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De "La primera noche" a "Alma de Héroe". Un recorrido por nuestra decadencia.


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21/07/2020


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Un paralelo entre dos películas colombianas que demuestra la decadencia del discurso critico en el cine.






Hoy, 20 de julio, mientras observaba volar los aviones que las FF.MM   presumían en los cielos, pensé en la cantidad de dinero que cuesta poner en funcionamiento un avión de estos, alrededor de 3.500 dólares por hora. Este dinero resultaría de mucha utilidad para un gran número de familias que sufren las inclemencias de la pandemia. Sin embargo, lo que me mueve a escribir este articulo  es la presunción de las FF. MM en un mundo que conozco un poco más, el cine.

 En 2019 se estrenó en Colombia una producción colombiana que se destacó por ser una publicidad, de más de dos horas, del ejercito nacional. La “película” se llamaba Alma de Héroe, una película de Orlando Pardo, allí se intentaba narrar de manera simplona y con artilugios heredados de la telenovela, una historia de amor en medio de la guerra. Según publicaciones periodísticas de la época, la película se destacaba por “su parte cinematográfica donde se destacan sus escenas de acción de alto nivel, incluyendo un enfrentamiento militar con una duración de casi seis minutos, con toda la tecnología en efectos especiales y otros elementos necesarios para ser comparada perfectamente con los estándares internacionales de producción”. Todo un logro para el cine nacional (guiño, guiño).

 Cuando vi esta película se me vino a la mente el recuerdo de “La primera noche”, un film de Luis Alberto Restrepo que se estrenó en el año 2004. En mi cabeza se dibujó de inmediato un esquema comparativo entre estas dos películas que, desde mi perspectiva, da cuenta del retroceso que nuestra nación ha tenido durante más de una década en la tarea de reconstruir su memoria, observar críticamente la responsabilidad de cada uno de los actores del conflicto y expresar a través de nuestras narraciones (cinematográficas o teatrales) un punto de vista que nos permita entender y resignificar los largos años de guerra interna.

 Alma de héroe hace del conflicto armado un asunto superficial, light y de consumo rápido; empezando con su dirección de fotografía empastelada y cosmética que nos recuerda una telenovela, sus secuencias de acción intentan fallidamente conmover con las muertes de los soldados combatientes, pero su verdadero resultado es hacer de la muerte un espectáculo que, para los realizadores, debe disfrutarse con cámaras lentas y planos detallados de las balas entrando y saliendo de los cuerpos que caen “heroicamente” al suelo con pose de víctima y mártir patriótico. Los actores que le dan vida a los personajes son galanes, hombres bellos y blancos que con su virilidad pretenden representar los valores que la institución quiere proclamar. La anécdota raya nuevamente en lo televisivo, una joven de clase media-alta diagnosticada con cáncer que pierde a su hermano en un secuestro y además sufre porque no sabe si el teniente que la pretende la ama de verdad o no. ¿En serio esta es, entre todas las posibles historias de amor alrededor del conflicto, una que deba ser retratada? ¿Y más en un país donde cientos de voces expresivas quedan en silencio por no tener los recursos suficientes para que sus historias lleguen al cine?

 En la primera noche también hay un ejercito que, en medio de una intervención paramilitar, decide no intervenir porque las víctimas son solamente campesinos aliados de la guerrilla. En la película también hay un enfrentamiento con un bando opositor (se presume que sean guerrilleros), en el que muere un soldado. Pero en  este caso, la forma hace la diferencia. La construcción de la imagen nos transmite constantemente la crudeza de la tragedia que estamos viendo. La película no pretende tomar partido por ningún bando, tan solo es un espectador omnipresente que nos muestra la situación y nos permite a los espectadores reflexionar y cuestionarnos la barbarie.

 Pero la culpa no es de los productores y realizadores de Alma de Héroe que, me imagino, se dejaron deslumbrar por la posibilidad de tener helicópteros y utilería de primera mano para contar su historia. En su posición, quizá hubiera pecado de igual manera. El siglo XXI nos ha atropellado con toda la fuerza de la economía de mercado y si sumamos el poder popular que las redes sociales le han brindado a los modelos aspiracionales que dicha economía enarbola, tenemos como resultado gran parte de los planteamientos estéticos que los “mass media” privilegian en el cine, la televisión y los nuevos medios de consumo de contenidos. Y como esto es un circulo que se retroalimenta continuamente, la constante exposición a estos contenidos hace que los nuevos creadores le apuesten a lo mismo en su afán de conquistar al público y ganar reconocimiento entre sus pares.

 El resultado de este fenómeno es que la mirada critica decae y las obras cinematográficas se convierten en un somnífero conmovedor que nos distrae de la verdadera reflexión que el arte, en cualquiera de sus expresiones, tiene la oportunidad de despertar. Y desde luego, sin ejercicio reflexivo no hay posibilidad de disfrute estético, por lo que cualquier babosada nos parece “buena” o “interesante”.

 Estos procesos de empobrecimiento reflexivo e intelectual se extrapolan a todos los escenarios sociales y se convierten en fenómenos  que son capaces de poner en la presidencia de una Nación a un coach  motivacional que, para no aceptar el fracaso de sus decisiones, nos pide que nos concentremos en actuar y no encontrar “culpables”. En otras palabras: que lo dejemos trabajar sin reflexionar sobre su trabajo.

 Bajo esta atmósfera conmemoramos hoy nuestro día de independencia, una fecha publicitaria más que como el resto de festividades contemporáneas, busca enterrar las ideas y el clima social que permitieron gestar cambios en el pasado.



Etiquetas:   Cine   ·   Independencia

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