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En el centenario de don Benito Pérez Galdós. Carta abierta a sor Teodora de Aransis. II


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27/06/2020

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IV










EL ENCUENTRO









Doy gracias al cielo, que me dotó de un ánimo blando y compasivo, inclinado siempre a hacer el bien a todos y mal a ninguno.





Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.









Otra secuencia magnífica es la huida de Servet por las calles de Solsona. Noche. Planos cortos y rápidos. Cercanos ladridos de perros, ataque de estos, que muerden en el brazo a don Jaime. Pasos presurosos, voces. Música viva. Y la subida a los altos del convento, aprovechando los clavos y la cuerda que ha dejado Tilín para robar a sor Teodora.





Desesperado, Servet da con la celda de la monja, y entra en ella. Tema de la película. ¡Pobre sor Teodora! Dos hombres en su celda en el plazo de unas breves horas. Uno de ellos fuera de sí, enamorado locamente; y el otro amenazándola con un puñal: “si usted da un grito de alarma […], me veré precisado a matarla, y la mataré con sentimiento, pero sin vacilar un instante”.1 Sor Teodora se horroriza al comprobar, como había creído, que aquel no es Tilín. Cielo imperturbable. Leve resplandor de la luna.





D. Jaime Servet depone las armas. Sor Teodora recobra los alientos. No obstante, no lo deja salir sin antes atender sus súplicas y curarle la herida del brazo. A lo lejos se oyen los ladridos de los perros.





“Soy de usted. Mi libertad, mi vida, están en sus manos”.2





Música suave. Primer plano de las blanquísimas manos de la monja curando con esmero y cariño las heridas del fugitivo. El semblante de la religiosa era todo compasión, y el del aventurero gratitud.3





Sor Teodora, a petición del huido, le prepara una suculenta cena. Y en tanto él satisface su apetito, tras un día sin probar bocado, ella reza en su libro de oraciones. La celda es pequeña, la proximidad mucha, y las miradas de reojo inquietantes. Imagen de sor Teodora: quietud en ebullición.





Don Jaime Servet consigue despertar el interés de sor Teodora; ella no se llama a engaño: comprende que en esa encarnizada persecución de la que dice ser víctima su huésped brilla la pasión de las pasiones: la política. Él es liberal, masón. Sor Teodora no se espanta.





“Ella se asombraba de no estar todo lo horrorizada que debía en presencia de un extraño, y se admiraba de oír con agrado, más que con agrado con simpatía, la conversación del caballero desconocido”.4





Transición. Se percató enseguida de sus ensoñaciones. El peligro le hizo volver a la realidad. Don Jaime debía salir de su celda sin pérdida de tiempo.





Todo es relativo en esta vida: la monja pacifista es la espía de sor Teodora. Ve a Servet en la celda, y corre a denunciar su presencia a la madre abadesa. Y en ese momento se declara un terrible incendio en el convento. Cada una de las hermanas huye por donde puede. Un bulto se desliza por las paredes. Coge a una monja para salvarla de las llamas. El bulto se agita. Jaime Servet es denunciado y apresado por Garrote, su hermanastro, carlista.





Las monjas, horrorizadas, se reúnen. Falta una.





Viene ahora, querida señora, la parte más difícil de filmar: el protagonismo de Carlos Garrote, el coronel que ha viajado hasta allí para unirse als malcontents, a los desilusionados con el rey, a quien juzgan liberal y en manos de los masones. Garrote se ha hecho cargo de organizar la salida de las monjas del incendiado convento. Carlos Garrote es un trasunto de Tilín. Como este ha fracasado en sus amores, Genara Baraona, que no le importan mucho; y en la guerra. En Cataluña se siente traicionado por el rey, por el clero y por todo el mundo.





Aquella guerra dels malcontents fue una farsa. Como todas las guerras. Garrote, furioso, huye de Cataluña. Se lleva con él a su hermanastro, Jaime Servet. Antes ha salido Tilín conduciendo una pequeña tartana.





Un caballo, azuzado, corre como un poseso. Da saltos de vez en cuando. El cochero lo fustiga sin descanso. Qué magnífica la escena de la huida. Tilín llevándola a usted prisionera: La noche era obscura y serena; pero el horizonte se inflamaba a ratos con vivos relámpagos, indicio de tormenta próxima.5 Viaje alocado.





El paisaje, solitario, es de pesadilla. Zarandeada por el coche apenas si puede pensar. Está usted asustada como nunca en su vida lo ha estado. ¿Qué pretender hacer aquel loco? No quiere ni pensarlo. Tal vez se acordó usted de todo cuanto le dijo sor Monserrat en contra de las guerras y de los soldados. Lo que hicieron estos con las monjas de san Salomó es mejor callarlo. Escenas rápidas y violentas. Gritos, violaciones, degüellos.





Pedir socorro, implorar, ¿qué otra cosa podía hacer? Y utilizar las armas que tenía a su alcance. Momentos sublimes:





Viva o muerta, infame bandido, no arderé como tú en los infiernos...; estarás solo, y padecerás eternamente, siempre quemándote en tus sacrílegas pasiones, sin satisfacer en toda la eternidad la sed rabiosa de tu alma.6





Hacia el abismo azuza Tilín al caballo. No le importa el infierno. Sus ojos brillan en la oscuridad de la noche. Fieros relámpagos iluminan al sudoroso y negro caballo. Tilín lo golpea sin compasión. Música disonante.





Sé que soy malo, y lo soy por la monja. No puedo hacer otra cosa, no puedo hacer otra cosa, ni tampoco quiero hacerla, murmura Tilín, intentando tranquilizar su conciencia. Sor Teodora implora. Trató usted de herir la sensibilidad del ex sacristán. Este oye lejano galopar de caballos. Calcula distancias. Se sale del camino y el eje del coche se parte. Su salvación, sor Teodora. Nueva y definitiva frustración de Tilín. Ni la huida le está permitida al pobre hombre.





Se oye la campana de un monasterio.





Sólo mi fuerza de voluntad, que jamás se acobarda, es capaz de intentar este viaje con tales obstáculos... Si triunfo, Lucifer tendrá que darme tratamiento de Excelentísimo Señor.7





La tormenta se va alejando. Tilín no quiere dar su brazo a torcer, pero ha sido vencido. La campana de un convento próximo sigue sonando. Es la campana de Regina Coeli. La tropa se aproxima. Silencio. Luego, suenan, roncas, las palabras del derrotado:





Es usted libre. Pida usted hospitalidad a los frailes de Regina Coeli... Me confieso vencido. El Demonio se ha reído de mí.





Caminan los dos hacia el convento. Usted iba delante, a grandes pasos, abriendo la marcha. Y rechaza una y otra vez la compañía de Armengol. Pero Tilín también quiere pedir auxilio. Lo necesita. Está llegando a su fin.





Yo también quiero pedir hospedaje en Regina Coeli, yo también estoy cansado.





Ruinas. Lápidas sepulcrales que sirven de mesa en la única habitación, sin muebles, del convento. Dos frailes de 90 años, solos y sin ninguna comodidad. Y los guerrilleros y la tropa vivaqueando por el derruido claustro, o moviéndose por entre las pisoteadas tumbas. Resplandor de hogueras. Risas. La campana sigue sonando deteniéndose cada cierto tiempo. Al padre Martín de la Concepción le fallan las fuerzas. El padre Juanico la acompañó a aquella sala grande sin cerraduras ni muebles. Y allí se enteró usted de que la partida de Garrote, camino de Navarra, ha dejado en el convento al preso que incendió san Salomó. Debió quedarse usted de piedra. Pues sabía que el autor del incendio era Tilín. ¿Qué había sucedido? El lúgubre sonido de la campana se extiende por montes y valles. Es noche cerrada. Los soldados ríen.









V









LA MUERTE









Es más largo el tiempo durante el que debo agradar a los de abajo que el tiempo durante el que debo agradar a los de aquí arriba, pues allí yaceré por siempre8.





Sófocles, Antígona.









Carlos Garrote, a pocos metros del convento, se encuentra con un viejo conocido, don Francisco Chaperón, encargado de la represión absolutista. A este le revela el nombre del prisionero que ha dejado en Regina Coeli. Le pide encarecidamente que lo fusile. Él no lo hizo porque no pudo darle auxilios espirituales.





Ya en el convento, Chaperón ordena que fusile al reo a las seis de la mañana. Recibida la orden recuerda el guardián que usted, querida señora, quería visitarlo. Entra en su sala. Se cierra la puerta. Fundido sobre ella. Lo que hablaron no lo sabemos; pero quizás lo adivine el que siga leyendo.9





Sor Teodora sentada sobre las lápidas sepulcrales. Los codos en una tabla, y la blanca frente sobre los nudillos de las manos. Quietud total. Ansiedad y desesperación luego. Recuerdos de don Jaime en su celda, de su trato amable y educado. Sus ojos se preñan de lágrimas, que reprime. Tema musical. Suave.





No puedo permitir que muera. No. Él no incendió el convento.





Dos lágrimas ruedan por sus mejillas.





Me he hecho mujer. Tal vez aquel grito de terror proferido al ver profanada mi celda por el aventurero fue la última palabra de mi niñez.10





Cierra los ojos. Inmóvil murmura: No, no es lástima lo que siento. Es algo más...





Fue entonces cuando, y por última vez, volvió a aparecer Tilín ante su presencia. Usted ya no lo temía. Lo deja hablar, y cuando él le confiesa su fracaso, y que no le queda más que morir, es cuando concibe la idea: el reo es su hermano, y Tilín tiene que ocupar su puesto en el paredón a fin de salvarlo. A cambio le promete un amor eterno en el más allá. Acepta la muerte a cambio de esa promesa. Magnífica la conversación de los dos. En ella usted “jugaba con los sentimientos del pobre Tilín como juega el diestro con la fiereza pujante, pero ciega, del toro”.11 Y el ex sacristán, fracasado en toda la línea, cae abatido por los absolutistas en tanto Monsalud huye a uña de caballo. Se queda sola. Chaperón contempla el fusilamiento desde un balcón del convento. Antes de caer se ve hablando con usted.





¿De qué nace el amor sino de la admiración y de la gratitud? Cuando no nace de esto, es fútil capricho que se va tan pronto como viene.12





Detonaciones. Lágrimas. Partida de los soldados. Música sobre el cuerpo del derrotado Tilín. Sor Teodora en las puertas del abandonado convento. La cámara se aleja.





No, no iba a terminar aquí la película. Tilín acepta la muerte, no por justicia sino por amor. Eso dice él. Cree que usted cumplirá su promesa, y que estará con usted durante toda la eternidad. Era un hombre de fe. ¿Creyó usted lo que decía? ¿Creía usted en la eternidad? ¿Se imagina usted una eternidad con una persona a la que no se ama? Claro, le queda el recurso de pensar que la eternidad, pese a san Agustín, no tiene porqué ser igual que la vida en la tierra.





Sus palabras, querida sor Teodora, me llenaron de confusión. ¿No se le ocurrió pensar que Tilín se estaba suicidando utilizándola para eso? Creo que sí, creo que usted era consciente de la situación. No en vano le dice al pobre hombre estas duras palabras: considera cuán distinta es tu muerte de lo que habría sido dándotela a ti mismo con desesperación.13 ¿Temía usted que se suicidara? ¿Sabía usted que lo iba a hacer, y, muerte por muerte, salvó a Monsalud y le evitó a Tilín las penas del infierno? ¿Creyó usted todo esto? Pronunció usted palabras terribles, señora: “te aborrecí sacrílego; pero verdugo de ti mismo por la salvación de mi infeliz hermano, te admiro y te amo.”14





Ignoro cuántas lágrimas y horas de penitencia le habrán supuesto aquella terrible noche en Regina Coeli. Noche en la que descubrió la vaciedad de su vocación, el comienzo de una nueva. Con el paso del tiempo, que nada cura, debió de encontrar una cierta paz, o una sorda resignación, si es cierto que murió en olor de santidad. Quizás porque los hechos de aquellos días la dejaron anonada para el resto de su vida. Su conciencia, sin embargo, en Regina Coeli, no le perdonó nada: le tiró en cara su vida vacía, holgazana, sus ensoñaciones donde, por supuesto, aparecían Monsalud y su rival: la guerra. Comenzaba usted a conocerse. Mi corazón se llena de rabia y de ternura. ¿Qué podíamos haber hecho para evitarlo? El libre albedrío es una broma de mal gusto.





Tuve ganas de terminar sus aventuras. De hacer una película sobre usted.





Me imaginé una superproducción. Y esa sería mi contribución: partiría usted hacia Madrid en busca de Monsalud. Iba a ser el suyo un viaje iniciático, como el de Lucila Ansúrez cuando va en busca de su amado, Bartolomé Gracián15, o el de Clara cuando la expulsan las Porreño.16 El suyo, al contrario que estos, sería un viaje diurno. En Madrid, buscando a Monsalud, conocería usted, por supuesto, a Sole, la falsa hermana de Salvador que está enamorada de él, y se pondría en contacto con la bellísima Jenara Baraona, antigua novia de Monsalud, y mujer, aunque separada, de Carlos Garrote.





En su viaje hacia la capital se iba a tropezar usted con todos los horrores de la guerra. De alguna forma se iba a convertir usted en el trasunto de don Beltrán de Urdaneta y de su particular calvario.17 O de la monja ex claustrada de la que también se enamora un guerrillero, aunque este la mata suicidándose después. Es la misma historia vista desde otro ángulo. Asistiría usted a fusilamientos y barbaridades de todo tipo en nombre de la religión, del trono, del honor y de todas las palabrerías habidas y por haber. La barbarie y la miseria del país le harían dudar de todo.





En la capital hallaría un remanso de paz en El parnasillo. Sí, querida sor Teodora, quería que conociera a Larra y a Mesonero Romanos. Hablaría con estos dos personajes. Ellos, y dentro de lo que cabe, serían la fresca gota de agua en aquel infierno. Pero eso no la iba a calmar. Aquel no era su mundo.





“Sor Teodora debió conocer que era hermosa, extraordinariamente hermosa, porque el convento, a pesar de la disciplina y de todas las reglas, estaba lleno de pícaros espejos. Ignoramos lo que pensó la ilustre dama acerca de su impremeditado casorio con Jesucristo; pero la idea del honor y del deber estaba muy profundamente arraigada en su alma, y tenía por sí tanta fuerza que sustituyó la vocación. No pudo ser esto sin tormento interior, pues no hay, no puede haber sacrificio placentero, y al considerarse sepultada en vida y conformarse a ello, Teodora ponía sobre sus sienes una corona quizás de más precio que aquella de imaginarias espinas con que soñaba en la época de místico delirio.18





Siempre la ha imaginado, a partir de aquí, y hasta su llegada a Madrid, como una persona atormentada que, con el paso del tiempo, encuentra la paz y la conformidad consigo misma: ya no importa que el cielo exista o no exista; ya no importa la fe o la pérdida de la misma; importa, y ha importado, una vida tranquila, plácida en la que si bien no se ha vivido, ¿qué es esto?, tampoco se le ha hecho daño a nadie. No obstante, siempre aparece Tilín sonriendo





Sí, querida sor Teodora, me hubiera gustado muchísimo hacer una película sobre usted. Adaptar al cine la novela de Galdós. Seguramente hubiera sido un fracaso. Así que mejor no haberlo intentado. Yo también me vuelvo a mi convento. Vale.









1Benito Pérez Galdós, Un voluntario realista, cap. XIX





2Benito Pérez Galdós, Un voluntario realista, cap. XIX





3Benito Pérez Galdós, Un voluntario realista, cap. XX





4Benito Pérez Galdós, Un voluntario realista, cap. XXI





5Benito Pérez Galdós, Un voluntario realista, cap. XXVI





6Benito Pérez Galdós, Un voluntario realista, cap. XXVI





7Benito Pérez Galdós, Un voluntario realista, cap. XXVI





8Sófocles, Antígona, en Tragedias completas, Madrid, 1991. Traducción deJosé Vara Dorado.





9Benito Pérez Galdós, Un voluntario realista, cap. XXVIII





10Benito Pérez Galdós, Un voluntario realista, cap. XXIX





11Benito Pérez Galdós, Un voluntario realista, cap. XXX





12Benito Pérez Galdós, Un voluntario realista, cap. XXX





13Benito Pérez Galdós, Un voluntario realista, cap. XXX





14Benito Pérez Galdós, Un voluntario realista, cap. XXX





15Benito Pérez Galdós, Los duendes de la camarilla, caps. XVII, XVIII y XIX





16Benito Pérez Galdós, La fontana de oro, cap. XXXVII, “El vía Crucis de Clara”





17Benito Pérez Galdós, La campaña del Maestrazgo





18Benito Pérez Galdós, Un voluntario realista, cap. XVI



Etiquetas:   Amor   ·   Muerte

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