Red de publicación y opinión profesional
Política · Economía · Sociedad · Cultura · Ciencia · Tecnología ·
Últimas etiquetas:   Poesía   ·   Andrés Manuel López Obrador   ·   Naturaleza   ·   Ecología   ·   Economía   ·   Pandemia   ·   Crisis Económica   ·   Reseña   ·   Quintana Roo   ·   Cámara de Senadores



En el centenario de don Benito Pérez Galdós. Un voluntario realista (Primera parte)


Inicio > Ciudadanía
19/06/2020

201 Visitas



I










UN CONVENTO DE MONJAS Y UN SACRISTÁN









Pues estamos también sujetas a comer y a dormir, sin poderlo escusar -que es harto trabajo-, conozcamos nuestra miseria y deseemos ir adonde nadie nos menosprecia.





Santa Teresa de Jesús, Moradas del castillo interior.









Un voluntario realista es el octavo episodio de la segunda serie de los Episodios nacionales. Está fechado en Madrid entre febrero y marzo de 1878. Tenía, pues, don Benito 35 años cuando lo escribió. La acción del episodio se desarrolla en 1827 en la ciudad de Solsona (Lérida). Es este un episodio que roza el folletín por no decir que lo es, sobre todo en su parte final.





En él se narran varios años de la vida de sor Teodora de Aransis, una monja bellísima, atrapada en el laberinto de la guerra de Cataluña o dels Malcontents. Galdós hace un magistral retrato del alma de esta mujer zarandeada por los acontecimientos en los que participa, y a los que no les hace ascos. En un primer momento.





Comienza el episodio de forma realista. Con una magnífica panorámica se da cuenta de los alrededores de Solsona, de la riqueza de sus tierras y de sus bosques. Se centra luego en la ciudad. Se habla de la catedral y de los conventos que posee la villa. Y, lógicamente, de los desmanes cometidos por los franceses allá por el mes de septiembre de 1810 en las santas casas. Las heridas no habían cicatrizado:





“también pusieron mano en los conventos, encariñándose demasiado con los de religiosas, donde cometieron desafueros que mejor están callados que referidos”1.





De entre estos conventos, terminando con la panorámica, don Benito se fija en el de San Salomó, obra de 1573.





Este cenobio fue saqueado y derribado en parte. Estaba ubicado en las afueras del pueblo. Era una heterogénea mezcla de estilos. Y en su interior no reinaba la pobreza. Pertenecía a la orden de las dominicas, que no eran muy amigas de la pobreza. Se encargaba de recoger a las señoritas nobles que la vocación, los amores desgraciados, o el no saber qué hacer con ellas sus familias, las separaba del mundo. En el claustro seguían siendo nobles; allí no se admitía a otro tipo de mujeres. Y estas tenían sus particulares prerrogativas, mesa aparte, criadas, golosinas, etc. Por ellas no había pasado santa Teresa de Jesús ni su reforma carmelita. Eran, además, famosas por su cocina.





Dicho convento, donde no reina la paz entre sus moradoras, tiene un sacristán, don José Armengol. Este, ya mayor, ruega a las hermanas que acepten a un nieto suyo como su sucesor en la sacristía. Las monjas lo hacen. Y es así como Pepet Armengol entra al servicio de las hermanas a la temprana edad de doce años.





Pepet, arrancando de las montañas del Cadí, por donde corre libre como un gamo, es trasladado al convento; este le produce más pavor que devoción. No obstante, con el tiempo se calma, y las monjas le parecen unas buenas señoras. Es durante una ceremonia solemne, en medio de cánticos, cirios, más de doscientos, oro, encajes y pedrería cuando





“el estupor del sacristán en ciernes llegó a su colmo al ver que entre la fila de las monjas arrodilladas en la delantera del coro apareció una joven de sorprendente hermosura”2.





La joven parece una estatua. Va vestida con ricos ropajes y lleva collar y pendientes. Sus cabellos son largos y negros. Pepet ve con estupor cómo la van despojando de todo adorno. Y como, con unos rápidos tijeretazos, la privan de sus cabellos. Salta indignado en medio de la ceremonia, grita y pierde el sentido. Al recuperarse





“sintió que en su espíritu entraban de rondón ideas nuevas, y que conciencia empezaba a sacudirse y a resquebrajarse como un gran témpano que se deshiela”3.





La joven profesa es Teodora de Aransis y Peñafort, sobrina del conde de Miralcamp. Entra en el convento casi al mismo tiempo que Pepet.





La infancia, como casi todo en esta vida, tiene sus propias reglas. El joven sacristán, hecho a las correrías por los montes y los ríos, enfermó encerrado entre aquellas venerables paredes con tanta monja. Ante su enfermedad, la madre abadesa permite que salga a jugar con los niños de su edad. Estos se reúnen en el río, donde arman guerras y batallas. Pepet no tarda en demostrar su superioridad en tales juegos.





La convalecencia fue larga y penosa. Un día, en el claustro, sor Teodora lamenta no tener un juguete para él. Quiere ver al niño alegre. Le pregunta qué es lo que desea. Pide un tambor. La monja corre a su celda y sale con un sombrero de papel y una espada de caña. Se la ofrece a Pepet. Este la rechaza:





”La espada que yo deseo no es de caña, sino de hierro”4.





Cabe recordar que el episodio está ambientando en 1827. Reinaba Fernando VII, el Rey Felón, monarca absolutista contra el cual se está levantando una buena parte del país. Lucha esta parte a favor de su hermano Carlos, que oye misa todos los días. Cree esa parte del país que el rey está abriendo la mano en demasía en favor de los liberales. Ellos y los masones, la muletilla del siglo XIX, están minando el Trono y la Religión. Tres años antes, sin embargo, en 1824, se produjo todo lo que Galdós tildó de terror: ejecuciones, persecuciones, inestabilidad, y conspiraciones para una guerra que se estaba larvando en conventos y tertulias a pasos agigantados. Parte de Cataluña se sublevó contra el rey. Su hermano, Carlos María isidro de Borbón, que oía misa todos los días, consideraba que este era demasiado blando con los liberales y muy poco benévolo con los apostólicos. En Cataluña alentará la Guerra dels Malcontents. Es un movimiento ultraconservador. Pepet tomará parte muy activa de esa guerra que está al caer. Pronto tendrá, pues, su espada de hierro. Sor Teodora lo alentará en sus aspiraciones a favor del pretendiente, que oía misa todos los días.









II









LA ESPADA DE HIERRO









Pues nadie es tan estúpido que prefiera la guerra a la paz, que, en esta, los hijos sepultan a los padres, mientras que, en aquella, son los padres quienes sepultan a los hijos.





Heródoto, Historia.









Conforme van pasando los años, va cambiando el carácter de Pepet. Como si fuera él quien hubiese profesado, en vez de hacerlo sor Teodora, es a este a quien le trastocan el nombre. Debido a que los franceses acabaron con las campanas del convento, las monjas utilizan un menguado esquilón para llamar a los oficios. Al manejarlo Pepet, lo bautizan con el nombre de Tilín.





Ha cumplido 18 años. Se ha hecho un fanático de la religión, y gusta de leer libros de historia. A menudo, olvida sus quehaceres de sacristán. Estrecha también su relación con sor Teodora. A esta, en el claustro, le confiesa su vocación guerrera, su ardor bélico, contrapuesto totalmente a la sotana de sacristán que viste.





“La monja lo miraba atentamente, y mirándole resolvía en su cabeza atrevidos y desusados pensamientos, que rara vez, como no sea en España, ocupan el amodorrado cerebro de una religiosa. No decía nada por temor de decir demasiado con una sola palabra.”5





No se puede decir con menos palabras, ni con más elegancia, lo que estaba pasando por muchas cabezas “religiosas” y lo que estaba sucediendo en muchos conventos de España. En especial en el de san Salomó. Tilín quiere guerra, pero hay paz. Sor Teodora lo desengaña: ella no ve más que guerra, pues “los masones tienen minado el Trono.”6 No se detiene ante el tópico la monja:





“Todo está por hacer: con la derrota de los liberales no se ha conseguido casi nada; todo está, pues, del mismo modo: la Religión por los suelos, la Inquisición sin restablecer, los conventos sin rentas, los prelados sin autoridad”.7





Una parta de la sociedad, por inverosímil que parezca, clamaba por la vuelta de la Inquisición. Para sor Teodora, que la añora, todo el aparato del estado está, además, en manos de los masones. Hasta el mismo Trono. Y, por supuesto,





“Contra la masonería, que es el gobierno de Satanás, se levantará la Religión, que es el gobierno de Dios”8.





Siempre que a la Iglesia no le gusta algo, ese algo pertenece al gobierno de Satanás, que es el malo. Curioso que, últimamente, en pleno siglo XXI, un ex ministro y un arzobispo señalen al diablo como el origen del mal, es decir de aquello que les molesta a ellos de este sufrido país. Hay personas que parecen sacados de los peores personajes de los Episodios nacionales. Por supuesto, sor Teodora se decanta por el carlismo. La Iglesia y el progresismo están reñidos. Aunque en los viejos tiempos no tenían Inquisición. Algo de progreso sí que ha habido, por lo tanto.





Pronto se entiende, por la visita de un señora noble al convento, lo que quiso decir el narrador al afirmar que Sor Teodora, cuando habla con Tilín, “no decía nada por temor de decir demasiado con una sola palabra”: las monjas están intrigando a favor de la guerra. Todo el clero está movilizado, no en busca de la paz, faltaría más. Por si fuera poco, cuentan, curas, frailes y monjas, más el beaterío profesional, con el beneplácito de la Santa Sede. Así lo afirma la noble señora, por la herencia, que visita a las monjas. En los conventos se guarda el dinero de la facción. Y se alienta la guerra, de las que casi todas las hermanas son partidarias.









¡Guerra! clamó ante el altar

el sacerdote con ira;9









No obstante, ahora, al igual que en Napoleón en Chamartín10, tampoco falta la voz discordante de una anciana monja:





“Todos los lectores de Vich y todos los prelados de la cristiandad no me convencerán de que la causa del Señor y el triunfo de la Fe hayan de conquistarse con guerras, violencias, brutalidades y matanzas”11.





Sus palabras sonaron “como palabras salidas de la tumba”. A ellas se opuso la vibrante voz de sor Teodora. Esta hace una encendida defensa de la guerra. Le responde la anciana recordando los horrores de la invasión francesa. Sor Teodora es muy joven; no conoce, ni de lejos, lo que es capaz de hacer el hombre cuando no tiene que rendir cuentas ante nadie. Destrucción, saqueos, robo, violaciones, muerte... La discusión se agría entre las dos hermanas.





Con razón la Inquisición, que querían restablecer las dominicas, prohibió las obras de Erasmo de Rotterdam:





“No hay paz tan inicua que no sea preferible a la más justa de las guerras”12. Y aquella sublevación no era ni eso.





La guerra, poco después, la predica abiertamente un fraile. Y aparece Tilín vestido de militar, con charreteras y sable. De hierro. Sus hazañas comienzan por apresar a un viejo coronel y hacerse con sus armas. Eso lo eleva por encima de la tropa. Su sueño comienza a convertirse en realidad. Es encargado de reclutar tropas, animales, armas y dinero. Cumple la orden a rajatabla:





“Respetado y temido, Tilín avanzaba en su empresa y fué terror de los pueblos y brazo potente de la insurrección en aquella agreste comarca, donde reclutaba zorros para hacer de ellos leones”13.





Al fin y al cabo ya tenía lo que tanto había deseado: guerras y muertes. Empeñado en imitar a los héroes de la antigüedad, no se había preguntado, ni falta que le hacía, qué sintieron aquellos pueblos a los que atacaron los personajes que tanto admiraba: Alejando Magno, César, Hernán Cortés, etc. Ni que decir tiene que la defensa de la religión, de una visión de la misma, no fue sino excusa para masacrar a personas que tuvieron la desgracia de tropezarse con estas alimañas.





Con el estudio de la historia y del latín, que rechaza el ex sacristán, se debería enseñar las brutalidades de la guerra. Contrasta Tilín con Fernando Calpena, protagonista de buena parte de los episodios de la tercera serie. Educado este último por un sacerdote, le inculca la importancia del latín, es un gran admirador de Cicerón, de la moral y de la estética14.





Tilín, como el resto de los jefes de la facción, no se plantea sino que Carlos María Isidro oía misa todos los días. Y por él y por eso había que matar y morir. Sin dejar hablar a los otros. Por desgracia solo nos queda la voz de los vencedores. Don Benito, no obstante, hace hablar a los vencidos una y otra vez a lo largo de los Episodios. Cosa que es muy de agradecer. En otros ámbitos su obra sería de lectura obligatoria y gozosa para niños y políticos. Algún día sucederá. Como dice el fugitivo hablando con Tilín “es propio del tiempo tardar”15.





1Un voluntario realista, cap. I





2Ibidem, cap. II





3Ibídem, cap. II





4Ibídem, cap. II





5Ibídem, cap. IV





6Ibídem, cap. IV





7Ibídem, cap. IV





8Ibídem, cap. IV





9Bernardo López Gaarcía, Oda al dos de mayo.





10Napoleón en Chamartín, cap. XXII





11Un voluntario realista, cap. V





12Erasmo de Rotterdam, Querella por la paz.





13Un voluntario… cap VII





14Para más información, Vicente Adelantado Soriano, Algunos aspectos de los los Epìsodios nacionales de D. Benito Pérez Galdós, Isidora, n.º 18, p.25 y ss





15Ibidem cap. XVII







Etiquetas:   Guerra

Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

0 comentarios  Deja tu comentario




Comienza
a leer


Un espacio que invita a la actualidad e información
 

Publica tus artículos


Queremos ser tus consejeros y tu casa editorial

Una comunidad de expertos


Rodéate de los mejores y comienza a influir
 

Ayudamos a tu negocio


El lugar y el momento adecuado donde debes estar
Secciones
21291 publicaciones
5202 usuarios
Columnas destacadas
Los más leídos
Mapa web
Categorías
Política
Economía
Sociedad
Cultura
Ciencia
Tecnología
Conócenos
Quiénes somos
Cómo publicar en Reeditor
Contacto
Síguenos


reeditor.com © 2014  ·  Todos los derechos reservados  ·  Términos y condiciones  ·  Políticas de privacidad  ·  Diseño web sitelicon.com  ·  Únete ahora