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En el centenario de don Benito Pérez Galdós. Carta abierta a sor Teodora de Aransis. I


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27/06/2020

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EN EN CENTENARIO DE DON BENITO PÉREZ GALDÓS










I









CARTA ABIERTA A SOR TEODORA DE ARANSIS









Vicente Adelantado Soriano





I









EL CONVENTO









Entendámonos, hijas mías, que la perfección verdadera es amor de Dios y del prójimo, y mientra con más perfección guardáremos estos dos mandamientos seremos más perfectas.





Santa Teresa de Jesús, Castillo interior.













Estimada sor Teodora de Aransis: mucho me ha costado vencer todas mis resistencias para atreverme, por fin, a escribirle a usted. Espero no molestarla con esta pequeña osadía. Durante meses y meses lo he estado meditando. A largo de este tiempo, en mi mente, le he escrito infinidad de cartas que no he llegado a plasmar. Le hago ahora, quizás abusando de su paciencia, y dudando un tanto de mi cordura. Espero que la lea con benevolencia. Y espero que no se espante con esta misiva, que presumo larga.





Desde que la conocí, hace de ello bastantes años, de una forma u otra, no he hecho sino pensar en usted. Al principio, cierto es, con desdén. Me resultó antipática por su decidido apoyo a la guerra, a los carlistas. Usted y toda la congregación. No tardó mucho, sin embargo, en cambiar: le bastó una conversación con el fanático Tilín, criado en su convento, y alentado por ustedes, para percatarse de lo que estaban produciendo.





Dicen que la estupidez no está en cometer un desliz, sino en mantenerse en él. Y usted, querida señora, no tardó en olvidarse de la guerra. Sentí una enorme simpatía por su persona.





La veo alta, esbelta, bellísima, de piel blanca y ojos negros. Y con una negra melena, aunque convenientemente oculta bajo la toca monjil. Tiene las manos blancas y los dedos finos y largos. Sus movimientos son todos de una enorme elegancia. Es una mujer culta y sensible.





A menudo la he imaginado llorando en su celda. La soledad, el abatimiento, el error…





No tenía familia. Los conventos fueron la triste solución para muchas mujeres en su misma situación.





En las ruinas de aquel convento, atacado por los franceses, disfrutaba usted de una vida tranquila y apacible, sin depender de nadie. Tal vez en un primer momento su vocación fue débil, tenue. Y quizás por eso se dedicó a otros menesteres muy alejados de la religión. Sirvieron, no obstante, para hacerle llevadera aquella vida de encierro y de soledad.





Tenía sus tertulias con las otras monjas y con la madre abadesa. Creían todas ustedes, menos una, y estaban convencidas de ello, de que estaban haciendo una gran labor escondiendo dinero, y tal vez armas, para la facción, los carlistas. La facción representaba para usted a quienes, en su imaginación, defendían su religión. Una religión, no obstante, que tiene entre sus mandamientos el de no matar. Usted, sin embargo, trabajaba en pro de la guerra. Sí, claro, la causa de Carlos V era la justa; la de los otros, los masones, la muletilla del siglo XIX, era la mala, la del Demonio. ¿De verdad se creyeron ustedes semejantes paparruchas? ¿De verdad cree que hay una guerra justa? Muchos frailes y muchas monjas así lo creyeron, aun por encima de los Mandamientos. De ustedes, en consecuencia, también se puede decir aquello de que otros pueblos tienen religión. Nosotros tenemos clero. Y este ha servido a muchos señores excepto al Único1.





En esta vida, querida señora, no se puede bajar la guardia ni por un momento.









II









LA GUERRA









No podía renegar de sus actos, ensalzados por medio mundo, y por eso debía renunciar a la verdad, al bien y a todo lo humano.





León Tolstoi, Guerra y paz.













Usted defendía la guerra con denuedo. “Bonito papel habría hecho San Fernando si, en vez de arremeter espada en mano contra los moros se hubiera puesto a rezar esperando vencerles con rosarios”.2 A la guerra había que responder con la guerra. Y a la pretendida falta de piedad, con fusilamientos y masacres.





Conciliar cualquier religión con el pacifismo ha sido una ardua tarea superada con creces. Se inventó la guerra justa. O propagar la palabra de Alá o la del Señor, o de quien sea. Siempre matando e incendiando. Dios lo quiere. Y desviando la atención: el sexo es el gran pecado, que no masacrar al gentil. Es tan nefasto el sexo que se exigen para ustedes una vida de castidad. Y sabe Dios, aunque comienza a salir a la luz, la cantidad de abusos de todo tipo que esa absurda norma ha propiciado. No, sinceramente, el sexo, como a algunos sacerdotes de su época, no me parece materia de pecado3. En los Evangelios no se le da tanta importancia No hay nada de malo, pues, en meter los dedos en el tarro de la miel prohibida4. Además, con el paso del tiempo, el sexo va perdiendo intensidad e interés. Y queda la ternura, querida señora, una inmensa ternura.





Lo que no pierde intensidad es el orgullo y el amor propio herido. Con ambos es imposible amar. Para hacerlo hay que despojarse de ellos, tener fe y ser humilde. Pero la humildad puede ser un insulto para las jerarquías. Así se vio con la vida del padre Nazario5. Condenado por los suyos. También en este caso les asiste Dios.





Hacer la guerra en nombre de Dios, o de Alá, es una burda justificación. Salvo si pensamos que los dioses son creaciones humanas.





Lo descubre usted misma, cuando se percata de que defender la guerra ha engendrado un personaje como Pepet Armengol, Tilín. No es eso lo que usted buscaba. Aborrece ahora, con toda su alma, el ser que ha propiciado. Y a saber cuántos habrá como él, o peores. Ha tenido la osadía de declararle su ferviente y frustrado amor. Huye despavorida y asqueada por el claustro. Tilín, sin embargo, querida señora, es digno de lástima. Otra vida rota por la loca de la casa.





Tuvo usted la suerte de contar con un gran historiador o cronista. Le bastan a este dos palabras para hacernos comprender la soledad de su celda, sus ensoñaciones y su vocación un tanto artificial. De ahí el desvío hacia la guerra. La trata con enorme cariño. Su humanidad se extiende hasta Tilín. Se comprende fácilmente.





¡Pobre Tilín! Es magnífica la escena en la que se relata el desmayo de este en la iglesia del convento. Recién llegado al cenobio asiste a su profesión. Está usted bellísima. En una larga ceremonia la van despojando de sus adornos. Y al oír el tris-tras de las tijeras, y ver sus negros cabellos caer sobre las baldosas, el pobre Tilín, un niño entonces de doce años, sufre un terrible desmayo. Nadie vio en aquel paroxismo lo que era: la muestra de un ferviente y sordo amor. Un amor herido ante la pérdida de su femineidad. Se lo confesará años más tarde en el claustro del convento:





“Pues digo que cuando le cortaron a usted el cabello sentí que una espada fría me atravesaba el corazón. Desde aquel instante la quiero a usted y la adoro más que si estuviera en los altares”.6





Le causaron horror tales palabras. Rechazado Tilín, no le queda a este más salida que la guerra. La que usted estaba preparando, quizás porque tampoco se veía muy aceptada por el señor de aquellos muros.









III









EL AMOR









Esto dije yo: lo que le faltaba a mi voz, lo suplía con mis sollozos.





Ovidio, Heroídas (Ariadna a Teseo)









Fue don Jaime Servet, seudónimo de Salvador Monsalud, el único que la hizo temblar de emoción. Llegó a su celda, herido, huyendo de la persecución carlista. Gracias a la cuerda que Tilín había dejado colgando del tejado del convento para poder raptarla.





Cuántas veces he visto aquella escena: don Jaime Servet entrando en su celda, poniéndole el puñal en el pecho y rogándole protección al mismo tiempo. Y su espanto ante un hombre, ¡el segundo! entre aquellas virginales paredes. Y su terror al ver, en carne y hueso, a la persona que tantas veces había poblado sus ensueños. El corazón debió brincarle de alegría. El miedo y la duda, sin embargo, la atenazaron Se produjo la terrible lucha: denunciarlo o salvarlo. Se inclinó por esto último.





Le salvó la vida dos veces. Y Dios sabe a costa de cuántas lágrimas. Tuvo que sacrificar para ello al ardiente sacristán, Tilín. Es usted una mujer digna de todo el amor y el respeto de este mundo, desde luego. Y da un poco de miedo, si me permite que se lo diga.





Leyendo su historia con cierta regularidad, he pensado, en infinidad de ocasiones, como si ello me fuera posible, en hacer una película sobre su vida. Una gran película. Una magnífica película.





Se rodaría en blanco y negro. Me resultaba difícil dar con quién la encarnaría a usted.





Tengo una buena amiga. Es alta, esbelta y elegante. Muy guapa y un tanto ingenua. Le hablé del proyecto de la película. Le dije que quería que fuera la protagonista. Se mostró escandalizada. Insistí. Hice que se leyera el episodio. Le gustó. Y comenzamos a hablar no de cómo hacer realidad el sueño, sino de planos, diálogos, exteriores, vestidos… Fueron unas horas inolvidables.





Ensayamos hasta el aburrimiento el diálogo mediante el cual convence usted a Tilín de morir fusilado. Mi amiga se metió en el papel. Nunca la vi más bella que durante aquellos ensayos. Este, sor Teodora, es el país del Quijote.





La película se iba a rodar en blanco y negro, por supuesto. O con la técnica utilizada por Haneke en La cinta blanca: rodar en color pero positivar en blanco y negro. Y, por supuesto, en cinemascope. Pensé, por unos momentos, en hacer yo el papel de Jaime Servet; pero temí las acerbas críticas de Larra. Mejor no tentar a don Mariano.





En la cinta se le iba a prestar mucha atención al pobre sacristán, a Tilín. Tilín, Pepet Armengol. Es el hombre apasionado, idealista, que no puede llevar a cabo ninguna de sus ilusiones: la guerra, que él considera heroica, se convierte en una amalgama de intereses y de rencillas, de envidias y de zancadillas de sacristía. No hay nada de glorioso en ninguna de las acciones emprendidas por los carlistas contra Manresa y su población... Esas escenas iban a hacer de la película una obra antibelicista. Se haría insistencia en el encuentro de Tilín con el jefe de la facción, Jep dels Estanys. Cuando Tilín espera por su anterior actuación honores, felicitaciones, empresas más arriesgadas, Jep le manda que le limpie sus botas llenas de barro, y que vaya a comprarle tabaco. Tilín siente que le falta la tierra bajo sus pies.





En esa guerra, como en todas, no hay ningún idealismo, ninguna idea grande; todo son menguados intereses de sacristía. Y Tilín, asqueado, vuelve sus ojos hacia su otra gran pasión. Huye con el caballo de Jep, y se va al convento en busca de sor Teodora, el único amor de su vida.





“¿Cree la señora que me satisface esa guerra mezquina, guerra de estúpidos y de salteadores?... No, yo no quiero mandar somatenes, sino ejércitos”.7





No pensé en ningún actor para el papel de Pepet Armengol. Los veía a los dos, a usted y a él en el claustro. El niño se aburre. Y usted le hace un gorro de papel y una espada de caña. Él la quiere de hierro. Y se siente un personaje ridículo. El nombre hace al hombre. Trinar de pájaros. Una fuente. Pepet y su amargura:





“No, yo no concibo un libro de historia que se titule De la conquista de tal o cual reino por Tilín I, o Relación de la batalla que ganó Tilín al emperador Fulano”.8





En aquella guerra nada tenía que hacer Tilín. No le quedaba más refugio que sor Teodora. Pero esta también lo rechaza. Tilín no se engaña: Me faltan alas, me sobra espacio.9





Hace falta un buen actor. No debe resultar fácil decir con pasión y verosimilitud, Monja, yo te amo. Y filmar los sentimientos de usted, o las bellas palabras de su cronista:





“No obstante, el espíritu de la buena religiosa estaba absolutamente limpio de pecado en aquel negocio, y ni con fugaz idea ni con vano pensamiento era cómplice de la execrable pasión de Armengol. Por el contrario, el atrevido sacristán representósele desde aquel instante como un ser aborrecible, digno de los más crueles castigos”.10





¿Por qué digno de los más crueles castigos? ¿Se es culpable por enamorarse? ¡Pobre Pepet! Hasta el autor lo condena. Yo estaba dispuesto a salvarlo en la película





Haría lo imposible por dejar claro que don Benito supera con creces el folletín: se explica perfectamente bien, visto todo lo anterior, que Tilín acepte la muerte poco después, cuando también fracasa en su amor por usted.





Su fusilamiento es un suicidio. Tilín no puede conseguir nada de cuanto desea. Desengañado de todo, pues, de la guerra y del amor, acepta la muerte con la esperanza, alimentada por sor Teodora, de un amor eterno en el más allá. Le prometió usted que estarían juntos durante toda la eternidad. Armengol, con esa esperanza, recibe los balazos en el pecho. Muere en lugar de don Jaime Servet, de Salvador Monsalud. Huye este, muere aquel, se van los soldados. Sor Teodora se queda sola a en el lejano convento de Regina Coeli. Panorámica sobre el agreste paisaje. Adagio de Bach. Con chelo.





1Nikos Dimou, La desgracia de ser griego. Barcelona, 2012. Traducción de Vicente Fernández González. P. 64-65





2Benito Pérez Galdós, Un voluntario realista, cap. V





3“Por esta debilidad, que es imperio de la carne, no se va al Infierno. Se va por la crueldad, por el no socorrer a nuestros semejantes cuando están necesitados, por levantar falsos testimonios, por la usura, la ira y la soberbia.” Palabras que Graziella pone en boca del cura que la alimenta. Amadeo I, cap. X.





4Benito Pérez Galdós, Carlos VI en la Rápita, cap. XXII





5Su vida está relatada por Pérez Galdós en Nazarín, novela escrita 1895.





6Benito Pérez Galdós, Un voluntario realista, cap. XII





7Benito Pérez Galdós, Un voluntario realista, cap. XI





8Benito Pérez Galdós, Un voluntario realista, cap. IV





9Benito Pérez Galdós, Un voluntario realista, cap. XI





10Benito Pérez Galdós, Un voluntario realista, cap. XI



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