El Derecho como herramienta de transformación social

El objetivo primordial del Derecho es reglamentar las relaciones sociales, evitar conflictos y establecer una normativa común imperante -basada en principios lógicos-jurídicos- al interior de una estructura social compleja. Por consiguiente, la relación reglamentaria entre el Derecho y los individuos, indispensablemente debe considerar una serie de hechos sociales. Lo anterior, porque de esta manera se contará con una perspectiva cabal a la hora de analizar los patrones de comportamiento del sujeto que se busca normar. En virtud de ello, si se integran a la reflexión elementos culturales interiorizados por los individuos-dentro de un contexto histórico determinado- se podría crear una normativa más conectada con la realidad y al tanto, de las distintas formas de opresión perpetuadas en las relaciones sociales. Por esta razón, se busca proyectar la idea central del ensayo -añadir una perspectiva sociológica al Derecho- en un problema social latente; la exclusión de las mujeres en la esfera pública. Para comprender este fenómeno que, indirectamente afecta a la disciplina legal, se destacarán dos caracteres culturales arraigados; la estructura social hetero-patriarcal y el valor que se le asigna al género dentro de la sociedad. Considerar estas aristas que se manifiestan en las practicas sociales, es clave para comprender la invisibilización de los problemas femeninos en el ordenamiento jurídico. Así pues, a través del análisis sociológico, se puede identificar el porqué de la exclusión femenina y trabajar por aminorar esta falencia en el Derecho.Es indispensable al analizar las tendencias de los individuos tomar en cuenta la coyuntura socio-política, ya que todo hecho o idea estará ligado a un periodo histórico determinado. En relación a estos parámetros culturales, se desarrollará toda una sociedad deviniendo en personas con valores e ideas similares. Por esto, dimensionar la lógica de repetición consuetudinaria en el transcurso de la historia, se vuelve esencial para comprender a totalidad el sujeto central de estudio. Sin embargo, creo que debemos ir más allá y entender que ciertos fenómenos se materializan en estructuras de opresión trascendentales, tales como; la organización básica común enfocada en una familia hetero-patriarcal y el sistema binario segregador. Desde la estructura más íntima -donde se forma el individuo- se promueven valores culturales heredados y al no cumplirse generan rechazo social. Es una realidad comprobable que la familia es el núcleo encargado de reproducir sujetos, y si ésta se sustenta en valores conservadores basados en la primacía del hombre, el actuar diario de las personas se torna predecible.

 

. Por consiguiente, la relación reglamentaria entre el Derecho y los individuos, indispensablemente debe considerar una serie de hechos sociales. Lo anterior, porque de esta manera se contará con una perspectiva cabal a la hora de analizar los patrones de comportamiento del sujeto que se busca normar. En virtud de ello, si se integran a la reflexión elementos culturales interiorizados por los individuos-dentro de un contexto histórico determinado- se podría crear una normativa más conectada con la realidad y al tanto, de las distintas formas de opresión perpetuadas en las relaciones sociales. Por esta razón, se busca proyectar la idea central del ensayo -añadir una perspectiva sociológica al Derecho- en un problema social latente; la exclusión de las mujeres en la esfera pública. Para comprender este fenómeno que, indirectamente afecta a la disciplina legal, se destacarán dos caracteres culturales arraigados; la estructura social hetero-patriarcal y el valor que se le asigna al género dentro de la sociedad. Considerar estas aristas que se manifiestan en las practicas sociales, es clave para comprender la invisibilización de los problemas femeninos en el ordenamiento jurídico. Así pues, a través del análisis sociológico, se puede identificar el porqué de la exclusión femenina y trabajar por aminorar esta falencia en el Derecho.Es indispensable al analizar las tendencias de los individuos tomar en cuenta la coyuntura socio-política, ya que todo hecho o idea estará ligado a un periodo histórico determinado. En relación a estos parámetros culturales, se desarrollará toda una sociedad deviniendo en personas con valores e ideas similares. Por esto, dimensionar la lógica de repetición consuetudinaria en el transcurso de la historia, se vuelve esencial para comprender a totalidad el sujeto central de estudio. Sin embargo, creo que debemos ir más allá y entender que ciertos fenómenos se materializan en estructuras de opresión trascendentales, tales como; la organización básica común enfocada en una familia hetero-patriarcal y el sistema binario segregador. Desde la estructura más íntima -donde se forma el individuo- se promueven valores culturales heredados y al no cumplirse generan rechazo social. Es una realidad comprobable que la familia es el núcleo encargado de reproducir sujetos, y si ésta se sustenta en valores conservadores basados en la primacía del hombre, el actuar diario de las personas se torna predecible.
No obstante, el núcleo fundamental de la sociedad no sólo se ha encargado de reproducir sujetos, además, ha fomentado los roles de género provocando una total subordinación de la mujer. Este suceso empeora si consideramos que para complementar estas obligaciones “irrefutables”, la sociedad se ha encargado de promover argumentos basados en la biología. De esa manera, se han establecido históricamente tareas obligatorias fundamentadas en un determinismo biológico, que establece una relación desigual entre géneros. En consecuencia, se le exigió a la mujer por siglos ser una madre incondicional, dueña de casa y buena esposa, dejando en segundo plano cualquier otro interés individual. Esta relegación a lo privado, provocó una exclusión de sus necesidades y problemas en el espacio público. Por consiguiente, en las esferas de poder solo se consideró al sujeto tradicional-hombre, blanco, heterosexual y adinerado- desencadenando una normativa totalmente androcéntrica, deficiente y sesgada.

Una interrogativa pertinente para conducir el análisis es; ¿Se tiene constancia de todas las formas de dominación que existen en la sociedad a la hora de configurar el Derecho? La respuesta es no, todo lo contrario, el Derecho refleja posiciones de poder y dominación, las cuales se fundan en prácticas arraigadas en la sociedad[1].

Ahora bien, es menester destacar que el género no solo provoca sus efectos en el hogar, sino que su opresión se extiende mucho más allá e incluso se encuentra permeada en nuestras instituciones públicas. Por esta razón, debemos tener una concepción clara respecto a lo que es el género y así dimensionar su influencia en las acciones exteriores del individuo. El concepto se centra en las características esenciales, sociales y culturales atribuidas a hombres y mujeres, basando la distribución en su sexo anatómico. Al respecto Judith Butler plantea un elemento interesante a considerar; el género puede ser comprendido como una serie repetida de actos que se actualizan según el momento histórico, implicando una asunción por parte del sujeto de algo que afirma su pertenencia al universo masculino o femenino[2]. De esta manera, la noción de género prima en el subconsciente de toda una sociedad, volviendo compleja la erradicación de la imagen femenina en su condición de mujer- madre, en vez de un sujeto político-independiente. Si analizamos críticamente la sociedad contemporánea -considerando el factor de género- comprenderemos que por medio de esta “realidad científica” naturalizada, se ha mantenido una de las formas de opresión más arraigadas en la sociedad; la patriarcal.

Al realizar un breve repaso en la historia de organización femenina fuera del hogar, por ejemplo, en la vida pública, nos encontramos con un hecho preocupante; su incorporación en la política formal se remonta recientemente al Siglo XX, luego de una ardua lucha por la obtención de derechos políticos. Para lograr dicho cometido, las organizaciones de mujeres debieron posicionarse y constituirse como “individuo”, ya que previamente no existía esta consideración respecto a ellas. Sin embargo, una vez incorporadas en las esferas de decisión, se encontraron con un elemento central que imposibilitaba aún más la lucha; los espacios políticos estaban totalmente masculinizados y con una clara sobrerrepresentación de género. Esta realidad imprescindiblemente se vería reflejada en los proyectos y discusiones parlamentarias que se tocarían en cámara, enfocados en solucionar los problemas de un sujeto determinado.

La ciencia del Derecho no se encuentra exenta de estas incidencias culturales y, además, suma el problema de sobrerrepresentación ya que la mayoría de Códigos se remontan a los inicios republicanos, es decir, época en que las mujeres se encontraban totalmente marginadas de la esfera pública. Sin dejar fuera, que tampoco formaban parte del Poder legislativo, quien se encarga de crear la normativa dentro de un Estado de Derecho. Así, se ha entorpecido el deber estatal de crear derechos y garantías que consideren la perspectiva de género. Tal como plantea Kirkwood (1986); “No es suficiente romper los muros del hogar para incorporarse al mundo social y político” (p.56), dejando entrever que la mujer sigue constituyendo un problema dentro de los espacios públicos. Así pues, podemos establecer que la opresión femenina no se resolverá con cuotas de género, sino que con una reestructuración de la base institucional condicionada por elementos culturales.

“La constante no consideración y evasión de las dimensiones que afectan a las mujeres ha precipitado, en diversas situaciones histórico-políticas, un fenómeno similar: la opresión femenina deviene en reacción” (Kirkwood, 1992, p. 43). Esta idea, se ve materializada en la inminente explosión de las reivindicaciones feministas en el año 2018, que provocó una visibilización de sus teorizaciones dentro de una población más concientizada. Por esta razón, la coyuntura actual exige a nuestro sistema sociopolítico una perspectiva más completa y especializada a la hora de abordar los problemas de género, siendo necesario incorporar aspectos sociológicos. De esta manera, se tiene presente la tendencia de dominación que ejerce un género por sobre otro -escapando de análisis jurídicos- volviendo susceptible la creación de políticas inclusivas e integrales. Ahora bien, no está demás decir que esta crítica a una estructura de dominación, presenta desafíos inmensos en la desconstrucción individual y en el actuar del Estado.

El movimiento feminista comprendió dentro de sus análisis, que la mantención de las relaciones de poder-entre dominadores y dominados- ha persistido porque la cultura predominante instaló en nuestras mentes un pensamiento resignado; lo que es, no puede ser de otra manera. Y esta idea se internaliza con mayor facilidad al estar insertas en un mundo ya definido por la masculinidad, donde las ideas feministas se tornan utópicas al plantear-como fin máximo- un cambio global en todo lo conocido como político-social. En ese sentido, el Derecho debe reivindicarse como una herramienta al servicio del bienestar social, y, además, se debe promover en la doctrina nacional la consideración de hechos sociales en los análisis jurídicos. Como ya se dijo anteriormente, este problema no es fácil de abarcar, pero se agiliza el proceso con la consideración de elementos culturales interiorizados-como la noción género- para analizar el comportamiento exterior del individuo.

En forma de síntesis, reafirmo la importancia de incorporar el análisis sociológico en la disciplina jurídica, ya que así se podría crear una normativa más completa e inclusiva. Solo de esta forma, se abordan pertinentemente los conflictos que generan las estructuras de dominación, emanadas de las relaciones sociales. Por consiguiente, los elementos culturales se tornan un factor relevante ya que a través de ellos se moldea a los individuos, transformándolos en sujetos que se comportan y piensan de una manera preestablecida. Sin embargo, se puede terminar con esta condena al cuestionar las verdades irrefutables establecidas por la sociedad. Así, se pueden realizar análisis más críticos y conscientes que aporten en la construcción de un todo, para todos. Ejemplo de esto, es la negativa de las mujeres respecto a la relación jerárquica entre sexos y el determinismo biológico. Una vez confrontada esta realidad inmutable, se pudo llegar a un nuevo camino que no excluyera a la mitad de la población.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] MacKinnon (1987) p.40

[2] Zurolo y Garzillo (2013), p. 808culo
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