Basil Brown: fue él quien inició la excavación de aquella famosa nave, fue él quien la descubrió. Y, sin embargo, la gloria fue, al menos durante un tiempo, para el arqueólogo nacional, que no hizo nada, pero tenía un título universitario. ¿Tan importante es esto?

-Sí, creo que sí que lo es. Schliemann fue un aldabonazo. Pero no se puede entrar en una excavación con una idea fija y desentendiéndose de todo lo demás. Y sí, es admirable su constancia, su facilidad para las lenguas y su empeño en descubrir Troya. No se lo discuto. Pero también fue muy desleal con Frank Calvert, y con todos quienes le precedieron en Hisarlik.

-No se puede negar -me dijo sonriendo- que es usted universitario. Y honesto.

-Mire -le respondí devolviéndole la sonrisa- es incuestionable que la universidad tiene muchos defectos, no se lo discuto. Pero quiera que no amuebla un poquito la cabeza. Cosa que va muy bien. Es imprescindible.

-Pues brindemos por las casas de muebles.

-Por ellas y por Schliemann. Sin olvidar a Basil Brown.

-Y por Troya. Y Calvert.

-Y por Troya. Y la bella Helena.

1Polibio, Historias, Gredos, Madrid, 1991. Traducción de Manuel Balasch Recort. p. 307

2Herodoto, Historia, VII, 43.

3Véase Michael Siebler, La guerra de Troya, Ariel, Barcelona, 2002, p. 30, Arriano, Anábasis de Alejandro Magno, I, 7-12. Y Plutarco, Vidas praralelas, Alejandro Magno-César, XV 7-9

4Heinrich Schliemann, Autobiografía, Editorial Almazura, 2010. p. 34-35

UNETE



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