La rebeldía y los conatos de independencia en Ecuador nunca dejaron de estar presentes desde la llegada de los hispanos como una forma de rechazo permanente por el atentado ocurrido en 1533 con el asesinato de Atahualpa en Cajamarca. Si al comienzo se quedaron absortos por el tremendo magnicidio y en cierto modo, desmoralizados por lo que vieron y que alguien dijo “anocheció en la mitad del día”, los indígenas no bajaron la guardia jamás. Y así transcurrieron alrededor de 280 años, cuando se intensificaron las atrocidades e injusticias de las autoridades españolas contra sus súbditos, hasta que dando cumplimiento a aquello de que “no hay mal que dure cien años…”, llegó el 10 de agosto de 1809, como el primer intento de una definitiva emancipación. No prosperó, las huestes extranjeras se rearmaron y castigaron la insolencia de pretender la libertad, dando lugar a la matanza del 2 de agosto del año siguiente, algo feroz, no imaginable y terrorífico, incluso en las calles de Quito, causando la muerte de centenares de gentes inocentes y una desquiciada carnicería que ha pasado a los anales de los momentos más tétricos vividos en la histórica capital ecuatoriana.



