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En el centenario de don Benito Pérez Galdós. Un voluntario realista (Segunda parte)


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19/06/2020

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III










UN AMOR IMPOSIBLE









Amor sin temor y sin miedo es fuego ardiente y sin calor, día sin sol, cera sin miel, verano sin flor, invierno sin hielo, cielo sin luna, libro sin letras.





Chrétien de Troyes, Cligés.









Tilín, recorriendo la comarca en busca de animales, voluntarios y dinero, hace prisionero a quien será su rival, y por quien morirá. En ese momento lo ignora. El prisionero lo engaña, logra escapar, y ofrece unas reflexiones sobre el país que tardarán muchos años en perder vigencia, si es que la han perdido. Preludian las amarguras de Amadeo de Saboya, futuro rey de España:





“Esto no tiene enmienda por ahora, ni hay alquimia que de esta basura haga oro puro. […] Un puñado de hombres refugiados en Inglaterra se empeñan en librar a su país del despotismo, y mientras ellos sueñan allá, ese mismo país se subleva, se pone en armas con fiereza y entusiasmo, no porque le mortifique el despotismo, sino porque el despotismo existente le parece poco y quiere aun más esclavitud, más cadenas, más miseria, más golpes, más abyección”1.





Siempre hemos estado faltos aquí de voces potentes que se negaran a usar las armas no ya contra sus semejantes, sino contra sus mismos vecinos. Hay un cierto placer el ser más bestial cuanto más vecino es el prójimo que no piensa como se debe pensar. Cualquier excusa es buena para masacrarlo: la religión, una lengua, el capricho de una familia real, etc. Y siempre los mismos tópicos, aunque cambiando de nombre: judíos, marranos, erasmistas, masones, terroristas, rojos, herejes, ateos… Le surge al ex prisionero de Tilín la inevitable comparación: don Quijote, la lucha por un ideal. Se siente derrotado ante un país de frailes y guerrilleros hambrientos de esclavitud. “Patria querida, me repugnas”2, concluye.





En unos pasajes admirables, Galdós nos describe las dudas de este personaje. Está a punto de dirigirse a la frontera y abandonar la misión que lo ha traído a España. Pero reconoce, con una mentalidad que le honra, que no todos los frailes son guerrilleros, ni toda Cataluña es absolutista. Decide, pues, continuar su misión. La cual lo lleva a Solsona. Allí acude también Tilín llamado por su superior. En Solsona va a sentir por primera vez las envidias y temores de sus superiores. Los buenos defensores de la religión no estaban exentos de ellas. Pixola, su superior, que ha descubierto que el viajero era un liberal, castiga a Tilín a permanecer en la ciudad cuidando los presos, entre los que está el viajero.





Tilín pasa largas horas en el convento haciendo trabajos y contando sus aventuras. Y poco a poco va descubriendo su pasión por sor Teodora. Esa pasión se ha ido acrecentando con los años. Siente por ella un respeto rayano en lo supersticioso. Ha perdido, no obstante, la delicadeza que tenía antes con ella. Y no se engaña con respecto a la guerra: él soñaba con grandes hazañas y ejércitos, no con partidas de bandoleros. Sor Teodora trata de calmarlo. Este, por la noche, le sale encuentro en la iglesia para dar rienda suelta a su pasión:





“Monja, yo e amo”3 -le espeta provocando un ataque de pánico en la hermana. Superado el pánico considera a Tilín un ser enteramente aborrecible.





Este hecho, que juzga una brutalidad por parte del ex sacristán, lleva a sor Teodora a considerarse culpable de cuanto está aconteciendo. Tilín es un brutal aviso de lo que es la guerra, cosa en la que ella no debería haberse involucrado. Ya se lo advirtió la anciana monja a la que nadie quiso escuchar:





“¿Qué era Tilín sino la personificación monstruosa de aquella misma guerra salvaje, de aquel bando osado, violento, sedicioso, rebelde a toda ley?”4.





Lo sucedido, cree ella, era el castigo por haber olvidado la ley de Dios, y la santidad de la Orden consagrándose a preparar la guerra. Sor Teodora pasa la noche en oración y flagelando sin consideración sus bellísimas carnes. Galdós aprovecha el momento para introducir una suave ironía sobre el autor omnisciente:





“Sin embargo, como testigos presenciales, podemos asegurar que los instrumentos de mortificación usados por la madre Teodora de Aransis no eran de los más destructores, y que cualquiera podría hacerse santo con ellos sin riesgo de perder la vida temporal”5. Tal como Sancho Panza desencantando a Dulcinea, que abofeteaba los árboles en lugar de sus rollizas nalgas.





Al día siguiente, en el claustro, Tilín vuelve a insistir en su declaración. Parece la de un loco. Tilín ha ido a hacer unas reparaciones en una parte del tejado del convento. Hecho el trabajo, se despide de la monja diciéndole que se verán antes de lo que ella imagina. Lo repite varias veces para que no quepa ninguna duda. Sor Teodora se asusta.





Poco a poco se van descubriendo las entrañas de los apostólicos. Sor Teodora, merced a la declaración de Tilín, ha descubierto la brutalidad del guerrero. Tilín no obedece las órdenes de su superior. Se va a Manresa para participar en la batalla que se avecina. Se entera de que la plaza se va a rendir por traición, y recibe el glorioso encargo de limpiar las botas del general Jep dels Estanys, e ir a comprarle tabaco. Empieza a vislumbrar lo que se cuece:





“Ni esto es guerra, ni éstos son soldados, ni esto es causa apostólica, ni esto es decencia, ni esto es valor, sino una farsa inmunda”6.





Cada vez la situación se va degradando más y más. Tilín ya no ve en la causa sino miseria y mezquindades. Así concluye Galdós el episodio de su estancia en Manresa tras la alocada declaración a son Teodora:





“Aquella guerra no era una guerra; era un campaña de rencillas, de insultos, de miserias, de contiendas mezquinas, semejantes a las disputas de las verduleras”7. Al fin y al cabo se luchaba por quien oía misa todos los días.





Y una vez más, Tilín, asqueado, incumpliendo órdenes, con el caballo del mismísimo Jep dels Estanys, huye a Solsona. Ebrio de rebeldía ordena que todos los presos sean puestos en libertad. Entre ellos está su antiguo prisionero. Sor Teodora se asusta al enterarse de su llegada.









IV









EL RAPTO









EL REY.- Todo es inverosímil en tu cuento.





MAESE LOTARIO.- Señor, siempre son inverosímiles las historias de amor.





Ramón María del Valle-Inclán, Farsa italiana de la enamorada del rey.









Sor Teodora habita una celda del convento semiderruido. Apenas se han reparado los destrozos de los franceses. Sor Teodora ocupa una celda aislada en lo que se conoce como La isla, debido a que las contiguas a la suya han desaparecido. A los tres o cuatro días, principios de octubre de 1827, de haber llegado a Solsona, una noche Tilín, provocando el consabido terror, se presenta en la celda de sor Teodora.





“Sor Teodora no pudo gritar; cayó desfallecida en una silla, cerró los ojos, y sus brazos se estiraron trémulos como para apartar algo terrible”8. Tilín ha ido a pedirle perdón por su alocada declaración, a besar las baldosas que ella pisa, y a decirle que, despreciado por unos y por otros, los perros son más felices que él. Sor Teodora lo desprecia. Tilín huye lleno de rabia y coraje. Derramando lágrimas.





La monja pasa la noche en vela, orando, mortificándose o tratando de leer. Al día siguiente el desasosiego puede con ella. No la deja parar ni un momento. Nos advierte el narrador que





“aquel desasosiego, aquel constante mudar de ocupación, aquella caprichosa inconstancia en los empleos que había de dar a su fantasía y a sus manos, eran fenómenos que se repetían invariablemente todos los días desde hacía algún tiempo”9.





Ello es debido, entre otras causas, a su apartamiento de las intrigas y cosas de la guerra. Se ha quedado desocupada. No consigue dar con nada que llene ese vacío. Se cuestiona su vocación, parecida a un amor juvenil o al estallido de fuegos artificiales. Sor Teodora languidece en el convento, “como la imagen del sol de mediodía reflejada en el fondo de un pozo”10. Trata, no obstante, de reponerse, y de hallar el lugar por el que se coló en celda el malvado Tilín.





Al salir este del convento, utilizando una soga que colgó el último día que estuvo trabajando en la santa casa, se tropieza, de nuevo, con su ex prisionero. Tilín le hace jurar que no dirá nada de su escalamiento. Hablan ambos hombres, quedando concertados en intercambiar un caballo, para el prisionero, a cambio de una tartana para Tilín. Ambos piensan huir de Solsona.





Pero al ir a recoger el caballo, el nuevo amigo de Tilín se encuentran con viejos conocidos que lo persiguen. Están a las órdenes de su hermanastro, furibundo guerrillero carlista. Huyendo de ellos va a dar con la soga por la cual se descolgó Tilín cuando salió de la celda de sor Teodora. A ella se acoge nuestro héroe.





Don Benito era un perfecto y concienzudo novelista. No cabe duda. Poco a poco va dando cuenta de toda una pequeña serie de detalles que, al final, formarán una tupida red creando todo un mundo tan coherente como perfecto. Asombra que el término medio de escritura de cada Episodio fuera de dos meses o poco más. Tal vez el tiempo dedicado a la preparación y recopilación de datos fuese mucho mayor.





Trepando por la cuerda, y moviéndose por entre las sombras, el fugitivo va a dar con el aislada celda de sor Teodora. La buena monja no gana para sustos. Pues este entra en ella poniéndole el puñal en el pecho. Se produce un diálogo digno del mejor de los folletines. Él pide perdón por la forma en la que ha entrado; ella lo rechaza indignada; él descubre que está herido; ella lo cura con sus finísimos dedos.





“El semblante de la religiosa era todo compasión, y el del aventurero gratitud”11.





El diálogo que transcurre entre ellos es una verdadera maravilla. Poco a poco la monja va cediendo en su enfado. El fugitivo le descubre que es liberal. Jacobino apostilla ella. Pero recuerda que también su hermano lo es. Decide ocultar al fugitivo, pese, o por ello mismo, a que este se niega a revelarle el objeto de su ida a Solsona. Sor Teodora siente cierta simpatía hacía él.





Pese a lo folletinesco de la situación, los personajes galdosianos nunca son de una pieza. Así la monja que se opone a la guerra, la pacífica que se enfrentó a sor Teodora es, al mismo tiempo, una mujer llena de envidas y rencores. Y estos recaen sobre la de Aransis: la vigila continuamente. La espía a través de un agujero de la celda. Y a través de él ve al fugitivo. No dando crédito a sus ojos va a referírselo a la madre abadesa. Pero en ese momento se declara un incendio en el convento. Es este de tal magnitud que cada uno salió por donde pudo. El convento desapareció entre las llamas. Se reúnen las monjas. Se cuentan, se llaman. Falta sor Teodora.





La monja pacífica cree que ha sido el fugitivo quien ha prendido fuego al convento. Lo denuncia ante el furibundo guerrillero Carlos Garrote. Lo apresa. Garrote, como Tilín, se siente engañado: Fernando VII ha llegado a Cataluña, y quiere que todos entreguen las armas. Garrote se niega a ello: él lucha por el otro rey, el que oye misa todos los días, por la verdadera Religión. Renunciando a sus charreteras sale, con sus ayudantes, camino de Álava. Se llevan al prisionero con ellos. Quieren nombrar a Tilín sustituyo suyo; pero nadie lo ha vuelto a ver. Participó, no obstante, en el traslado de las aterrorizadas monjas en medio de las llamas.





Don Benito, llegados a este punto, interrumpe el relato para hacer un excurso sobre aquella sublevación apostólica de 1827. La define como la intriga más repugnante de las habidas desde el motín de Aranjuez. Ni los historiadores saben cómo se inició ni porqué se terminó. Fernando VII hizo fusilar a todos los cabecillas que pudieron dar razón de dicho levantamiento. Sirvió, no obstante, para preparar el terreno para las guerras carlistas. Algunos cabecillas se levantaron por eso mismo, por un cambio de monarca. Querían Carlos María Isidro de Borbón, que oía misa todos los días. De ahí la intervención del Rey Felón. Al pedirles, por la llegada de este, que entreguen las armas, se sienten traicionados. Eso mismo determinó su exterminio.





Volvemos a Pepet y a sor Teodora. Este, aprovechando el incendio del convento, la ha raptado. Se la lleva en una tartana a su morada en el Cadí. Lo sacaron de allí para hacerlo sacristán.





Todo cuanto sucede a partir de este punto no hace sino poner, bien a las claras, que don Benito era un excelente novelista.





Huyendo Tilín, llevando raptada a sor Teodora, se desvía del camino, pues oye a una tropa cercana que va detrás de ellos. El eje de la tartana se rompe, y sor Teodora huye hacia una mole, en la cual suena una campana. Es el convento de Regina Coeli, habitado por dos nonagenarios frailes. Tomado, en ese momento, por una partida realista. La comanda don Pedro de Guimaraes, conocido de la monja. Allí le dan cobijo a sor Teodora. Y allí ha ido a parar Carlos Garrote con su partida. Entrega las armas, dada la inferioridad de su partida. Y también entrega al prisionero, acusado de incendiar el convento de san Salomó. Da la orden de que sea fusilado. Después de los auxilios de la Iglesia, que él no le puede dar: no lleva ningún sacerdote en su partida.





Continuando su camino, Garrote se tropieza con la partida de Chaperón12. Le encarga a este que fusile al reo que ha dejado en Regina Coeli. Y, por fin, nos revela el nombre del joven que entró, puñal en mano, en la celda de sor Teodora: Salvador Monsalud. Es el protagonista de la segunda serie de los Episodios. Aunque ahora el protagonismo, como también en la primera serie, es compartido con otros personajes13.





Sor Teodora se entera de que van a fusilar a Monsalud. A las seis de la mañana. Quedan pocas horas. Pero en tan breve espacio de tiempo hace lo imposible por salvarlo. Sor Teodora se ha enamorado:





“No podía de ningún modo asentir a que pereciese aquella figura airosa y gallarda, aquel mirar dulce y penetrante, aquella discreción y urbanidad del lenguaje. […] Después de doce años de claustro, de calma y de tibia y rutinaria devoción, Teodora de Aransis perdía toda su entereza y su paz espiritual por la presencia de un desconocido.”14





Lo que sigue son unos capítulos preciosos, maravillosos, puro folletín: sor Teodora convence a Tilín, que la ha seguido, para que ocupe el lugar de Monsalud en el paredón. Le promete, a cambio, que estarán juntos durante toda la eternidad en el cielo. El sacristán, metido a guerrillero, acepta el tal sacrificio. La monja le ha dicho que Monsalud es su hermano. Tilín, todavía de noche, es fusilado. Monsalud huye a uña de caballo a cumplir con su misión jacobina. Y sor Teodora se queda sola en Regina Coeli. Y así termina este apasionante episodio.





Con esa afición tan de don Benito, de cruzar y entrecruzar personajes, el final de sor Teodora de Aransis es relatado en La desheredada, novela de 1881, capítulos 10 y 27. Vale.









1Ibidem, cap. IX





2Ibidem, cap. IX





3Ibidem, cap. X





4Ibidem, cap. XI





5Ibidem, cap.XVI





6Ibidem, cap. XIII





7Ibidem, cap. XIV





8Ibidem, cap. XV





9Ibidem, cap. XVI





10Ibidem, cap. XVI





11 Ibidem, cap. XX





12Este personaje aparece enteramente retratado en El terror de 1824. Ahora se limita a hacer un canto y elogio de un general apostólico, que con sus exageraciones infunde tanto terror como risa. Era capaz de compaginar la crueldad más absoluta con la misa diaria. En acudir a ella cifraban los apostólicos todos las virtudes habidas y por haber. Eso de la fe sin obras es una fe muerta, lo interpretaron como que había que fusilar a todos los negros, los liberales. Se dieron buena maña en ello.





13Gerona, primera serie, no está narrada por Gabriel Araceli sino por Andresillo Mariguán. Araceli no podía asistir a todos los lugares. Galdós tuvo problemas de verosimilitud. De ahí la intervención de varios protagonistas.





14Un voluntario, cap. XXIX



Etiquetas:   Religión

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