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Impresiones desde Irán. Día 2+++: Guardianas de la moral


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01/11/2011


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Había quedado con mi primo en Tajrish, al norte de Teherán. Tenía que coger uno de esos autobuses que recorría la ciudad desde el extremo sur hasta el extremo norte por la Avenida Valiasr (antes se llamaba Pahlavi, el apellido del depuesto Shah de Irán). Mi parada era la última, por lo que no tenía que hacer más que esperar hasta el final. Eso me permitía despreocuparme y disfrutar del viaje, que ya me habían indicado que duraría mas o menos una hora.


            Disfruté de aquel trayecto como un niño, no por la comodidad de mi asiento, del que carecía al principio, ni por las vistas, ya que no veía nada, sino por el buen rato que pasé experimentando cómo funcionaba aquello. Al subir, no cabía dentro y tuve que abrirme paso a empujones, de modo que acabé en la zona reservada al conductor y su ayudante. Me indicaron gentilmente que tenía que pasar al otro lado; acto seguido, el conductor, su ayudante y yo, los tres a la vez, miramos hacia donde se suponía que yo tenía que trasladarme y les pregunté tímidamente: ¿dónde?. Me miraron, se rieron y me invitaron a que me quedase donde estaba. Las mujeres ocupaban la parte posterior del bus y creo que iban bastante más cómodas que los hombres. Un joven solicitó que se dejara la puerta abierta para recibir un poco de ventilación (como si eso que entraba fuera aire, teniendo en cuenta que hay unos niveles de contaminación en Teherán brutales). El conductor lo miró, se echó a reír y le dijo: “¿Tú qué quieres? ¿Que te pague 90 millones [de tumones: un tuman equivale a 10 riales] cuando te hayas caído del autobús en movimiento? Tú me quieres arruinar”. Acto seguido procedió a cerrar las puertas del autobús y emprendió el viaje hasta la otra parada. Los siguientes minutos el chófer nos deleitó con historias y experiencias suyas relacionadas con pequeños accidentes que había tenido y cómo, aunque nunca, según él, hubiera sido por su culpa, había tenido que pagar indemnizaciones y pasar unas cuantas noches en comisaría. Instante en el cual un coche se cruzó delante de nuestro autobús y nuestro conductor tuvo que frenar para evitar una colisión. El chaval que había solicitado que mantuviera las puertas abiertas le espetó: “No se preocupe de nada, si le da, yo le cubro los daños con los 90 millones que me va usted a pagar”, y el conductor, todavía intentando desembarazar el autobús del follón en el que se había metido, le respondió: “Tú te has creído eso de que vales 90 millones, chaval; no vales ni la mitad”, con lo que acabamos todos entre carcajadas.

            Total que el viaje era un cumulo de anécdotas, risas, empujones, unos saliendo para dejar bajar a otros.... En todo ese trasiego de gente, yo finalmente conseguí colocarme en el lado correcto e incluso conseguí sentarme por un momento justo detrás del conductor, en la primera fila, donde quería estar sin perderme ni un momento de aquel “show” que superaba cualquier programa que pudieras ver en la tele. El viaje se me hizo corto. No digo que no habría gente enfadada o agobiada, pero lo estaban tomando con filosofía, digna de un estudio sociológico sobre el comportamiento humano, aunque debo admitir que no quisiera pasar por eso todos los días.

Finalmente llegué a mi destino, pagué el viaje, di las gracias al conductor y a su ayudante, como absolutamente todos los que estaban ahí, y me apeé del bus. Me situé justo delante de una comisaría de policía en espera de la llegada de mi primo y su mujer; y tuve mi primer encuentro con las “hermanas de la revolución”. Aquellas mujeres que se visten estrictamente según los mandamientos y se les ve tan sólo el rostro estaban apostadas en la acera vigilando el cumplimiento del “hejab”. Lo primero que me llamó la atención era lo guapas que eran. Acto seguido pararon a una señorita y le llamaron la atención, ya que aparentemente su vestimento no cumplía estrictamente con lo reglamentado. La señorita, que conocía las normas de la A a la Z, hizo un repaso de todo, desde el pañuelo que llevaba en la cabeza hasta la gabardina que cubría lo que tenía que cubrir sin dejar entrever las líneas del cuerpo; seguidamente hizo un alegato de defensa en plena calle digno de cualquier jurista, sin perder los nervios ni la compostura y con la cabeza bien alta. Las guardianas la dejaron marchar sin más. Lo gracioso es que realmente no cumplía ni por un ápice el espíritu del hejab, iba guapísima, maquillada, vestida elegantemente con colores discretos pero “fashion”, con un aire de rebeldía y desobediencia que quizá en otras circunstancias y en otro país hasta me hubiesen parecido insolentes, pero que en ese preciso momento llegué a respetar y a admirar.

            Subimos en coche a lo que llaman  “Bame Tehran”, es un espacio lúdico, cerca del famoso penitenciaria de Evin, conocido lugar de residencia de unos cuantos presos políticos, tanto durante el actual régimen como durante el reinado del anterior. Primero llegas a la zona de aparcamiento donde obligatoriamente tienes que dejar el coche. Entonces tienes dos posibilidades, subir el resto del camino andando hasta los 2.000 m. de altitud (la ciudad se extiende en torno a los 1.500-1800 m., pero dejaré que lo compruebes tú) o coger el autobús. Nosotros habíamos decidido que íbamos a andar, y así lo hicimos, a pesar del frío que hacía. Tardamos media hora en alcanzar la parte alta. El camino de subida, y también de bajada, es una avenida de aproximadamente 20 metros de ancho, recién asfaltada y en buenas condiciones. En la zona de los aparcamientos había un surtido de tiendas para suministrar todo tipo de comestibles, desde té hasta hamburguesas, perritos calientes, pizzas, etc. Vaya, como cualquier sitio de ocio que se precie. Evidentemente no se servía ni una gota de alcohol, ni falta que hacía. Lo mismo pasaba en la parte de arriba, donde había una gran explanada llena de tiendas y chiringuitos, y jóvenes y más jóvenes y más jóvenes, chicos y chicas disfrutando de la vida. Había un club de “paint ball”, cerrado en ese momento (eso de disparar balas de pintura con pistolas en simulacros de guerra); también una plataforma especial para hacer “puenting”, pistas de tenis, se alquilaban esos chismes que tienen dos ruedas y te pones de pie encima y andan con un pequeño motor eléctrico (no me acuerdo de su nombre) y sobre todo había limpieza, mucha limpieza. Al ver todo esto, toda esa gente que nosotros los que vivimos en Occidente consideramos reprimidas, no pude evitar recordar las escenas de los botellones que tenemos en casa. La basura, las botellas vacías, la suciedad, los chavales bebidos hasta no poder más, las drogas… Y me hizo pensar. Me hizo pensar mucho.

Cenamos pizzas, hamburguesas, alubias calientes con Coca Cola y volvimos a bajar, ya con un frío que atravesaba los huesos. Mi primo y su mujer me dejaron en el hotel sobre las 12 y me fui a la cama enseguida, agotado.



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