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En el centenario de don Benito Pérez Galdós. Nazarín I


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05/07/2020

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UNO







NAZARÍN







Vicente Adelantado Soriano

Para María Eugenia Romero Peral in memoriam.

No esperéis nunca que yo me presente ante el mundo revestido de atribuciones que no tengo, ni que usurpe un papel superior al oscuro y humilde que me corresponde.

Pérez Galdós, Nazarín

I

De cómo casi todo es relativo

Decir a estas alturas que don Benito Pérez Galdós es un excelente novelista es una tautología. Cierto es, no obstante, que en unas novelas está más inspirado que en otras; y que, en consecuencia, estas nos pueden gustar más que aquellas. Indudable es que, cuando acierta, lo hace plenamente, para lo cual sería suficiente con recordar una sola novela, Fortunata y Jacinta. Y retrotraer, para los más escépticos, los Episodios nacionales. No cabe más grandeza ni en su planteamiento ni en su ejecución. Tareas reservadas, sin lugar a dudas, para los grandes novelistas.

Son muchos los puntos, temas y asuntos, que llaman la atención en la ingente obra de don Benito: su bondad y humanismo para con los personajes; la influencia, enorme, de don Miguel de Cervantes, y su agradecimiento al mismo; su inagotable capacidad de fabulación; su conocimiento del ser humano; su dominio del lenguaje, etc. etc. etc. Hablar de uno de estos puntos, o destacar uno por encima de los otros, no quiere decir que olvidemos el resto, o no nos parezcan interesantes: indudablemente la obra de Galdós está formada por la unión, la indisoluble trabazón, de todos ellos. Analizarlos todos exige mucho tiempo y dedicación.

Quizás esta indisoluble trabazón tenga su origen en un sentimiento de insatisfacción por parte del autor. La insatisfacción vendría dada por el ardiente deseo de conocer al hombre en su totalidad, y de retratarlo desde todos los puntos de vista. La novela galdosiana, así, se parecería a una escultura hecha para ser vista y analizada desde todos los ángulos, y no, como un cuadro, desde uno sólo. Llama la atención en don Benito cómo un personaje puede encarnar una idea, una obsesión, una querencia, que nace y muere con él. Un ejemplo sería don Antón Trijueque, el cura de Botorrita, o el ansia de poder. Dicha ansia lo lleva a olvidarse de su ministerio. Distintos personajes engendrados en otros episodios, sin embargo, lo complementarán, o darán otra visión del mismo problema. En el cura de Botorrita, aparecido en el episodio Juan Martín el Empecinado, sólo predomina una idea, la de mando, de gobierno, de batallar y fusilar a todos aquellos que no comulguen con sus ideas. Por esto, tal y como hace, es capaz de traicionar a su patria y a su religión. Y a tal punto lleva su desmedido orgullo que, no pudiendo asimilar el perdón de el Empecinado, no le queda más solución, como al mismo Judas, que el suicidio. Seguramente Galdós quiso ser más realista, dar un retrato más acabado, y seguirá, en otros episodios, con semejante planteamiento.

La visión que don Benito da del cura de Botorrita aparentemente es bastante negativa. No obstante, no deja de percibirse, detrás de tanto afán por el mando, de tanto orgullo y de tanta fiereza, un terrible desencanto y una enorme soledad. Una soledad cósmica que pone los pelos de punta. Don Antón Trijueque es un error: vocación equivocada, guerrero sin ideal, fiereza sin sentido y muerte absurda, por suicidio, pero que le devuelve la paz, tal vez la única a la que podía acceder.

Es posible que una vez terminado el episodio, don Benito no se quedara del todo satisfecho, y no porque el retrato de don Antón Trijueque no estuviera acabado, y bien acabado, sino porque como él mismo nos había señalado a través de Gabriel Araceli, la realidad se puede ver, como mínimo desde dos puntos de vista: el propio y el del oponente o enemigo. Gabriel Araceli, un muchacho de poco menos de catorce años, se sorprende al ver la actuación de los ingleses durante la batalla de Trafalgar, pues siempre se había representado a estos como salteadores o piratas de los mares. La realidad, sin embargo, es más compleja:

Cuando vi el orgullo con que enarbolaron su pabellón, saludándole con vivas aclamaciones; cuando advertí el gozo y la satisfacción que les causaba haber apresado el más grande y glorioso barco que hasta entonces surcó los mares, pensé que también ellos tendrían su patria querida, que ésta les habría confiado la defensa de su honor; me pareció que en aquella tierra, para mí misteriosa, que se llamaba Inglaterra, habían de existir, como en España, muchas gentes honradas, un rey paternal, y las madres, las hijas, las esposas, las hermanas de tan valientes marinos, los cuales, esperando con ansiedad su vuelta, rogarían a Dios que les concediera la victoria.”1

Sí, al parecer en esta vida todo es relativo. O es digno, como mínimo, de ser observado desde diversos ángulos. Y así cuando los franceses deberían sentirse orgullosos de sus conquistas y de su ejército, es un francés, precisamente, quien advierte a Araceli de lo que es una batalla. Bien es cierto que estas palabras las pronuncia cuando el ejército va de retirada. En sus palabras no hay ni pizca de chovinismo, ni falso patriotismo; son las palabras de un viejo soldado desengañado a las que servirán luego de colofón las de los soldados carlistas hartos de guerras y de matanzas:

¿Sabes lo que es una batalla? Un engaño, chico, una farsa. Los generales embaucan a los pobres soldados, les hablan de la gloria, les arrastran a la barbarie, les hacen morir y luego la gloria es para ellos. Pónense a mirar la batalla desde una altura lejana, adonde las balas no llegan, y echando el anteojo a un lado y a otro, hacen creer a los tontos que están observando distancias y calculando movimientos. […]. Luego viene la Historia con sus palabrotas retumbantes, y entre tanta farsa caen unos reyes para subir otros, sin que el Pueblo sepa por qué, y los políticos hacen su agosto chupándose la sangre de la nación, que es lo que, a la postre, resulta de todo.”2

Lo que también resultará a la postre será el ataque, continuado, de don Benito a los políticos. Aquí no habrá matices, aunque sí los habrá con la guerra:

Si pensáramos siempre en la humanidad, no habría guerras ni gloria militar. Con tus ideas, viene necesariamente el desmayo, y si desmayamos, nos derrotará y destrozará el que trae la bandera de doña Isabel y su camarilla.”3

Estos distintos pareceres, en el fondo, no dejan de ser opiniones, fácilmente conseguidas a través de un diálogo en el que se enfrenten dos personas con dos visiones diferentes de una misma cosa. Galdós, sin embargo, va un poco más allá del contraste de pareceres o del mero diálogo. Lo que hace don Benito es coger un personaje y desarrollarlo para, posteriormente, con otro personaje, ofrecer otra faceta del mismo diamante, o ampliar, a través del nuevo protagonista, esa forma o manera de ser que ya habíamos visto, y no bosquejada sino de forma compleja y acabada.

Volviendo al clero, nos podríamos preguntar si la actuación de todo el clero, durante la Guerra de la Independencia, fue la misma que tuvo el cura de Botorrita en Juan Martín el Empecinado. Evidentemente la realidad es diversa y varia, como debe saber todo buen novelista. Don Benito lo es. Así que desde bien pronto nos advierte de las discrepancias sobre la actuación de curas y frailes en la guerra. Los mercedarios, conocidos los Decretos de Napoleón, piensan, la mayoría, en echarse al monte a defender lo que ellos entienden por la sacrosanta religión y sus no menos sacrosantos derechos. A estos responde el padre Castillo:

Fundóse nuestra Orden para redimir cautivos, no para predecir guerra ni armar soldados.”4

Los hermanos no le hacen caso, por supuesto. Es difícil sustraerse a un clima dado. Y el clima, en el momento, es de guerra y desorden, con un ejército inexistente, y con las armas en poder de los guerrilleros. Consecuencia inevitable: “La guerra de la Independencia fué la gran academia del desorden.”5 Nada tiene de extraño que, en tal ambiente, y con la nula preparación del clero, muchos curas se ciñeran los pistolones y el sable, y se lanzaran, con verdadero fanatismo, a hacer todo lo contrario a lo que predica su religión. El ejemplo más acabado, pero no único, es el del cura de Botorrita.

En manos de don Benito no podía faltar el contrapunto, o la otra faceta, de don Antón Trijueque. Este será don José Fago, un cura alistado en las filas carlistas, pero lleno de dudas y remordimientos, tanto por su vida pasada como por su participación en la guerra. Además, don José se tropezará con Zumalacárregui que, al contrario que el Empecinado, no es nada partidario de ver a los curas ejerciendo el mando dentro del ejército. Y tendrá sus piedras de toque, privilegios de los que no gozó don Antón. La primera llamada de atención se la hará Saloma, mujer liberal a quien le han fusilado a su hombre. Esto le responde la mujer cuando don José hace una declaración a favor del ejército carlista, que defiende al verdadero rey y al verdadero Dios:

¿Qué tiene que ver Dios con la guerra? ¿A Dios le puede gustar que haigan fusilado a Mediagorra?6

Las dudas de José Fago sobre la guerra y su legitimidad serán adormecidas por el Capellán del ejército carlista. Adormecidas, pues aquel se tropezará con el ermitaño Borra con quien no valen sutilezas: “Yo les digo que la guerra es pecado, el pecado mayor que se puede cometer, y que el lugar más terrible de los Infiernos está señalado para los generales que mandan tropas, para los armeros que fabrican espadas o fusiles, y para todos los que llevan a los hombres a este matadero con reglas.”7 Fago, una vez más, duda: “¿Representa nuestro don Carlos la ley divina? ¿Los de la otra parte, los que mandan Oraa, Córdova o Mina, son realmente la maldad, la herejía, la ley del Demonio?8 No le queda muy claro. Y si bien se siente tan capaz como Zumalacárregui de dirigir ejércitos, como se sabía don Antón Trijueque, no tiene ya el aplomo de aquel, su negra obsesión, su monomanía. Y confiesa, con humildad, que no es digno de celebrar la misa.

Relativamente tranquilo morirá el mismo día que lo hace Zumalacárregui. Don José Fago, con sus dudas y sus angustias, su pasada vida pecaminosa y sus visiones, dista mucho de ser la figura de una pieza, la piedra berroqueña que es el cura de Botorrita. Es la duda sistemática, la angustia de verse atrapado entre dos mundos totalmente incompatibles por más que algunos se empeñen en soldarlos. Don José muere de tristeza: ni puede dirigir ejércitos, ni se cree digno de decir misa. Y nadie llora sobre su tumba. Tenemos, pues, dos visiones del mismo problema.





1 Benito Pérez Galdós, Trafalgar, cap. XII



2 El equipaje del rey José, cap. XXI



3 La de los tristes destinos, cap. XXXI



4 Napoleón en Chamartín, cap. XXII



5 Juan Martín el Empecinado, cap. V



6 Zumalacarregui, cap. VI



7 Zumalacarregui, cap. XII



8 Zumalacarregui, cap. XII





Etiquetas:   Guerra   ·   Relativismo

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