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17/08/2020

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Vicente Adelantado Soriano



Sentía [Sócrates] la misma admiración por la habilidad y el buen hacer, dondequiera que los viese, en un zapatero, en un armero o en un campesino. Pero se oponía a la pretensión de que la maestría en un oficio particular capacitase a un hombre para dar un juicio fuera de su propia esfera. La práctica de algunos periódicos modernos, que apoyan su tirada publicando las opiniones de futbolistas famosos, actores o cantantes sobre cuestiones políticas o sociales, le habría parecido perniciosa.

W.K.G, Guthrie, Historia de la filosofía griega. III. Siglo V. Ilustración.





El magnífico y esclarecedor libro de Guthrie se publicó en 1969. De haberlo hecho en fechas posteriores, una entelequia, hubiese podido hablar de toreros que dejan los trajes de luces, y las dichas luces, y se visten de sanitarios. O de presentadores de televisión y cantantes que, por ciencia infusa, que es la mejor de las ciencias, saben de todo y entienden de todo. Y con tanto desparpajo como carencia de sentido común, dan soluciones para todo: pandemias, enfermedades, paro, cierre de fábricas y lo que se tercie. Y aunque parezca mentira, hay personas que los toman en serio. Pese a que eso mismo sea un indicio para hacer todo lo contrario.

Vaya por delante que no me gusta nada llevar la mascarilla. Como tampoco me gusta nada ir al dentista. Y una y otra vez, debido al coronavirus, he estado leyendo entrevistas, artículos, y hablando con gente entendida. Buscaba que alguien me negara los beneficios de ir enmascarado para prevenir el contagio. La última excusa que puse, una necedad, me la tumbó una sobrina mía, a la que le doblo la edad:

-Esa sensación de ahogo que dices -me replicó- es falsa: los médicos van todo el día con la mascarilla puesta, y nadie se ha muerto por eso.

Me obligó a ponerme la mascarilla cuando subimos al ascensor. Y yo me dí cuenta de que me estaba convirtiendo en un abuelo cascarrabias. Y sí, está muy bien ser crítico con muchas cosas. Pero hay otras que, como mínimo, se deben discutir, y acatar.

-Al fin y al cabo- concluyó esta chica en el ascensor- no vas a coger ninguna enfermedad por llevar la mascarilla. Todo lo contrario.

Me pareció el de mi sobrina un apunte lúcido y digno de tenerse en cuenta. Lo acaté. Coincidió la visita de ella con una serie de mensajes que me llegaron a través del móvil. He dicho infinidad de veces, y en múltiples ocasiones, que no me envíen nada, mediante estos aparatos, que no sean invitaciones para comer o cenar o tomar una cerveza. Pero hay personas que no es que no se enteren, sino que me utilizan para saber si el mensaje, el que les han enviado a ellas, y que me reenvían a mí, es auténtico o no. Es bueno ser útil para algo.

Comenzó la fiesta con un pretendido texto de don Miguel de Cervantes sacado, pretendidamente, de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. No hacía falta ser muy sagaz para percatarse de que aquella parrafada no era de don Miguel: ni el estilo era suyo, ni lo que se le atribuía lo podía haber dicho él jamás en la vida. Cervantes podría estar de acuerdo o en desacuerdo con la monarquía y los piratas, pero él vivió y escribió en el siglo XVII. Y se hubiera cuidado muy mucho de criticar al monarca en tan gloriosos momentos. Algo así como en la España de 1980 con el otro rey, ningún periodista levantó la voz, aunque este último no contó con los buenos oficios de la Santa Inquisición ni de la Santa Hermandad. No obstante, siempre hay métodos, tan santos como viejos, para volver afónico al mismísimo Demóstenes1.

A la parrafada atribuida a don Miguel de Cervantes, siguió otra, muchísimo más larga y engorrosa. Era de un pretendido científico norteamericano, de ilustre apellido de políticos, en contra de la vacuna del coronavirus. Vacuna que todavía no había sido lanzada. No sé nada de vacunas ni de medicina. Pero la lectura de aquellas parrafadas tan obtusas, tan pretendidamente científicas, tuvo la virtud, no todo en esta vida son magdalenas, de despertar en mí un viejo y dormido recuerdo.

Siendo un crío de poco más de diez años me aficioné a jugar al billar. Muy cerca de mi casa había un casino, Educación y Descanso se llamaba. Allí algunos vecinos del pueblo, tras el consabido chiste de algo de descanso y poca educación, acudían a leer la prensa y a tomar algún que otro café. Jugar al billar era gratis. Y yo, con una dedicación apasionada, luchaba por hacer carambolas y más carambolas tarde tras tarde. Billar a tres bandas. Estaba estudiando una jugada, con el taco entre las manos, cuando unas voces, más altas de lo usual, me distrajeron. Mi maestro estaba discutiendo con un vecino. Este gritaba y levantaba la voz de forma un tanto desaforada. El otro se mantenía tranquilo. Al final, dejé el taco y me acerqué a ellos. Se decidió, en mi presencia, apostarse un café, y consultar el periódico en cuestión para ver quién de los dos tenía razón. La disputa vino originada porque el vecino le dijo al maestro que un hórreo había chocado contra un camión. En Galicia. El maestro lo corrigió.

-Será un camión el que ha chocado contra un hórreo -dijo sonriendo.

El vecino se molestó por la corrección y por la sonrisa. Levantó la voz, discutió, y perdió la apuesta. Recuerdo que el maestro se quedó mirándome y sonriendo. Tras la taza de humeante café me dijo:

-Asegúrate de lo que dices antes de hacer cualquier afirmación. Y más-añadió sonriendo- si hay una apuesta por el medio.

No me gustaba aquel maestro. No sé porqué, pero nunca me gustó. No obstante, tengo que reconocer, como escribe Cervantes “que no hay libro tan malo -dijo el bachiller- que no tenga algo bueno”2. Y por cierto, esta frase no es original de don Miguel de Cervantes. Plinio el Joven dice que la utilizaba mucho su tío, Plinio el Viejo3. Dejando a Plinios y a Cervantes de lado, los tres tienen razón: no hay maestro tan malo, o antipático, que no enseñe algo bueno. Así que cuando me enviaron aquella larga parrafada, en contra de la vacuna del coronavirus, firmada por un supuesto virólogo norteamericano, me acordé de mi viejo maestro, del hórreo y del café. Sonreí.

No me puse a discutir, por lo tanto, ni a través del móvil ni de viva voz. ¿Cómo discutir de algo que se ignora? ¿Es bueno vacunarse, no lo es? A mí me vacunaron. Toda mi familia ha sido vacunada hasta contra la necedad, pues quien más y quien menos tiene una más que respetable biblioteca. Libros leídos y subrayados en su gran parte. Concluí por lo tanto, diciendo que yo iba a hacer lo que me recomendara la joven doctora que me ha tocado en suerte en la Seguridad Social. Y esta, lo sé, me va a decir que me vacune. Y va a insistir en que lleve mascarilla. Ya sé que se puede equivocar. Todos estamos expuestos a eso. Pero ella la avalan muchos médicos y universidades. Habla, en consecuencia, con conocimiento de causa, no por moderneces o por llamar la atención. No lo necesita.

Me sabe muy mal citar conversaciones o libros, y no dar las oportunas referencias, cosa que no hacen los que envían mensajes por el móvil. En este caso me falla la memoria. No lo recuerdo. No sé dónde leí que, hace muchos años, hubo una reunión de escritores en Valencia. Parece que reunieron Valle-Inclán, Blasco Ibáñez, Pardo Bazán, Pérez Galdós, y no sé quién más. En un momento de la conversación, Blasco Ibéñez se definió como republicano. Y cuentan que Valle-Inclán entonces cayó en la cuenta de que, siendo él también republicano, en algo se había equivocado. Y en estas estábamos cuando me entero, por la prensa, que se va a convocar una manifestación en contra de la obligatoriedad de llevar mascarilla. Me ha pasado como cuentan que le pasó a Valle-Inclán: por la calidad y el saber de la gente que convoca dicha manifestación, reconozco que en algo me he equivocado. Y que debe de ser bueno vacunarse y llevar la dichosa mascarilla. Por mucho que me moleste. Tanto como ir al dentista.

Sé que es inútil. Y por eso mismo, me gustaría defender el estudio no ya de las lenguas clásicas, sino también de la filosofía. No estaría nada mal que los estudiantes, sea de la rama que fueren, leyesen algo de Sócrates, y aprendiesen que la democracia quiere decir que todos los votos valen lo mismo, no que todos sepamos de todo y podamos hablar de cualquier cosa por muy buenos que seamos en nuestros menesteres. En este momento, también podría intervenir el señor Sancho Panza, y resumirlo todo en uno de esos refranes, que tanto le gustaban: “zapatero, a tus zapatos”. Vale.









1Plutarco, Vidas paralelas, Demóstenes, XXV. Vidas de los diez oradores, Demóstenes, 848 b.



2Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, segunda parte, capítulo tercero.



3Plinio el Joven, Epistolario, libro III, 5, 10.





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