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En el centenario de don Benito Pérez Galdós. Carta abierta a Sor Teodora de Aransis. III Repuesta


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27/06/2020

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II










RESPUESTA DE SOR TEODORA









Estimado señor: tal vez le sorprenda que conteste a su amable carta. Quizás porque, con toda lógica, no creyó que esto fuera posible. No obstante, así como aquellos dos buenos perros, Cipión y Berganza, tuvieron el don de la palabra por una noche, he obtenido yo, de la misma forma, la posibilidad de sentarme ante una mesa, coger papel y pluma, y contestarle a usted. Me hubiera sabido muy mal pasar por una persona desafecta o maleducada.





Debería comenzar, sin duda, por darle a usted las gracias por lo que dice de mí, aunque yo, como comprenderá, disto mucho de sentirme orgullosa de mi actuación durante aquellos lejanos días. Dice usted que no existe el libre albedrío, que cada uno de nosotros estamos predestinados ya a una cierta actuación. No estoy de acuerdo, o, al menos, no lo estoy de una forma tan clara y rotunda.





Siempre he creído, y espero no ofenderlo con mis pensamientos, que es propio de personas débiles entregarse al destino, creer que este, como si fuera un dios todopoderoso, escoge por cada uno de nosotros. No. Siempre somos dueños de nuestros actos, siempre hay posibilidad de actuar de varias y distintas formas; somos nosotros quienes nos decidimos por una de esas soluciones. Siempre escogemos. A veces la elección nos llena de orgullo; otras, por el contrario, nos hunde en el desánimo y la desesperanza. Pero siempre escogemos, con dificultades o sin ellas, en las cosas pequeñas y en las grandes. Y unas y otras van conformando nuestro carácter, nuestro destino.





Tal vez uno de los graves problemas de los humanos es que nos creemos más inteligentes de lo que realmente somos: muy a menudo nos suceden cosas que no hemos previsto; y, muy a menudo, somos incapaces de acoplarnos a ellas, de luchar y de vencerlas o de lograr que no nos resulten tan desfavorables. Algunas personas, por sus circunstancias, o por los momentos históricos, hemos vivido situaciones tan excepcionales que poco, es cierto, hemos podido hacer. Muy poco. Como mucho, desear que nada de aquello hubiera sucedido; pero sucedió; y la vida, por desgracia, o tal vez por suerte, vaya usted a saber, no tiene vuelta atrás. No hay que lamentarse por ello. Pese a todo yo escogí. Sí. Escogí.





Es inútil, pues, mirar el pasado lamentándose o enorgulleciéndose. No podemos modificar nada. Y más que lamentarse o llorar, es mejor reflexionar para tratar de ver qué hicimos mal a fin de mejorar. No, estimado señor, no estoy orgullosa de mi actuación de aquellos días; y, desde luego, que podía haber ido por otros y distintos derroteros. Aunque entonces, con toda probabilidad, nada hubiera sabido usted de mi vida. Tampoco tendría más importancia.





Con el paso del tiempo las pasiones se amortiguan y desaparecen. Hay pasiones, no obstante, que son bellas y deseables por cuanto contribuyen a la felicidad del hombre y a su bienestar. Y hay otras que es mejor no tenerlas, o desecharlas apenas aparecen en lontananza.





Tras aquellos desgraciados o benditos días en los que apareció en mi vida Salvador Monsalud, tras su partida, tras la muerte de Tilín, y tras los hechos de Regina Coeli, di en estudiar, leer y meditar. No, no me imagine usted transformada en una erudita. Leía pocos libros; pero eran obras que me llegaban al corazón, que me fueron muy útiles para volver a encarrilar mi desgraciada vida. En principio no supe por dónde empezar. Lógicamente ningún libro, de los pocos que teníamos en el convento, se salvó de las llamas. Y dada la orden a la que pertenezco, di en leer las obras de uno de sus más famosos hijos, los sermones de san Vicente Ferrer. Pocas cosas me llegaron tan al alma, y me dolieron tanto, como sus denuestos en contra de aquellos desalmados vecinos suyos. En su ausencia, asaltaron la judería y mataron a muchos de sus habitantes. La reflexión de san Vicente no tiene desperdicio: Jesús no dio a sus discípulos ni lanzas ni espadas para convertir a los gentiles al cristianismo; quiso la conversión de aquellas personas, pero mediante la palabra, el ejemplo y la persuasión; no con crímenes ni guerras. No se puede usted imaginar la cantidad de lágrimas que derramé leyendo las palabras de san Vicente. Y recordando mi viejo y absurdo entusiasmo por la guerra.





¿Y dice usted que yo no escogí? ¿Qué hacía yo predicando la guerra? Le enmendé la cartilla al Señor: donde él dice No matarás, o Amaos los unos a los otros, yo puse que se podía matar en su nombre, y odiar a aquellos a los que yo no consideraba hijos de Dios. ¿Cabe mayor orgullo? ¿Cabe mayor desvío de mi profesión de fe? No, querido amigo, no, no. Y todo cuanto vino a continuación no fue sino una consecuencia de ese orgullo, de esa necedad original. Caí en mi propia trampa.





Tal vez me diga usted que es difícil sustraerse al momento en el cual se vive; no comulgar con aquello con lo que comulga toda una comunidad o una sociedad; quedar al margen de ella y ser un proscrito. Tal vez sea difícil y complicado tener voz propia; pero no es imposible, desde luego que no. Jesús lo hizo. Y quiso que su vida fuera un ejemplo para todos nosotros. No, no somos Dios, aunque, a menudo, el orgullo y la vanidad nos hace creer que tenemos derechos sobre nuestros semejantes, que somos capaces incluso de juzgarlos y condenarlos llenos de santa ira y de santa justicia. El hombre lo justifica todo, hasta el asesinato. Y en nombre de Dios. Es terrible.





Para tener voz propia, o una noción crítica de la propia situación, hace falta tener aquello de lo que yo adolecí: sentido de la humildad que, con frecuencia, consiste en algo tan sencillo como reconocer que las personas diferentes pueden tener tanta razón como la que nos asiste a nosotros. No, estimado señor, ya no me sirven aquellos viejos argumentos de que el rey Fernando hizo bien en empuñar la espada en vez de coger el rosario para desbaratar a la morería... No podemos volver atrás, desde luego. Y cuanto digamos sobre todo aquello es inútil. Pero tal vez hubiera sido mejor otro tipo de resistencia. Y, desde luego, hubiera sido mejor que no hubiese existido la guerra, ni el deseo de arrebatar nada a nadie o de imponerle al vecino nuestras creencias o forma de vida. La grandeza de una religión no se mide por su extensión o su número de mártires o de guerras por ella y en su defensa, sino por el amor y el deseo de mejorar que puede engendrar en las personas. Por desgracia ha sucedido todo lo contrario. ¿Cómo hemos sido capaces de desviarnos tanto de la obra del Señor? En mi caso lo puedo decir que ha sido debido al error y a la vanidad.





No fui a Madrid en busca de Monsalud, como usted supone o haría ver en su improbable película. Lo pensé, sí, lo pensé. Y me alegré de no haber seguido sus pasos, pues como sabe, el señor Monsalud era una especie de don Juan sin las complicaciones de aquel. Buena persona, sí; pero un poco veleta, o demasiado dado al bello sexo, como se decía entonces. No creo que hubiera sido capaz de renunciar a su vida y a sus ideales por mí, ni, seguramente, valía la pena hacerlo. De hecho, y en todos los días de su vida, ni volvió a acordarse de mi persona.





Yo sí lo hice. Tras los sucesos de Regina Coeli volví a Solsona. El convento había sido destruido totalmente por las llamas. Me acordé entonces de santa Teresa de Jesús: con varias hermanas me fui a vivir a un caserón dentro de la misma ciudad. Y la puerta de mi celda jamás volvió a estar cerrada. Ni de noche ni de día. La madre Monserrat, aquella que me espiaba, me abrazó efusivamente poco antes de morir. Lloramos juntas. Llorando expiró en mis brazos.





Sentí una irresistible curiosidad por cuanto sucedía a mi alrededor. Cierto es que temí que se escondiera tras ello una terrible asechanza, otro asalto de mi vanidad. Pero también pensé que era necesario conocer las ideas y opiniones de mis supuestos enemigos. Al fin y al cabo ellos también son obra del Señor. Y mi experiencia pasada me había enseñado que nadie hay enteramente bueno o malo. Todos tenemos nuestras partes que purificar. Yo, intentado defender la religión, había creado un monstruo como Tilín.





Resultó arduo y complicado hacer que los periódicos de Madrid llegaran a mi convento. Y muy arduo y muy complicado que lo hicieran los libros. Llegaban cuando llegaban. Y mal que bien puedo decirle que estaba al tanto de cuanto se cocía en la corte y en las montañas. La inmensa mayoría de los periódicos no hacían sino causarme una terrible desazón: guerras, muertes, fusilamientos, ejecuciones, proclamas, y matanzas y más matanzas en nombre de Cristo. Más de una vez pensé en recoger dinero y en hacer imprimir, para fijarlos por las paredes, los mandamientos del Señor. En letras diferentes, bien gordas, iba a destacar el No matarás. No lo hice, pero recé, recé siempre y a toda hora deseando que acabara aquella sempiterna sangría.





Leí periódicos, semanarios, revistas y libros y medité mucho. No tardé en llegar a la conclusión de que, por supuesto, ni se defendía una religión o los derechos de un rey a un trono sino una formas de vida y unos privilegios que, según algunos artistas, estaban ya caducos, periclitados, siendo propios de otros tiempos. Según estos el país estaba muy atrasado, y una parte importante de esa culpa la dejaban caer sobre la Iglesia. Me dolieron aquellas críticas, pero, desde luego, nunca he estado de acuerdo con la Inquisición. Nunca. ¿Cree usted que el Señor, que murió crucificado, y Él sabe lo que sufriría, va a permitir que ningún hijo suyo sea torturado, cree usted que se va a gozar con eso? ¡Cuántas aberraciones es capaz de engendrar el ser humano!





No solamente leía periódicos. También cayeron en mis manos las inmortales obras de don Miguel de Cervantes. No hace falta que le diga que me reí y que lloré. Y no se puede imaginar cuántas veces he tenido en mi mente todos los consejos que el buen caballero le da a Sancho Panza. Uno se me quedó grabado a fuego: que tu vara, cuando tengas que juzgar a alguien, se incline antes hacia la benevolencia que hacia el rigorismo... No, en nuestra época no vimos esto, ni, por desgracia, tampoco después. Y siempre invocando a Cristo y a la Iglesia. Y con la participación del clero. No, no estaba de acuerdo con nada de aquello, ni aquel era mi Cristo. A veces me planteé si no estaría mejor fuera del convento. Es probable que fuera encontrara algún alma gemela. Allí dentro no las tenía. Y comprobé que no les faltaba razón a algunos de mis “enemigos”: mis hermanas eran ignorantes hasta unos extremos inconcebibles. Ni estaba ni estoy de acuerdo con esa ignorancia: el Señor nos ha dado unos talentos, y quiere que se los devolvamos duplicados. Así lo dice en el Evangelio. Por supuesto, estimado señor, que este Evangelio me planteaba otros problemas que no he sido capaz de resolver más que con una renuncia que, algunos, juzgan monstruosa. Creo que me entiende.





Tuve tentaciones, nada hay monolítico en esta vida, de abandonar las paredes de aquella casona. Cuando la tristeza me podía en la soledad de mi abierta celda, me entregaba a absurdas ensoñaciones. Me veía corriendo en pos de Monsalud, y que este me recibía con los brazos abiertos... Sí, más de una lágrima se deslizó por mis mejillas; pero eso es propio del género humano: la duda, la desazón, el temor... Monsalud quedaba muy lejos, fue el fulgor de una noche de verano. Luego, poco a poco, todo volvía a la normalidad y a la calma. Y yo volvía a ser feliz en el oratorio o atendiendo a alguna de mis hermanas. No obstante, siempre sentí curiosidad por aquel hombre gracias al cual llegué a una situación de comprensión y tolerancia de la que estaba muy lejos cuando penetró en mi celda aquella nefasta noche. El amor es una fuente de conocimiento, querido señor. Pero de eso usted, sin duda, sabe mucho más que yo.





Me enteré después de que lo buscaba Soledad Gil de la Cuadra en tanto que su ex novia Jenara, mujer de Carlos Garrote, iba en pos suyo como una loca. ¡Sólo faltaba el concurso de una monja! ¡Ah, qué a gusto me reí con mis locuras! No, estimado señor, como ya le dicho, tras el fusilamiento de Tilín me fui a Solsona, creyendo que todavía existiría el convento. Y me fui sola. Ni el padre Juanico, ni el padre Martín de la Concepción pudieron darme nada para el camino. Ni ellos, por su avanzada edad, me pudieron acompañar. Insistieron en que me quedara dada la inseguridad de los caminos; pero eran tantos mi deseos de estar sola y de regresar a la seguridad de mi convento que confié en Dios, y sin más me fui abandonando el derruido cenobio donde quedaba enterrado Tilín. Que Dios, en su infinita misericordia, nos perdone a todos.





Los humanos no somos cosas compactas y cerradas. Y si bien dudaba de unas cosas, otras eran para mí claras y meridianas. Y así, y en contra de algunos pensadores y místicos, nunca he creído que al ansía de saber y de conocer sea orgullo o necedad. Al contrario, con cada nuevo conocimiento crecía más y más mi humildad, pues me resultaba imposible abarcar toda la realidad. Bien es cierto, lo reconozco, que algunos tipos de conocimiento podían ser peligrosos, pero no para mí. No para mí. Esos conocimientos, al menos, no han afectado a mi fe.





Leyendo y releyendo papeles y documentos, llegados de varios conventos, cayó en mis manos una vieja biografía de san Vicente Ferrer. Aunque me esté mal decírselo, debo confesarle que este santo, no sé muy bien porqué, no me resultaba del todo simpático. Dejé de sentir antipatía o aversión hacia su persona cuando me enteré de que se incoó un proceso inquisitorial en su contra. No fue procesado merced a su amistad con el Papa Luna, del cual fue partidario en aquellos tiempos en los que la Iglesia llegó a contar con dos y tres papas. ¿Y cuál fue el delito de san Vicente? Defender la salvación de Judas porque, en el último momento, cuando se estaba ahorcando, pidió perdón al Señor, y este se lo concedió. ¿Cómo se lo iba a negar? Sí, estimado señor, en cuanto nos apartamos un poco de la senda trillada, todo se convierte en orgullo y vanidad. ¿Por qué? A veces siento que mis sentimientos, mis penas y alegrías, están muy por encima de las palabras de mi confesor, que no es un dechado de inteligencia. No, no me comparo con ella, pero ¿quién sería el osado de atreverse a confesar a santa Teresa? Muy a menudo he experimentado que cuando se ataca la vanidad del contrario se está defendiendo la poca persona que es uno, y que el Señor me perdone.





Nada hay en esta vida, estimado señor, como el silencio. Déjese, pues, de películas: nada va a cambiar, ni nada vamos a lograr por más que demos a conocer vidas y documentos...





No se puede usted imaginar, en otro orden de cosas, o en el mismo, cómo me afectó el suicidio de don Mariano José de Larra. Recé mucho por él. Durante toda una noche, bañada en lágrimas, recé por él. Sus artículos me hacían reír, leerlos era una bocanada de aire fresco, como los de su amigo el señor Mesonero Romanos, aunque los del señor Larra eran mucho más cáusticos, desesperanzados podría decir hoy.





No soy una erudita, estimado señor: no tomo notas de mis lecturas, ni hago estudios de nada. A veces, palabras, artículos, frases, versos, se me quedan grabados en el corazón, y ahí quedan. Es posible que, con el paso del tiempo, mi memoria los haya ido variando y cambiando. No lo sé. Recuerdo que uno de los artículos del señor Larra me afectó especialmente. No es uno de sus artículos más famosos; pero a mí me afectó. Si la memoria no me traiciona, el señor Larra sostiene que cerrar los teatros es una necedad, dado que el hombre no es perfectible. Y por más que el teatro le muestre sus defectos o se convierta en un espejo que refleja todas las necedades de tipos y sociedades, siempre, el espectador, cree que la crítica va dirigida al vecino, nunca a él. Quien evidentemente, no tiene los defectos que allí se representan. Pensar lo contrario es ridículo.





Muy lúcido el señor Larra. Y gracias a él sabemos que no todos los errores de las jovencitas están en meterse en un convento. En Casarse pronto y mal pinta una situación terrible, tan terrible y nefasta como pueda ser estar encerrada entre cuatro paredes sin tener vocación, sin desear estar entre ellas si usted quiere. En todas partes se comenten errores, estimado señor. Y lo mejor que podemos hacer es aceptar aquello que nos gusta y vivir de la mejor forma posible, sin hacer daño a nadie. Y Tilin, siempre Tilín, vuelve a estar presente. No, no me arrepiento de haber regresado a Solsona, aunque, la verdad, a veces he pensado que me hubiera gustado mucho ir a Madrid y conocer aquel Parnasillo. Sea como fuere, y merced a la letra impresa, lo tengo aquí conmigo.





Permítame despedirme ya no sin antes darle las gracias por su interés por mi persona. Sí, estimado señor, fallecí en esta casona siendo estimada por mis compañeras. ¿Qué más se puede desear en esta vida? A ellas les legué mis libros. Espero que sepan apreciarlos en lo que valen. Al fin y al cabo es lo que va a quedar de mi persona. Quede usted con Dios, estimado señor. Suya afectísima









Sor Teodora de Aransis















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