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En el centenario de don Benito Pérez Galdós. Nazarín II


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05/07/2020

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Vicente Adelantado Soriano





DOS





NAZARÍN





II





Donde aparecen un claro antecedente y un familiar









Don Benito, inútil es decirlo, creó un sinfín de personajes, todo un mundo que resulta difícil retener; complicado que no se vayan marchitando con el paso del tiempo, por olvido del lector, no por defectos del autor. Hay grandes personajes, Fortunata, Marianela, doña Leandra Quijada, sor Teodora de Aransis, Nazarín, Torquemada... que resultan imposibles de olvidar. Otros, aparentemente menores, son como pequeñas bombas de relojería que estallan en los momentos más impensados dejándonos con un cierto regusto de melancolía, bondad y tristeza, que nos acompañan tal vez ya para siempre.

Uno de los personajes de los Episodios nacionales que deja este poso es Juan de Dios. Juan de Dios puede ser considerado como el antecedente más claro y directo de Nazarín. Juan de Dios aparece en el episodio El 19 de marzo y el 2 de mayo. Este episodio está firmado en Madrid en 1873. Reaparece en el último episodio de la primera serie, La batalla de los Arapiles, escrito en 1875. Nazarín es de 1895. Hay veinte años de diferencia entre uno y otro. Pese a ello los ecos son claros.

Juan de Dios es un hortera empleado de los hermanos Requejo, Mauro y Restituta, comerciantes en telas. Mauro es viudo y Restituta soltera. Mauro es primo de la madre adoptiva de Inés. Y al sospechar, o saber, que esta es hija de una noble, decide llevársela, como pariente más cercano, a su lonja en la calle de Postas. Allí ambos hermanos tratarán de torcer la voluntad de Inés para obligarse a que se case con Mauro haciéndose, de este forma, con su futura fortuna. Para ello la van a encerrar no dejándola ni salir ni que nadie la vea.

Gabriel, con el fin de liberarla, consigue un puesto de mozo en la tienda de los Requejo, donde conoce a Juan de Dios. Este “ofrecía el aspecto de los treinta años, aunque frisaba en los cuarenta. Su cara amarilla tenía gran semejanza con la de doña Restituta; pero jamás se notaron en ella las contracciones, los enrojecimientos repentinos, propios de aquella señora. Era en sus modales lento y acompasado; su movilidad tenía límites fijos, como la de una máquina, y si el método puede llegar a establecerse de un modo perfecto en los actos del organismo humano, Juan de Dios había realizado este prodigio.”1

Juan de Dios ha vivido siempre dedicado a su trabajo. Jamás ha ido a un baile ni a una verbena. Tiene la confianza total de los Requejo, pues cuando salen le dan a él las llaves del encierro de Inés. Es “un hombre que no habla, que ignora lo que es la risa, que no da un paso más de los necesarios para trasladarse al punto donde está la pieza de tela que ha de vender, la vara con la que ha de medir, y la hortera en la que ha de meter el dinero.”2 Pero un día los Requejo observan que aquel hombre que en veinte años jamás se había equivocado, comienza a contar y a medir como “un mancebillo recién venido de la Alcarria.” A lo cual debe añadirse algo más grave: pasearse por la tienda sin hacer nada.

La explicación no tardará en llegar: se ha enamorado perdidamente de Inés. Se lo confiesa a Gabriel con verdadera pasión: “Yo de veras te digo que por verme amado de ella por todo el día de hoy consentiría mañana en perder la vida.”3 De esa pasión se va a aprovechar Gabriel para sacar a Inés de su encierro, encierro donde quedará preso el propio Juan de Dios. Ya no volveremos a saber de él hasta el último episodio de la primera serie, La batalla de los Arapiles.

Gabriel Araceli, comandante del ejército, se dirige hacia Sancti Spritus, camino de Salamanca. A la altura de san Francisco de la Sierra, los soldados se entretienen en “jugar a la pelota” con un fraile con el que han topado. Gabriel manda que lo dejen en paz, y al aproximarse a él vio a un monje que “lejos de revelar aquella miserable persona la holgura y saciedad de los conventos urbanos, los mejores criaderos de gente que se han conocido, parecía anacoreta de los desiertos o mendigo de los campos.”4 Juan de Dios no reconoce a Gabriel, a quien, cuando este se da a conocer, trata de usted. Y en pocas palabras le cuenta el porqué de hallarse allí:

Yo pertenezco a la Orden Hospitalaria que fundó en Granada nuestro santo padre y patrono mío el gran San Juan de Dios, hace doscientos setenta años poco más o menos. Seguimos en nuestros estatutos la regla del gran San Agustín, y tenemos hospitales en varios lugares de España. Recogemos los mendigos de los caminos, visitamos los casas de los pobres para cuidar a los enfermos que no quieren ir a la nuestra, y vivimos de limosnas.”5

Gabriel lo invita a comer. Juan de Dios le confiesa que sólo come hierbas y sólo bebe agua. Araceli se siente intrigado, pero “observándole bien, advertí las señales que en su extenuado rostro patentizaban no ser jactancia de beato aquello de las campestres yerbecitas y agua de los arroyos cristalinos.”6 Nada sabe el bueno del fraile de los Requejo; pero sí siente un vivo interés en saber qué fue del único amor de su vida: Inés. Gabriel le miente diciéndole que ha muerto. Juan de Dios ya lo sabía: varias y repetidas veces la ha visto en sus éxtasis. “Amé a una mujer, más con tanta exaltación, que mi naturaleza quedó en aquel trance trastornada. Cuando comprendí que todo había concluido, yo no tenía ya entendimiento, memoria ni voluntad. Era una máquina, señor oficial, una máquina estúpida.”7

Inés se le aparece a Juan de Dios en los momentos más inesperados. Se somete a rudas penitencias, pero nada puede hacer para conjurar las apariciones. Tiene el mismo problema, aunque por motivos distintos, que don Antón Trijueque y don José Fago: la eterna separación entre el sueño y la realidad. Concluye con amargura: “¡Es terrible sentirse uno con el corazón y el espíritu todo dispuesto a la santidad y no poder conseguir el perfecto estado! […] No puedo ser santo, no puedo arrojar de mí esta segunda persona que me acompaña sin cesar. ¡Oh, maldita lengua mía! Yo había dicho: “Quiero unirme a ella en la vida, en la sepultura y en la eternidad”, y así está sucediendo.”8

La obcecación de Juan de Dios es tal que cuando ve a Inés en carne y hueso no la reconoce. Se despide de Araceli para nunca más volver a aparecer: “Cuando su enjuta figura negruzca se alejó al bajar un cerro, parecióme ver en él un cuerpo que melancólicamente buscaba su perdida sepultura sin poder encontrarla.”9

Tenemos, pues, en este episodio planteado ya el origen de un cierto misticismo, de una heroicidad y de un ardiente deseo de ayudar al prójimo, aunque para ello se tenga que sufrir todo tipo de vejaciones. El amor al prójimo de don Nazario no tendrá esos orígenes tan tormentosos. Él nunca habla de cómo se le despertó la vocación.

Otro personaje que también tiene alguna concomitancia con don Nazario es José García Fajardo. Este es uno de los protagonistas de la tercera serie de los Episodios nacionales. Aparece en el primer episodio de dicha serie, Las tormentas del 48, firmado en Madrid en 1902, siete años después de la redacción de Nazarín. A Galdós, al parecer, le seguían preocupando los mismos problemas durante una y otra redacción. Fajardo y don Nazario son hijos del mismo autor y tienen, en algunos aspectos, similares problemas.

Fajardo llega de Roma con la idea de un papa progresista que lidere a las potencias cristianas en busca de un nuevo orden social. Los componentes de la tertulia del padre de Fajardo, un cura entre ellos, “que había entrado en Sigüenza once años antes, viribus et armis, asolando el país y llevándose 50.000 reales como botín de guerra”10 se ríen de ese liderazgo: “¡Vaya, que será linda cosa un Papa progresista!... ¡La Iglesia dando el brazo a los hijos de la Viuda!... ¡Cristo entre masones..., ja, ja, ja..., y la Santísima Virgen bordando banderas liberales como la Mariana Pineda.”11 Veremos como en Nazarín se vuelve a insistir en este liderazgo papal del que, no obstante, Fajardo no se vuelve a ocupar nunca más. De Nazarín, sin embargo, no se ríe su oponente.

III





El sexo: problema para unos y silencio para otros





A los pocos días de emprender don Nazario su vida de apóstol errante es seguido por dos mujeres: Beatriz y Ándara. En ningún momento se plantea don Nazario la cuestión del sexo, ni parece ver en esto un motivo para separarse de las dos mujeres que lo acompañan, ni de ninguna criatura. Tienen la precaución, no obstante, de lavarse separadamente, en los ríos, y de dormir en distintos lugares en los castillos en ruinas. Pero nada más: no hay atracción por la carne, lo cual teniendo en cuenta el tipo de vida que llevan, no deja de tener, hasta cierto punto, su lógica.

Como hemos visto son varios, muchos, los frailes y sacerdotes que pueblan la obra de Galdós. Y no todos, por supuesto, tienen la misma actuación, o la misma visión de las cosas ni aun de su propia doctrina. Ha quedado claro, ya, que unos eran partidarios de la guerra, y otros la detestaban. Y para unos va a existir el sexo, y para otros, por mística, o por otras ocupaciones, no va a existir, o, al menos, ni siquiera lo van a mencionar.

Juan de Dios, por poner unos pocos ejemplos, abraza la vida de fraile por la imposibilidad de vivir con Inés, a quien cree muerta después de su liberación. Un complemento de Juan de Dios lo ofrece sor Teodora de Aransis. Esta monja, bellísima, entra en el convento porque desde pequeña, sin madre, la han estado preparando para ello. Pero cuando Salvador Monsalud entra en su celda, huyendo de su hermanastro, se percata de que es el hombre con el que ha estado soñando toda su vida, casi sin darse ni cuenta.12 Su enamoramiento llega hasta el extremo de hacer que el sacristán de su convento, perdidamente enamorado de ella, quien la ha secuestrado, ocupe el lugar de Monsalud en el paredón de fusilamiento.13 Al sacristán lo fusilan, y Monsalud huye. Sor Teodora, en un monasterio apartado, con dos únicos frailes de más de noventa años, se queda tan sola como se queda Juan de Dios en los montes de Salamanca. De este no volveremos a saber nada más. Pero sí de sor Teodora: en La desheredada se nos dice que murió de muy mayor y en olor de santidad.14 ¿Qué pasó mientras tanto? No lo sabemos. Tal vez sor Teodora se llenó de arrepentimiento y de dolor, y vivió largos años presa de ellos.

¿Qué hubiera sucedido de no sufrir sor Teodora por esos dolores y esos arrepentimientos? Quizás hubiese hecho lo que hace sor Angustias: una noche salta desde una terraza del convento cayendo sobre Diego Ansúrez quien, días después, se convierte en su marido.15 Renuncia a una vida por mor de otra.

Es posible que hubiera sacerdotes que tenían vocación y para quienes, no obstante, el sexo, el celibato, se podía convertir en un problema. A veces tratan de compaginar ambas cosas, bien por verdadera vocación, bien por no tener otras perspectivas en la vida. Galdós no se mete en estos dibujos ni análisis. Sencillamente nos dice que ellos no consideran el sexo como un pecado, ni como algo prohibido. En el episodio Carlos VI en la Rápita, aparece el arcipreste don Juan Ruiz, nombre añejo en la literatura, y casi señor feudal. En su casa tiene una corte de “sobrinas” a las que defiende con fiereza cuando algún galán pretende arrebatárselas.16 Sus opiniones sobre las mujeres chocarían a más de un ortodoxo:

Entiendo que sin mujer no vive el hombre; y cuanto me digan en contrario téngolo por una pesada broma que nos quiso dar el judío Moisés o errata de imprenta de los Sagrados Cánones. Nunca dijo Nuestro Señor Jesucristo que los sacerdotes habíamos de vivir del aire de mujer, y nada más que del aire...”17

Por supuesto se le puede replicar a don Juan Ruiz que deje los hábitos y que se case. Tiene la respuesta preparada. Y no para él precisamente:

¡Ay!, el arca del matrimonio es cada día más estrecha, y en ella no caben todas las parejas de animales, o sea de hombre y mujer. Debemos mirar con caridad a las hijas de Dios que no han encontrado colocación en el arca... Yo he sido bueno para ellas; las he amparado, y a muchas proporcioné buen casamiento, después de tenerlas algún tiempo a mi servicio...”18

Dichas estas palabras, se despide el arcipreste don Juan Ruiz de Confusio con estas esclarecedoras palabras: “Adiós, hijo mío, que seas bueno, que metas el dedo en la olla de la miel prohibida... Adiós.”19

En esta idea de que el sexo no es pecado, planteada de forma tan clara como contundente, va a insistir Graziella, amante de un sacerdote. Esto es lo que dice de él:

Es bueno para todos; es humano, caritativo, y no se asusta de nada. En su oficio de cuidar de las almas cumple como el primero... Reprende todos los vicios; pero hay uno en que a mi buen cura le falta valor para incomodarse... y abre la mano... Lo que él me ha dicho mil veces: “Por esta debilidad, que es imperio de la carne, no se va al infierno. Se va por la crueldad, por el no socorrer a nuestros semejantes cuando están necesitados, por levantar falsos testimonios, por la usura, la ira y la soberbia.””20

Por si estas razones no fueran suficientes, recurre a otro argumento, no diciendo, como el arcipreste que eso de la carne es un error de imprenta, sino echando mano de la historia:

Otro detalle: el buen presbítero era muy aficionado a los estudios históricos; poseía copiosa biblioteca, y mataba sus largos ocios escribiendo una obra de mucha miga, titulada: Historia del clero mozárabe en la diócesis de Toledo.”21

Consecuencia de estos estudios es descubrir que “aquellos benditos clérigos no eran solteros, y todos tenían sus lindas barraganas.” De lo que parece deducirse que, efectivamente, nada malo hay en el sexo.

Ni el presbítero, ni el arcipreste don Juan Ruiz dejan mal sabor de boca en el lector. Por el contrario, y sobre todo el último, parecen, más bien, la alegría de vivir, quizás porque no engañan a nadie. El contrapunto vendría dado por el sacerdote que trata de hacer de Céfora su querida cuando tiene que prepararla para entrar en el convento: “¡Vaya una catequesis que se gasta el hombre! Me hizo una declaracioncita muy mona... que le gusto mucho... que en vez de entrar en la Esperanza me arregle con él en clase de ama con visos de sobrina... que seremos felices.”22

Don Nazario Zaharín, a quien conocemos un martes de Carnaval, nos es presentado “como el típico semítico más perfecto que fuera de la Morería he visto: un castizo árabe sin barbas.”23 Don Nazario no tiene el problema de la carne. En realidad lleva el cristianismo tan dentro de sí que se diría que no tiene ningún problema. Parece la encarnación de aquellas palabras de Guillermina: “Entré en este terreno [en el del sacrificio y entrega a los demás] en que estoy como se pasa de una habitación a otra. No ha habido sacrificio, o es tan insignificante, que no merece que se hable de él. […]... Sí, yo envidio a los malos, porque envidio la ocasión, que me falta, de romper y tirar un mundo, y les miro y les digo: “Necios, tenéis en la mano la facultad del sacrificio y no la aprovecháis...””24

Don Nazario es bueno por naturaleza, no se enfada por casi nada. En toda la novela sólo una vez está a punto de perder los nervios, y no los pierde: cuando en la cárcel lo golpean sin motivos el resto de los reclusos: “Sabed que os perdono, menguados; sabed también que os desprecio, y me creo culpable por no saber separar en mi alma el desprecio del perdón.”25

Por lo demás lo mismo le da que le roben, que lo dejen sin comer, “todo es del primero que lo necesita”26, dice, o que le peguen fuego a la casa donde vive. Todo lo acepta, y lo acepta de la forma más natural, sin alharacas ni poses. Y nada más natural, para un temperamento como el suyo, que dar cobijo a quien lo necesita. Así ampara a Ándara, una mujer que se mete en su habitación, huyendo, porque ha hecho una muerte. Nazarín le da cobijo, y ni por un momento se plantea lo que puede suponer que un clérigo esté encerrado, en su habitación, con una mujer por muy fea que se nos diga que es esta. Tampoco variará de forma de ver las cosas cuando Ándara y Beatriz lo sigan por los caminos.

Serán los demás quienes no vean en esas andanzas con mujeres una relación espiritual. Pero tamañas interpretaciones no afectan a Nazarín en lo más mínimo. El primero en atacarlo es el alcalde que, en la prisión, le tira en cara que vaya acompañado de dos pencos. El alcalde, sin embargo, preocupado por otros asuntos, por la eliminación del misticismo cuando haya una universidad y un banco agrícola en cada pueblo, se va por otros derroteros. No le cabe en la cabeza que en estos tiempos tan prácticos alguien se empeñe en enseñar mediante el ejemplo. Intentando demostrar su saber se olvida la cuestión de las mujeres27.

Es otro preso, un pobre loco con la monomanía de los millones, quien vuelve a hablar de las mujeres, pero también sin hacer sangre: “Le veo en compañía de mujeres, y esto me da mala espina. Sepa que todo el que anda mucho entre faldas es hombre perdido. Dígamelo usted a mí, que tuve relaciones con una dama principal, de la más alta aristocracia. ¡Ay, qué líos me armó! Entre ella y una marquesa amiga suya me robaron sobre setenta mil duros, no exagero.”28

No sabemos si exagera o no. Son figuraciones suyas. Nazarín no le hace caso; nada le responde. Así que tanto en la conversación con este loco, como con la del alcalde, en la prisión, se salva de una discusión sobre la honestidad y la moralidad por mor de los oponentes de mostrar su pequeña personalidad. Nazarín, no obstante, le concede tanta importancia al sexo como se la podía conceder san Francisco de Asís. Parece como si ambos no vieran en hombres y mujeres más que personas, o, mejor, criaturas de Dios.





1 El 19 de marzo y el 2 de mayo, cap. XV



2 El 19 de marzo y el 2 de mayo, cap. XX



3 El 19 de marzo y el 2 de mayo, cap. XX



4 La batalla de los Arapiles, cap. IV



5La batalla de los Arapiles, cap. IV



6La batalla de los Arapiles, cap. IV



7La batalla de los Arapiles, cap. V



8La batalla de los Arapiles, cap. V



9La batalla de los Arapiles, cap. VI



10Las tormentas del 48, cap. VI



11Las tormentas del 48, cap. VI



12Un voluntario realista, cap. XVI y XIX-XXII



13Un voluntario realista, caps. XXX-XXXI



14La desheredada, cap. 10



15La vuelta al mundo en la “Numancia”, cap. I



16Carlos VI en la Rápita, cap. XXII



17Carlos VI en la Rápita, cap. XXII



18Carlos VI en la Rápita, cap. XXII



19Carlos VI en la Rápita, cap. XXII



20Amadeo I, cap. X



21Amadeo I, cap. X



22España sin rey, cap. XXIII



23Nazarín, Primera parte, cap. II



24Fortunata y Jacinta, parte tercera, VI, x



25Nazarín, Quinta parte, cap. I



26Nazarín, Primera parte, cap. III



27Nazarín, Cuarta parte, cap. VII



28Nazarín, Quinta parte, cap. I





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