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En el centenario de don Benito Pétez Galdós. Nazarín III (conclusión)


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05/07/2020

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Vicente Adelantado Soriano





TRES





NAZARÍN









IV





Don Nazario Zaharín o Zajarín





Nazarín se puede considerar perfectamente como una hagiografía o como novela de género. Don Nazario nos es presentado, desde las primeras páginas, como un trasunto de san Francisco de Asís o del propio Jesús. Sus actuaciones en nada difieren de las actuaciones de estos dos. Y como estos dos se va a ver sometido a distintas pruebas, que va a superar sin ninguna dificultad. Sin duda porque lo que dice, piensa y cree, es consustancial a él mismo; no es una doctrina aprendida y que se debe seguir al pie de la letra. Por eso mismo todo él está lleno de humanismo y de humanidad. En ningún momento con don Nazario nos vamos a tropezar con las prédicas absurdas, faltas del más mínimo tacto, de la más mínima de las caridades, como las de la tía de Gloria en la novela del mismo nombre. Tampoco a Nazarín le interesa mucho la discusión intelectual. Prefiere el silencio, la acción directa. Así se lo dice al alcalde, nueva versión de Poncio Pilatos, en la prisión cuando este se empeña en llevarlo a su terreno, en hacerle ver que el misticismo desaparecerá con la aparición de los bancos agrícolas y de las universidades:

Señor mío, habla usted un lenguaje que no entiendo. El que hablo yo, tampoco es para usted comprensible, al menos por ahora. Callémonos.”1

Ya en las primeras páginas, cuando el narrador y el periodista lo someten a un interrogatorio, deja bien claro que no busca convencer a nadie de nada. El narrador no está de acuerdo, a don Nazario le acaban de robar, en que, como defiende este, tome las cosas el primero que las necesita, pues es muy difícil saber quién es ese primero. Don Nazario le responde:

Si mira usted las cosas desde el punto de vista en que ahora estamos, claro que parece absurdo; pero hay que colocarse en las alturas, señor mío, para ver bien desde ellas. Desde abajo, rodeados de tantos artificios, nada vemos. En fin, como no trato de convencer a nadie, no sigo, y ustedes me dispensarán que...”2

No, don Nazario no predica: trata de vivir lo que siente; y emprende, con alegría franciscana, el único camino que le dejan libre, el de la mendicidad. Le han robado, le han quemado la casa, y en ninguna parroquia le proporcionan misas. Don Nazario no tiene una habitación donde dejarse caer, y no quiere convertirse en una carga para sus pocos amigos. Es preferible la mendicidad. “La limosa no envilece al que la recibe ni en nada vulnera su dignidad.”3 En Nazarín se han hecho carne parte de los consejos que don Narciso Vidaurre da al joven Fernando Calpena: “Advierte que es preferible pedir una limosna que cargarte de obligaciones.”4

Y don Nazario, sin más obligaciones que las de su conciencia, se lanza a los caminos, pues no tiene otra cosa que hacer. Inmediatamente será seguido por Ándara, la incendiaria de su casa. Don Nazario trata de alejarla de sí, aunque no se esfuerza mucho en ello. A esta le seguirá otra discípula, que ha visto cómo don Nazario hace el “milagro” de devolver la salud a una pobre niña moribunda. En ningún momento admite el sacerdote que esa cura sea debida a un milagro hecho por él. Tampoco se les ocurre pensar que la niebla que cubre las ruinas del castillo, donde pernoctan, impidiendo la subida al mismo del antiguo amante de Beatriz, con intenciones nada santas, sea un milagro. En esta obra de don Benito sucede todo cuando tiene que suceder con una pasmosa naturalidad.

Con esa naturalidad se meten los tres en los dominios de don Pedro de Belmonte, un señor feudal tan fiero como intratable, y con un cierto aroma de los duques quijotescos. Don Pedro, sin embargo, recibe muy bien a Nazarín, no se sabe si porque se siente atraído por él o porque, un loco más, lo confunde con el obispo armenio que trata de unificar las dos iglesias.5 Sea como fuere mantienen una conversación sobre el estado actual de la conciencia humana. En dicha conversación, don Nazario va a desplegar una sabiduría que va más allá del mero misticismo, y que ya responde a lo que, en la prisión, le planteará, tan absurdamente, el alcalde. Sus opiniones tienen, hoy en día, total vigencia:

La ciencia no resuelve ninguna cuestión de trascendencia en los problemas de nuestro origen y destino, y sus peregrinas aplicaciones en el orden material tampoco dan el resultado que se creía.”6

Tampoco la filosofía va a salir muy bien parada de los labios de don Nazario: “La filosofía es, en suma, un juego de conceptos y palabras, tras el cual está el vacío, y los filósofos son el aire seco que sofoca y desalienta a la Humanidad en su áspero camino.”7

A quien más palabras va a dedicar don Nazario, sin embargo, es a los políticos. Dice ante don Pedro de Belmonte lo mismo que Galdós nos repetirá, con variaciones, a lo largo de su obra:

Conquistados tantísimos derechos, los pueblos tienen la misma hambre que antes tenían. Mucho progreso político y poco pan. Mucho adelanto material y cada día menos trabajo y una infinidad de manos desocupadas. De la política no esperemos ya nada bueno, pues dio de sí lo que tenía que dar. Bastante nos ha mareado a todos, tirios y troyanos, con sus querellas públicas y domésticas. Métanse en su casa los políticos, que nada han de traer provechoso a la Humanidad; basta de discursos vanos, de fórmulas ridículas, y del funestísimo encumbramiento de las nulidades a medianías, y de las medianías a notabilidades, y de las notabilidades a grandes hombres.”8

Para tener una visión completa de lo que don Nazario opina de la sociedad hay que recordar lo que ha dicho, al inicio de la novela, al narrador y al periodista. Hablan de diversas cosas, de la Justicia entre ellas; de esa Justicia que, según el narrador, se debería ocupar de los ladrones: “Dudo que haya tales cosas [leyes y Tribunales]; dudo que amparen al débil contra el fuerte”9 dice don Nazario.

Con la ciencia incapaz de resolver los problemas del hombre, con la filosofía convertida en palabras secas, con la política que no ofrece ninguna alternativa, y una Justicia vendida al mejor postor, no queda más esperanza, pues, que la cepa religiosa. Un san Francisco de Asís, dice don Pedro de Belmonte “que conduzca a la Humanidad hasta el límite de sus sufrimientos, antes de que la desesperación le arrastre al cataclismo.”10 Ese líder, como piensa Fajardo, como hemos visto anteriormente, será un Papa. Ahora bien, como dice don Nazario, para ese liderazgo “Se necesitan ejemplos, no fraseología gastada.”11

Don Nazario, tal vez sin pretenderlo, sencillamente porque es así, se convertirá en parte de ese ejemplo. “Hablo en voz baja y familiarmente con los que quieren escucharme, y les digo lo que pienso.”12 Y, por supuesto, hace lo que pocas personas se atreven a hacer: ayudar a quien lo necesita. Y sin degradar, insultar ni exaltar a nadie, ni haciendo largas prédicas. Estamos en los antípodas de toda la farragosa y vacía fraseología de Gloria.

V





Con los desahuciados





Si san Francisco de Asís tuvo su cueva de leprosos, el padre Nazario, y sus dos discípulas, tendrán sus dos pueblos con su correspondiente epidemia de viruela. El padre Nazario no se lo piensa: se lanza a ayudar a quien necesita ayuda sin reparar en contagios, enfermedad o muerte. Son las dos mujeres quienes dudan. El padre Nazarín las anima:

Vamos tras el dolor para aplicarle consuelo, y cuando se anda entre dolores, algo se ha de pegar. No corremos en busca de placeres y regocijos, sino en busca de miserias y lástimas.”13

Hasta ese momento no han tenido ninguna prueba que superar. Es cierto que comen lo que pueden, lo que les dan, y duermen en cabañas sin más mantas que su piel, pero también es cierto que no han tenido que superar ninguna prueba. Y allá por donde van, las personas se muestran generosas con ellos. Aquello no acaba de agradar al andariego cura:

Pensaba Nazarín que iban demasiado bien aquellas penitencias para ser tales penitencias, pues desde que salió de Madrid llovían sobre él las bienandanzas.”14

No obstante, no se engaña: sabe que más tarde o más temprano llegarán las pruebas. Se lo advierte a Beatriz y a Ándara cuando les explica que van tras el dolor. Así concluye su razonamiento:

Ya comprenderéis que esto no puede continuar así. O el mundo deja de ser lo que es, o hemos de encontrar pronto males gravísimos, contratiempos, calamidades, abstinencias y crueldades de hombres, secuaces de Satanás.”15

Lo siguen las dos mujeres entrando con él en aquella atmósfera fétida y de muerte. Pero mientras el padre Nazario se acopla inmediatamente a ella, las dos mujeres “no podían hacerse, no, no podían, infelices mujeres, a una ocupación que instantáneamente las elevaba de la vulgaridad al heroismo.”16

Ellas, pues, serán las que den el toque humano al capítulo más heroico. Será Beatriz quien lo exprese: “”Esto de irse al Cielo muy pronto se dice; pero ¿por dónde y por qué caminos se va?””17

Salen del infectado pueblo cuando llega la ayuda oficial y ya no hacen falta allí. Esa misma noche el padre Nazario le explica a las dos mujeres el nacimiento de la orden seráfica contándoles la vida de san Francisco de Asís. Al día siguiente llegan al otro pueblo que igualmente sufría la epidemia; permanecieron en él hasta que llegó el socorro oficial. Tras esta agotadora experiencia, enterrando muertos y cuidando moribundos que los podían contagiar, se retiran los tres a las ruinas de un castillo feudal donde reponen fuerzas.

Parecería que con esto se han terminado las pruebas del padre Nazario: le han robado lo poco que tenía, le han incendiado la habitación donde vivía, le niegan las misas, el pan y el agua. Sin nada, pobre como el mismo san Francisco, se lanza a los caminos a comer lo que le den; en un lugar atiende a una niña enferma que se cura milagrosamente, según Ándara y Beatriz por su intervención; se enfrenta con un señor feudal, y cuida a los enfermos y entierra a las víctimas de una plaga mortal. Todo lo ha desarrollado con tal naturalidad que de no ser por las dos mujeres, que dan el toque humano, lo creeríamos una figura simbólica. Sin embargo, al padre Nazario todavía le queda por superar la prueba más dura para él: vencer el orgullo, liberarse de la parte más baja de su condición humana.

VI





El pasado sale al encuentro





Contestando a las preguntas del narrador, cuando nos presenta este a don Nazario, dice el cura que “nunca hay dos días seguidos rematadamente malos.”18 Lo mismo podría decirse de los días buenos. Unos y otros se alternan como los dientes de una sierra. Y aquella paz idílica de los tres, en las alturas de un viejo castillo medieval, no podía durar mucho tiempo. Se rompe cuando Beatriz se encuentra, al anochecer, cuando baja al pueblo en busca de agua, con un viejo amante, el Pinto. Este la requiere para que vuelva con él amenazando, si no lo hace, con subir al castillo y dar cuenta del apóstol y de la apóstola con los que va Beatriz.

Duda Beatriz no atreviéndose a decirle nada a don Nazario. Y este sigue con su vida ordinaria, rezo y descanso, como si nada pasara. Cuando por fin se atreve a hablar con él, le propone la huida, solución descartada por Nazarín. No obstante, el peligro no es imaginario: Ándara baja en busca de limosna. Y en la iglesia, un enano, feo y deforme, “hombre empezado y persona sin concluir”, le avisa del peligro que corren: van a ir a por ellos. Ujo, figura romántica por excelencia, el monstruo enamorado, el enano velazqueño y deforme, tocado por el realismo, se ha prendado de Ándara, y trata de protegerla. Es todo en vano: don Nazario no está dispuesto a huir de nadie. Y Ujo nada puede contra los hombres.

Cuando al anochecer, estando los tres en las ruinas del castillo, oyen voces por la ladera, las mujeres se preparan para lo peor, para una escena como la del Huerto de los Olivos. Pero una espesa niebla cubre la montaña impidiendo que el Pinto y sus amigos puedan detener a don Nazario y a las dos mujeres.

Al día siguiente Ujo sube para tratar de convencer a Ándara de que se quede con él: “Se vaiga el moro con la mora, y quédate tú, fea, que a ti por fea no te cogen, y yo te estimo... ¿No sabes que te estimo, Ándara? ¿Qué diz? ¿Que más feo yo? ¡Caraifa!, por eso. Tú fea, tú pública, yo te estimo... Es la primera vez que estimo... y eso dende que te vi, ¡caraifa!”19

En vano trata Ujo de advertirles del peligro que corren: “Dirvos, dirvos de aquí, y si no, veráislo... Latrocinio, Guardia civila.” Es inútil, no se van: si bien el padre Nazario no va a redimir a nadie, tiene que pasar una última prueba, tal vez la más dura para él: la cárcel y la soez compañía de la más ruda y cobarde de las canallas.

En espera de acontecimientos, trabajan, ayudan a los campesinos, que los miran con recelo, supersticiosos temen algún mal de ojo del trío, y ganan algo de dinero. Todo cuanto les han dado les es robado por dos maleantes que les salen en el camino. Y esa misma noche, en las ruinas del castillo, son detenidos por el alcalde, la guardia civil y el Pinto. Estos no sólo insultan a don Nazario llamándolo el moro Muza sino que le proporcionan algún puntapié. Ándara, como un nuevo san Pedro, con el cuchillo de pelar patatas, trata de defenderlo. Los tres son apresados y conducidos a la prisión del pueblo.

El alcalde, como ya hemos visto, mantiene una conversación con Nazarín tratando de demostrar cuán inútil es el pragmatismo hoy en día. No entiende a don Nazario, que no puede ser más claro: “Enseño con la palabra y con el ejemplo. Todo lo que digo, lo hago, y no veo en ello mérito alguno.”20 Para el alcalde el mérito está en un banco agrícola y en una universidad en cada pueblo. Contra todo ello ya nos ha advertido don Nazario nada más aparecer aquel lejano Martes de Carnaval en que comienza la novela: “No sé más sino que a medida que avanza lo que ustedes entienden por cultura, y cunde el llamado progreso, y se aumenta la maquinaria, y se acumulan riquezas, es mayor el número de pobres y la pobreza es más negra, más triste, más displicente.”21

En la cárcel los maleantes se gozan en blasfemar y reírse de don Nazario. Cuando este trata de refrenar las blasfemias con su palabra, llegan los golpes. Y con estos el ansia de venganza del maltratado cura:

Era hombre, y el hombre, en alguna ocasión, había de resurgir en su ser, pues la caridad y la paciencia, profundamente arraigadas en él, no habían absorbido todo el jugo vital de la pasión humana.”22

Pese a todo, don Nazario es capaz de vencerse, “ser león no es cosa fácil; pero es más difícil ser cordero, y yo lo soy.”23 Logra con estas palabras, y con su actitud, que el sacrílego, uno de los dos bandidos que los asaltaron en el campo, salga en su defensa convirtiéndose, de nuevo camino de Madrid, en el buen ladrón, en el que es capaz de apreciar toda la hondura de Nazarín. Antes Ujo, el enano, el ser deforme, se ha quedado llorando, bajo un árbol, la desaparición de Ándara, a la que nunca más volverá a ver.

El parricida, el otro asaltante, no se arrepiente de nada. El el mal ladrón.

En Madrid, don Nazario es encerrado en la cárcel. Allí una visión, real o imaginaria, le advierte de algo que habría de llenarlo de gozo: “Algo has hecho por mí. No estés descontento. Yo sé que has de hacer mucho más.”24

Y con estas promesas se termina la novela dejándonos el inefable regusto de haber estado en compañía de una excelente persona a la que, no obstante, tan difícil es seguir. Es una de las tantas figuras galdosianas llenas de ternura y humanidad. Pero no de una ternura y una humanidad románticas o acarameladas. Don Nazario, como se puede colegir por sus conversaciones, es un hombre culto, que ha pensado en lo que ha leído y ha visto, y sabe, perfectamente, lo que se lleva entre manos.





A modo de conclusión





Son muchas las veces que don Benito, a lo largo de su obra, habla de la religión, o aborda el hecho religioso. Don Benito, ya lo hemos dicho, es un excelente novelista; y, por lo tanto, nada dogmático: es capaz de ver la realidad desde distintos puntos de vista. Y unos no anulan a otros; se completan para dar la visión, más o menos íntegra, del hombre, del momento y de su época. Quizás en ninguna novela aborde de forma tan unilateral, tan obsesiva y negra, el problema de la religión, o de su interpretación, como en Gloria. Todos los personajes que aparecen en esta novela viven por y para una interpretación del catolicismo o del judaísmo, que nada tiene que ver con lo dicho y predicado por Jesús. Y aquí es donde hace incidencia don Benito. El clima de Gloria es opresivo: es el pueblo que vive de un único pensamiento, y que está convencido, además, de que tiene razón. O lo que es lo mismo: el resto del mundo vive en el error. Tamaño pensamiento, por supuesto, no puede llevar más que a lo que ya es en sí: a la muerte, a la propia destrucción y a la de las personas queridas.

Contra este mundo tan opresivo se alza, como una potente voz, el arcipreste don Juan Ruiz, con su casa llena de mozas, su buena mesa, sus vinos y su excelente consejo: “Adiós, hijo mío, que seas bueno, que metas el dedo en la olla de la miel prohibida... Adiós.”25

Entre unos y otros aparece la humilde figura de don Nazario, Nazarín, que, al igual que san Francisco, se convierte en la piedra de toque para una Iglesia y una sociedad que, llamándose cristiana, ha olvidado las más elementales e importantes de las enseñanzas de Cristo. No deja de ser curioso, sin ir más lejos, que se adore a una persona que iba por los caminos predicando, en compañía de sus apóstoles, y, sin duda, de las mujeres de estos, y se denueste a quien lo imita. Volvemos, pues, a la vieja discusión: ¿Tiene que ser la Iglesia pobre como fue Jesús? Este tiró a los mercaderes del templo; y actualmente hay que pagar para entrar en los templos como no sea a horas fijas. Y no es ese el problema más grave, por supuesto. Uno de los graves problemas es la pérdida, si alguna vez se tuvo, de ciertos valores. Lo dice mucho mejor el propio Nazarín: “Crean ustedes que entre todo lo que se ha perdido, ninguna pérdida es tan lamentable como la de la paciencia.”

Tal vez sea imposible vivir como lo hace Nazarín, como lo hizo san Francisco y como lo hizo el mismo Jesucristo. Es muy posible. Y es impensable, en el mundo de hoy, perdonar al enemigo y ayudar al vecino: todas las caridades casi siempre se aplican a las personas que están lejos. Es un dato curioso. Sería injusto, sin embargo, negar o no reconocer la labor de muchas personas, seglares y religiosos, en países en conflicto. Estando allí, no predicando.

No obstante, es el propio reportero, el que entrevista a Nazarín, quien nos advierte en contra suya: “La sociedad, a fuer de tutora y enfermera, debe considerar estos tipos como corruptores de la Humanidad, en buena ley económico-política, y encerrarlos en un asilo benéfico. […]. ¿Por ventura estos misericordiosos sueltos, individuales, medievales, acaso contribuyen a labrar la vida del Estado? No. Lo que ellos cultivan es su propia viña, y de la limosna, cosa tan santa, dada con método y repartida con criterio, hacen una granjería indecente. La ley social, y si se quiere cristiana, es que todo el mundo trabaje, cada cual en su esfera.”26

Quizás sea ese el problema: que no hay trabajo, y que no sabemos exactamente cuál es nuestra esfera, o que nos hemos dejado llevar por otras tan brillantes que no nos queda sino la caja de Pandora con la esperanza encerrada en su interior. Tal vez la vida de Nazarín no sea más que un grito de advertencia, recordarnos que podemos y debemos ayudarnos los unos a los otros, y que el progreso material sin el progreso espiritual del hombre es muy poca cosa. Y parece que seguimos igual: guerras, violencia, corrupción, mentiras y hambruna lo avalan. Así los Episodios nacionales tuvieron una brillante continuación con los libros de Manuel Chaves Nogales: A sangre y fuego, héroes, bestias y mártires de España, y El maestro Juan Martínez que estaba allí. Vale.

1Nazarín, Cuarta parte, cap. VII



2Nazarín, Primera parte, cap. III



3Nazarín, Primera parte, cap. IV



4 Mendizábal, cap. VIII



5Nazarín, Tercera parte, cap. VIII



6Nazarín, Tercera parte, cap. VIII



7Nazarín, Tercera parte, cap. VIII



8Nazarín, Tercera parte, cap. VIII



9Nazarín, Primera parte, cap. IV



10Nazarín, Tercera parte, cap. VIII



11Nazarín, Tercera parte, cap. VIII



12Nazarín, Primera parte, cap. III



13Nazarín, Cuarta parte, cap. I



14Nazarín, Tercera parte, cap. V



15Nazarín, Cuarta parte, cap. I



16Nazarín, Cuarta parte, cap. II



17Nazarín, Cuarta parte, cap. II



18Nazarín, Primera parte, cap. IV



19Nazarín, Cuarta parte, cap. V



20Nazarín, Cuarta parte, cap. VII



21Nazarín, Parte primera, cap. IV



22Nazarín, Quinta parte, cap. I



23Nazarín, Quinta parte, cap. II



24Nazarín, Quinta parte, cap. VII



25 Carlos VI en la Rápita, cap. XXII



26 Nazarín, Primera parte, cap. V





Etiquetas:   Humanismo

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