. Reflejaban cierta amargura
sus palabras, consciente de haberse sentido calumniado y perseguido como
resultado de las envidias e injurias contra él levantadas con anterioridad a la
triste contienda civil española. Con razón Francisco Umbral escribió que
"las guerras son beneficiosas a condición de no hacerlas".
Cuando nos conocimos aún vivía en
el Coto de Solaviña, a pocos kilómetros de Roales de Campos. El tiempo
transcurrido, las circunstancias personales de ambos y los avatares de la vida
hicieron que pasáramos varios años sin vernos, pero sí solía releer su amplia
muestra de cartas manuscritas, con la escritura temblorosa y vacilante, donde
se reflejaba el sufrimiento y las penas de quien se sentía "dolido,
disgustado y afligido". Ni siquiera Jesús Torbado y Manu Leguineche hacen
mención de él en su investigación sobre los llamados "Topos".
Dentro de unos meses se cumplirán
dieciséis años de su defunción. "El topo de Roales", como se le conocía en
la zona, falleció a los 93 años y fue enterrado "sin curas ni
sacristanes". Aunque él nunca me lo dijo, supe por la prensa, con motivo
de su fallecimiento, que algunos años antes había mandado construir su tumba,
con una lápida presidida por una estrella de cinco puntas y la hoz y el
martillo. En la lápida mandó imprimir el auto epitafio que él ideó para su eterno descanso:
"Se intentó despacharme, y
casi atrapado, / me escurrí del fuego y el terror marcial, / lo que fue un
difícil logro inusitado. / ¿Seré en el futuro otra vez calumniado / aún debajo
de este mármol sepulcral?"
En los años anteriores a su
penosa experiencia ejerció como maestro nacional en Valladolid y en una
graduada mixta de Llano de Olmedo. No militó en ningún partido político durante
la Segunda República, tampoco asistió a manifestaciones, ni intervino en actos
vandálicos ni de revuelta. Ello se puso de manifiesto en el momento en que se
vio obligado a abandonar su último escondrijo y, más concretamente, en la
declaración solicitada a las autoridades locales en 1958: "...las
acusaciones vertidas contra él fueron simplemente por envidias y nada más".
Permaneció oculto durante
veintidós años: desde 1936 hasta 1958. Dedicó buena parte de ese tiempo a
escribir poemas sobre las dos guerras (segunda guerra mundial y guerra civil
española) y, con esfuerzo económico propio y sacrificio, pudo ver publicada
parte de su obra a finales de los años ochenta.
Cuando se precipitaron los
acontecimientos en julio del treinta y seis se encontraba en el mismo Coto de
Solaviña, donde tuve ocasión de conocerle en 1986. Nadie supo, durante los
veintidós años que permaneció "enterrado en vida", en qué lugar se
encontraba, excepto sus hermanos. Sólo con ellos tuvo contacto. Tres veces
cambió de lugar: primero estuvo escondido en un pajar, después en un silo y,
por último, en una bodega de diez metros cuadrado de superficie.
Continuamente 'circularon'
comentarios y se hicieron cábalas sobre su posible paradero; incluso, uno de
sus hermanos contribuyó a extender un rumor que llevara a que en el pueblo se
olvidaran de él. El rumor consistió en difundir que había aparecido ahorcado en
una encina.
Durante buena parte de su
obligado cautiverio permaneció informado de sucesos y detenciones por la
lectura atrasada del diario ABC que le hacían llegar sus hermanos. No fue ajeno
a la publicación de diversas amnistías; no obstante, nunca creyó en ellas.
Únicamente se decidió a salir como consecuencia de un fortuito accidente: se
rompió un brazo al caer por unas escaleras y - ante el temor de una posible
gangrena - optó por abandonar en 1958 la que había sido su "sepultura en
vida". No recibió mal trato en ese momento, aunque las autoridades dudaron
entre encarcelarle o no. "Quedamos detenidos todos... hasta que se aclaró
el asunto. El mismo Franco tuvo noticia de mi aparición. Mandaron aquí un
documento con el que no pude quedarme, porque lo trajo el juez. Lo firmé y se
lo llevaron".
Una vez recuperado del brazo
decidió viajar a París con intención de quedarse allí a trabajar. Tuvo ocasión
de entrevistarse con don Félix Gordón Ordáx, que en ese momento era la 'mano
derecha' de Martínez Barrio, al igual que éste lo había sido - en su día - del
líder radical Alejandro Lerroux. Llevaba una carta de recomendación de un
traductor de idiomas del Palacio de Ginebra, pero de nada le sirvió. Todos los
exiliados que conoció en París le dijeron que había equivocado el viaje y que
donde debió dirigirse era a Méjico. Santiago Marcos, el topo de Roales, iba
dispuesto a trabajar en cualquier cosa, pero pronto desconfió de encontrar
trabajo y decidió regresar a España, a pesar de que le aconsejaron que visitara
a Picasso en Marsella antes de volver a Valladolid.
Este maestro nacional apenas pasó
un año en Francia. Regresó a España al ver frustradas sus esperanzas de
trabajar; pero no se incorporó al Cuerpo del Magisterio, al que había
pertenecido hasta 1936. "Si yo fuese médico o veterinario o cualquier otra
profesión...¡ a ejercer y a intentar olvidar !, pero... ¿ maestro? ...¡me
echarían del pueblo!... "
Cuando nos conocimos iba a
cumplir ochenta y cinco años y aún vivía con un hermano dos años mayor que él.
Toda su ilusión era ver publicados sus poemas y, en buena medida, lo consiguió
costeándose la primera parte de "Mi lira canta ¡escucha!". Apenas
salía del Coto y era el escaso vecindario de los caseríos próximos, así como
los pastores que se acercaban con sus rebaños hasta el mismo, quienes le
proporcionaban las pocas necesidades que tenía para su sustento. Su
insignificante pensión, de veinticinco mil pesetas, se vio incrementada en diez
mil más a partir de julio de 1988, como consecuencia de las gestiones que sus
amigos hicimos con el ex ministro socialista de Educación José Mª Maravall. Fue
una de las pocas y míseras compensaciones que recibió, pues, como él mismo
plasmó en una de sus numerosas composiciones: "Hay los que me han
calumniado, / perseguido y arruinado, / y ésta es la cruel verdad, / que me iré
a la eternidad / tras de cornudo, apaleado".
Si bien es verdad que la
tolerancia es la madre de la paz, tal y como manifiesta Filangieri, también es
cierto que la envidia y la mala fe del acusador hace pensar, a veces, que lo
trágico surge a partir de la acumulación de lo insignificante.
Jesús Salamanca
Alonso